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sobre Hinojosa de Duero
Pueblo fronterizo conocido por su queso y la floración del almendro; vía férrea histórica con túneles
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En el extremo occidental de la provincia de Salamanca, donde Castilla y León se encuentra con Portugal, está Hinojosa de Duero, un pueblo de piedra y tradición que guarda entre sus calles el sabor auténtico de la comarca de El Abadengo. Con algo más de medio millar de habitantes, este municipio a unos 600 metros de altitud es uno de esos lugares donde el tiempo parece transcurrir a otro ritmo, donde cada rincón habla de una historia ligada al campo y a la frontera, y donde la naturaleza del oeste salmantino muestra su rostro más salvaje.
Situado en plena raya, Hinojosa de Duero ha vivido el paso de culturas, el ir y venir de gentes y mercancías, y la vida tranquila de las tierras del Abadengo. Sus casas de granito, sus callejuelas empedradas y sus horizontes abiertos ayudan a entender cómo es esa España interior donde la autenticidad no se finge: es simplemente la manera de vivir.
El entorno natural que rodea el pueblo, con el río Duero como protagonista, ofrece paisajes de frontera que sorprenden por su belleza agreste. Aquí, entre dehesas y arribes, el viajero encuentra un equilibrio bastante natural entre patrimonio rural y naturaleza.
Qué ver en Hinojosa de Duero
El patrimonio arquitectónico de Hinojosa de Duero refleja siglos de vida rural en la frontera. La Iglesia Parroquial de San Juan Bautista preside el pueblo con su silueta de piedra, un templo que combina elementos de diferentes épocas y que es el principal referente religioso de la localidad. Su torre, visible desde varios puntos del municipio, ha servido de guía a generaciones de habitantes y sigue marcando el perfil del casco urbano.
Pasear por el casco antiguo es adentrarse en la arquitectura tradicional salmantina: casas de granito con portones de madera, balcones de hierro forjado y esa pátina que solo da el tiempo y el clima de estas tierras. Las construcciones populares mantienen ese carácter sobrio y funcional propio de la frontera, donde cada elemento tiene su razón de ser. No es un casco monumental en el sentido clásico, pero sí uno de esos conjuntos que se leen mejor andando despacio, fijándose en dinteles, escudos y pequeñas reformas hechas con lo que había a mano.
Uno de los elementos más singulares de Hinojosa de Duero es el puente sobre el río Duero, que conecta España con Portugal y que ha sido durante siglos punto de paso entre dos países. La zona del puente, más que una postal, es un lugar para pararse un rato, mirar el río y entender cómo el Duero ha condicionado la vida en ambos lados. Desde allí se aprecian bien los cortados rocosos y la vegetación mediterránea de los arribes; si el caudal va bajo, el paisaje cambia bastante respecto a las fotos que se suelen ver.
Repartidos por el término municipal se encuentran los antiguos molinos, hoy en desuso, que recuerdan una economía ligada a la molienda de cereal. Algunos se ven en paseos cortos por los alrededores del pueblo y forman parte del paisaje etnográfico cotidiano, no de un decorado preparado para el turismo. Conforme uno se aleja del casco urbano van apareciendo también corrales, paredes de piedra seca y pequeñas huertas, que cuentan igual o más de la zona que cualquier monumento.
Qué hacer
La proximidad al Parque Natural de Arribes del Duero convierte a Hinojosa en un buen punto de partida para caminar y asomarse a los cañones del río. Desde el pueblo salen pistas y senderos que se adentran hacia los arribes; conviene informarse en el momento sobre el estado de los caminos y elegir rutas acordes al tiempo y al calor, porque en verano el sol cae fuerte y la vuelta al pueblo se puede hacer larga. A ritmo tranquilo, cualquier ruta que baje hasta la zona del río se va fácil a media jornada.
Los aficionados a la observación de aves encuentran aquí un terreno interesante, especialmente para avistar cigüeñas negras, buitres leonados y águilas reales. No hace falta ser un experto: con un poco de paciencia en los miradores naturales sobre el Duero se aprecia bien el vuelo de estas especies, sobre todo en las primeras horas de la mañana o al final de la tarde. Eso sí, mejor llevar prismáticos; a simple vista se intuye mucho, pero se disfruta la mitad.
