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sobre Chozas de Abajo
Municipio cercano a la capital en crecimiento; alberga la laguna de Chozas importante para aves migratorias
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En el albergue de peregrinos de Villar de Mazarife más de uno ha llegado con cara de “que alguien me abra ya”. Recuerdo a un alemán empapado después de caminar desde Villadangos bajo esa lluvia fina que en León parece inofensiva hasta que llevas horas dentro. No es un chaparrón, es peor: te va calando poco a poco. El Camino Francés, cuando cruza esta parte del páramo, te recuerda rápido que la geografía leonesa no entiende de folletos turísticos.
El Páramo que se niega a ser aburrido
Chozas de Abajo es como ese primo al que apenas ves y cuando coincidís te sorprende. Desde la carretera parece otro pueblo más del Páramo: casas bajas, parcelas largas de cereal y un cielo enorme que aquí parece todavía más grande.
Luego miras el mapa y descubres que el municipio está repartido en varios pueblos. No es un núcleo compacto, sino un puñado de localidades desperdigadas por el llano, como si alguien hubiera ido colocando casas allí donde había sitio.
Villar de Mazarife es el que más se asocia al Camino. La iglesia de Santiago está justo en la ruta y tiene esa torre de canto rodado que parece levantada con piedras recogidas del propio campo. Muy probablemente lo sea. Dentro hay un retablo bastante recargado, de esos llenos de dorado que te recuerdan a las tartas de boda antiguas, y una imagen de Santiago Peregrino que casi parece otro caminante más.
Cuando el cocido se come al revés
En esta zona es fácil encontrarse con el cocido maragato, que tiene su propia lógica: se empieza por las carnes, luego vienen los garbanzos y al final la sopa. Dicho así parece raro, como empezar una película por el final, pero cuando llevas horas caminando tiene todo el sentido del mundo. Primero lo contundente, luego ya veremos.
Otra cosa curiosa son las bodegas excavadas en la tierra que aparecen en varios pueblos del entorno. Desde fuera parecen montículos o pequeñas puertas en mitad de una ladera. Dentro, sin embargo, la temperatura se mantiene bastante estable todo el año. En verano se agradece entrar porque el cambio se nota al momento. Es un tipo de espacio muy de esta zona del Páramo y de buena parte de León.
El Camino que se queda
El Camino Francés cruza el municipio en una etapa bastante llana sobre el mapa… pero que a pie se hace más larga de lo que parece. El páramo tiene esa trampa: ves el horizonte siempre igual y da la sensación de no avanzar.
Por eso muchos peregrinos recuerdan Villar de Mazarife. No tanto por los monumentos como por el ambiente. Es uno de esos puntos donde la gente para, se sienta un rato y acaba hablando con quien tenga al lado. Un poco como un grupo de WhatsApp improvisado: empiezas solo y al cabo de un rato estás compartiendo mesa con gente de tres países distintos y alguien te cuenta cómo se ha curado la ampolla del día anterior.
Las fiestas que siguen siendo del pueblo
Las fiestas aquí funcionan como en muchos pueblos de León: se montan las casetas, aparece una orquesta, y cuando la noche avanza siempre hay alguien que saca una guitarra o pone música desde el coche. Nada muy sofisticado, pero muy de pueblo.
En Villar de Mazarife, por ejemplo, la Octava del Corpus suele reunir a bastante gente de los alrededores. Y en verano, cuando regresan los que viven fuera, el ambiente cambia bastante: el pueblo se llena de caras que solo aparecen unas semanas al año y de repente hay movimiento en calles que el resto del año son bastante tranquilas.
¿Merece la pena parar en Chozas de Abajo?
Depende mucho de cómo viajes. Si vas con prisa hacia Galicia, probablemente ni te des cuenta de que has pasado por aquí. Y tampoco pasa nada.
Pero si te desvías un rato o vienes haciendo el Camino, parar en Villar de Mazarife y dar una vuelta tranquila tiene su gracia. No es un sitio que te deje con la boca abierta. Es más bien de esos lugares donde acabas pensando: “vale, aquí la vida va a otro ritmo”.
Mi consejo sería sencillo: aparca, camina un rato por el trazado del Camino y acércate a la iglesia. Luego siéntate un rato donde veas movimiento y escucha conversaciones. En pueblos así, muchas veces lo más interesante no es lo que ves, sino lo que oyes.
Y si vienes en verano, trae gorra. El páramo en agosto se parece bastante a estar dentro de un secador de pelo gigante… solo que al final del día suele haber buena comida esperando.