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sobre Tamames
Localidad conocida por su cocido y tradición taurina; punto de transición entre la dehesa y la sierra
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Hay pueblos que parecen diseñados para una postal y otros que funcionan más bien como el patio trasero de una casa grande: discretos, útiles, sin preocuparse demasiado por gustar. El turismo en Tamames va un poco por ahí. Este municipio del Campo de Salamanca, con algo menos de mil vecinos, está justo donde el paisaje empieza a cambiar: de los campos abiertos a las primeras ondulaciones que anuncian la Sierra de Francia.
No es un lugar de escaparates ni de carteles llamativos. Aquí lo que hay son calles de piedra, casas que llevan ahí más años de los que cualquiera recuerda y gente que todavía se saluda por el nombre. Si llegas a media mañana verás la escena habitual: alguien apoyado en la puerta de casa, otro cruzando la plaza, el murmullo tranquilo del pueblo haciendo lo suyo.
La plaza reúne lo básico. Una fuente, algunos bancos, el ayuntamiento cerca y ese ritmo lento que suele aparecer cuando nadie tiene prisa por marcharse.
Tamames funciona muchas veces como punto de paso o como base para moverse por esta parte del Campo Charro. Estás relativamente cerca de la Sierra de Francia, pero aún en terreno de dehesas y campos abiertos. Ese punto intermedio se nota mucho en el paisaje.
La iglesia y el centro del pueblo
La referencia visual de Tamames es la iglesia de San Pedro Apóstol. No es una de esas iglesias monumentales que obligan a levantar la cabeza desde lejos, pero sí tiene esa presencia tranquila de los templos que han sido el centro del pueblo durante siglos.
El campanario marca el perfil del casco urbano y, cuando suenan las horas, te das cuenta de que sigue teniendo su función. Alrededor aparecen casas de piedra bastante sobrias. Algunas guardan escudos antiguos en la fachada, detalles que recuerdan que el pueblo tuvo cierta importancia agrícola y ganadera en la zona.
Caminando por las calles se ven cosas muy propias de esta comarca: portones grandes para meter animales, corrales pegados a las viviendas, muros bajos separando pequeñas parcelas. No está puesto para que el visitante lo fotografíe. Simplemente sigue ahí porque siempre ha estado ahí.
También sobreviven varias fuentes y pilones. Durante mucho tiempo fueron el lugar donde se llenaban cubos y se cruzaban noticias del día. Hoy ya no cumplen esa función, pero siguen formando parte del paisaje del pueblo.
Caminar por los alrededores de Tamames
Si te gusta andar sin demasiadas complicaciones, los caminos que salen de Tamames dan bastante juego. Son pistas rurales anchas, de esas por donde cabe un tractor sin problemas, que atraviesan encinares y zonas de dehesa.
El terreno es agradecido para caminar o ir en bici. Lo que más llama la atención es el cielo abierto. A veces ves rapaces planeando bastante alto o cigüeñas posadas en los árboles. Con algo de suerte también se mueve algún animal entre las encinas, aunque suelen mantener distancia.
Eso sí, conviene venir preparado cuando aprieta el calor. Hay tramos con poca sombra y el sol de esta zona cae con ganas.
En otoño mucha gente se acerca al monte a buscar setas. Aquí conviene ser prudente: conocer bien lo que se recoge o dejarlo estar. Cada año alguien aprende esa lección demasiado tarde.
Comer como se come en el Campo Charro
La cocina de esta zona sigue muy ligada al cerdo ibérico y a los productos del campo. Embutidos curados, carnes contundentes y platos de cuchara cuando toca. Nada de grandes adornos en el plato.
Lo normal es preguntar qué hay hecho ese día y dejarse llevar. En pueblos así, el menú suele depender más de la despensa que de una carta larga.
Un buen punto para moverse por la zona
Mucha gente pasa por Tamames camino de la Sierra de Francia. Y tiene sentido. En coche estás a un rato de pueblos bastante conocidos como La Alberca o Mogarraz, donde el paisaje cambia y aparecen las casas de entramado de madera.
La gracia está en combinar ambos ambientes el mismo día. Empiezas entre dehesas abiertas y acabas en calles estrechas de montaña.
Tamames, mientras tanto, sigue a lo suyo. Sin grandes aspavientos y sin intentar llamar demasiado la atención. A veces los pueblos funcionan mejor así. Como ese bar de carretera donde paras una vez… y cuando vuelves por la zona, repites sin pensarlo demasiado.