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sobre Carbonero el Mayor
Importante núcleo industrial y de servicios; destaca por su iglesia monumental y actividad chacinera
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El olor a resina caliente te llega antes de ver el pueblo. Es el pinar, que baja por la loma como una marea verde oscura y se detiene justo donde empiezan los tejados de teja roja. Son las cuatro de la tarde de un sábado de octubre y en la plaza de España apenas se mueve nada. Solo un gato naranja que se estira sobre la piedra tibia de la fuente.
El turismo en Carbonero el Mayor empieza así, con el pinar pegado al pueblo y ese silencio de las horas centrales del día. Aparece después de una curva en la SG‑232, cuando la carretera deja de ser completamente recta y gana un poco de altura. Está a unos treinta kilómetros de Segovia y tiene algo más de dos mil habitantes. Aquí el tiempo se nota sobre todo en el aire: en verano llega cargado de resina y polvo claro; en invierno baja frío desde el pinar y se queda atrapado entre las calles. Los vecinos saben que el cambio de estación se ve en los tejados y en el humo fino que a veces sale de los secaderos de jamón.
El retablo de la iglesia de San Juan Bautista
La iglesia de San Juan Bautista suele tener la puerta entornada. Al entrar, la penumbra te obliga a parar unos segundos hasta que los ojos se acostumbran. Entonces aparece el retablo mayor.
Es grande, dorado, lleno de figuras que mezclan rasgos del último gótico con un lenguaje ya renacentista. La madera recoge la luz que entra por las ventanas altas y la devuelve en reflejos cálidos. Los ángeles tienen caras redondeadas, casi infantiles, y las columnas parecen girar sobre sí mismas.
Dentro huele a cera y a piedra fría. Las losas del suelo están gastadas en los mismos puntos donde la gente ha caminado durante generaciones. En una capilla lateral, una virgen con manto azul oscuro mira hacia el centro del templo con esa expresión serena que tienen muchas imágenes antiguas.
Si pasas, merece la pena hacerlo a primera hora o a última de la tarde. A mediodía la iglesia suele estar cerrada.
Cuando los pinares eran trabajo
El nombre del pueblo no viene de una metáfora. Durante siglos, buena parte de la actividad aquí giró alrededor del carbón vegetal que se hacía con madera de pino. En los claros del monte se levantaban las carboneras: montones de troncos cubiertos de tierra que ardían muy despacio durante días.
La comarca entera, la Tierra de Pinares, ha vivido de ese bosque. Todavía hoy el paisaje manda. Los pinos rodean el término y el aire tiene ese olor seco y dulce que aparece cuando aprieta el calor.
En el centro del pueblo, la calle Real conserva casas antiguas de piedra y tapial. Muchas tienen el zócalo algo abombado por los años y por la humedad que sube desde el suelo. A media tarde es fácil ver a los vecinos sacando una silla a la puerta cuando la sombra empieza a ganar terreno. El sol sigue fuerte, pero el aire trae un frescor ligero del pinar.
La romería que sube al Bustar
El sábado anterior al Domingo de Pentecostés, Carbonero suele mirar hacia el mismo sitio: la ermita del Bustar. Está a las afueras, en una pequeña elevación rodeada de campo abierto.
La subida se hace por un camino de tierra rojiza que, si no ha llovido, levanta polvo con cada paso. Muchas familias van andando y otras se acercan en coche hasta donde pueden. Se llevan tortillas, pan, embutido y las botas de vino que van pasando de mano en mano.
Desde arriba el pueblo se ve entero: la torre de la iglesia, los tejados rojizos y, al fondo, la masa oscura de los pinares. Cuando el cielo está limpio se distingue incluso la línea lejana de la sierra hacia el sur.
La gente se queda allí buena parte del día. Luego la bajada se hace con calma, cuando el sol empieza a caer y el camino ya no deslumbra tanto.
Fuentes y caminos entre pinos
A unos dos kilómetros del casco urbano, por una pista que sale donde termina el asfalto, está el despoblado de Fuentes. Quedan pocos restos, pero la iglesia de la Asunción todavía mantiene en pie buena parte de los muros.
El interior está abierto al cielo desde hace tiempo. En las paredes crece musgo y, después de días húmedos, el lugar tiene ese olor a tierra fría que solo aparece en edificios abandonados. Desde el arco de la entrada, si miras hacia el este, se alcanza a ver la torre de Carbonero entre los árboles.
Por la zona de Peña Carrasquilla hay también abrigos rocosos con pinturas prehistóricas. No siempre es fácil distinguirlas a primera vista: al principio parecen simples manchas sobre la piedra. Cuando el sol entra de lado se empiezan a adivinar las formas, como la silueta de algún animal con cuernos curvados.
Los caminos no siempre están señalizados con carteles modernos, así que conviene ir con un mapa o preguntar antes en el pueblo. Por la mañana la luz es más suave y se camina mejor; en verano, a partir del mediodía, el calor entre los pinares se vuelve seco y persistente.
Cuándo ir
Septiembre suele ser buen momento: el calor ya afloja y el pinar huele más intenso después de las primeras noches frescas. En torno al 8 de septiembre se celebran las fiestas de la Virgen del Bustar y hay encierros por el campo en los alrededores del pueblo.
En agosto conviene acercarse entre semana. Los fines de semana llegan muchos coches desde Segovia y el ambiente cambia bastante. Entre semana, en cambio, el pueblo vuelve a ese ritmo tranquilo que se nota sobre todo al caer la tarde, cuando la sombra del pinar empieza a alargarse sobre las primeras casas.