La gastronomía local merece una parada tranquila. La matanza tradicional, los embutidos artesanos, las carnes de caza y los guisos de cuchara forman parte de una cocina directa, sin florituras. Los productos derivados del cerdo ibérico, criado en las dehesas cercanas, tienen mucha presencia en la mesa, igual que las legumbres de la zona y los quesos que se elaboran en estas tierras. En invierno, con frío fuera y un plato humeante delante, se entiende bien la lógica de esta cocina.
Para quienes quieran cruzar la raya, Hinojosa de Duero facilita el turismo transfronterizo: en pocos minutos se está en territorio portugués y se pueden encadenar visitas a pequeños pueblos de ambos lados, con diferencias en la forma de construir y en el ritmo de vida que se notan en seguida. Es un tipo de visita calmada, de coche corto y paseo, más que de grandes monumentos encadenados.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Hinojosa de Duero mantiene vivas tradiciones que se remontan siglos atrás. Las fiestas patronales en honor a San Juan Bautista se celebran en junio, con actos religiosos, verbenas populares y encuentros vecinales que llenan de vida las calles del pueblo. Son días en que se nota que muchos se conocen por su nombre.
En agosto tienen lugar las fiestas de verano, momento en que muchos emigrantes regresan al pueblo y la población se multiplica. Cambia el ritmo: más gente en la plaza, más actividad en los bares, más ruido hasta tarde. Si buscas el ambiente de invierno, conviene tenerlo en cuenta.
La Semana Santa se vive con el recogimiento propio de estos pueblos castellanos, con procesiones que recorren las calles empedradas en un ambiente de calma y respeto.
También conviene prestar atención a las tradiciones gastronómicas, especialmente las relacionadas con la matanza del cerdo en invierno, una práctica ancestral que mantiene vivo el saber hacer de generaciones y que todavía estructura la despensa de muchas casas.
Información práctica
Hinojosa de Duero se encuentra a unos 100 kilómetros al noroeste de Salamanca capital. Para llegar en coche, se toma la carretera SA-324 en dirección a Vitigudino y desde allí las carreteras comarcales que conducen hacia la frontera portuguesa. El trayecto ayuda a hacerse una idea del paisaje cambiante del oeste salmantino: de campiña abierta a dehesa y, poco a poco, terrenos más quebrados.
La mejor época para visitar Hinojosa de Duero suele ser la primavera (abril-junio) y el otoño (septiembre-octubre), cuando las temperaturas son más suaves y el campo se ve especialmente agradecido. El verano puede ser caluroso, con días largos y secos, aunque las noches suelen refrescar. En invierno el frío y el viento se notan, pero también es cuando mejor se entiende la vida rural sin adornos; es otra cara del mismo lugar.
Es recomendable llevar calzado cómodo para caminar por el casco antiguo y, si se planean rutas por los arribes, equipamiento adecuado para senderismo (agua de sobra en los meses cálidos y algo de abrigo fuera del verano). Si vas con idea de hacer fotos, los atardeceres sobre el Duero son, quizá, el momento más agradecido del día.
Cuándo visitar Hinojosa de Duero
- Primavera: el campo está más verde, hay agua en regatos y el calor aún no aprieta. Buen momento si quieres combinar pueblo y senderos.
- Verano: días largos y mucho sol. Bien para pasear por el pueblo a primera hora o al anochecer y dejar las bajadas al río para temprano.
- Otoño e invierno: menos gente, ambiente más tranquilo y una sensación de vida cotidiana más marcada. El frío y el viento condicionan, pero la cocina de cuchara compensa.
Si te molestan las aglomeraciones, evita las fechas clave de fiestas de junio y agosto; si, al contrario, quieres ver el pueblo lleno, apunta esos meses.
Lo que no te cuentan
Hinojosa de Duero no es un gran núcleo monumental ni un parque temático rural: es un pueblo pequeño que se recorre a pie en poco tiempo y que se disfruta mejor sin prisas, combinándolo con rutas por los arribes o con otras paradas en la comarca. En una mañana tranquila se ve el casco urbano con calma; el resto del tiempo conviene reservarlo al entorno.
Las distancias hasta el río y los miradores engañan en el mapa: los caminos bajan y suben, y lo que parece un paseo corto se puede ir fácilmente a las dos horas entre ida y vuelta. Conviene calcular bien los tiempos, sobre todo en verano, y no dejar la bajada al río para la hora de más calor. Tampoco está de más llevar algo de agua incluso para paseos que, sobre el papel, parecen sencillos.