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sobre Hinojosa de Duero
Pueblo fronterizo conocido por su queso y la floración del almendro; vía férrea histórica con túneles
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El silencio de una mañana en Hinojosa de Duero suele romperse con cosas pequeñas: el roce de las hojas contra una pared de granito, el portazo de algún garaje o el graznido áspero de un cuervo que pasa sobre los tejados. La luz entra baja entre las casas y deja en el aire ese olor a piedra húmeda que aparece después de las noches frías. A esa hora el pueblo todavía va despacio.
Situado en la frontera con Portugal, a unos 600 metros de altitud, Hinojosa pertenece a la comarca de El Abadengo y vive muy marcado por la cercanía del Duero. El río aquí ya no es un cauce amplio y tranquilo: se encaja entre paredes de roca que anuncian los arribes. Desde algunos puntos del término municipal se ven esos cortados oscuros cayendo hacia el agua, con tonos distintos según la estación: gris azulado en invierno, más ocre cuando el verano seca la vegetación.
El centro del pueblo y la piedra de siempre
El núcleo de Hinojosa mantiene una estructura sencilla, de calles cortas que se cruzan sin demasiado orden. La Iglesia de San Juan Bautista, levantada a comienzos del siglo XVI, ocupa la plaza principal. Es de piedra gris, maciza, con una torre que sobresale por encima de los tejados y que todavía sirve de referencia cuando uno se orienta por el pueblo.
Alrededor aparecen casas de granito con portones pesados y ventanas pequeñas protegidas por rejas. Algunas fachadas conservan herrajes antiguos y marcas del uso: rozaduras de carros, grietas finas abiertas por los inviernos duros. Las calles tienen nombres directos —Mayor, del Río, alguna calleja estrecha— y en ciertos rincones todavía se ven construcciones ligadas al trabajo de antes, como pequeños almacenes o antiguos molinos en los alrededores.
Las casas suelen esconder patios interiores. Desde la calle apenas se intuyen, pero a veces se cuela el olor de una higuera o el sonido de gallinas detrás de una tapia baja.
Caminos hacia los arribes del Duero
Al salir del casco urbano el terreno empieza a abrirse hacia el paisaje típico de la zona: dehesas claras, muros de piedra seca y caminos que bajan poco a poco hacia el río. En algunos tramos aparecen restos de molinos y canales que aprovechaban la fuerza del agua.
Una de las rutas que se mencionan a menudo en el pueblo es la conocida como senda de las Escaleras, un recorrido que se dirige hacia los arribes atravesando campos de labor y manchas de arbolado bajo. No es especialmente largo, pero conviene llevar calzado cómodo porque hay tramos de piedra suelta y pendientes.
En verano el sol cae fuerte sobre esta parte del Abadengo. Si se piensa caminar, suele ser mejor salir temprano o acercarse al atardecer, cuando el calor afloja y el paisaje cambia de color.
Aves y miradores naturales
Los cortados del Duero forman uno de los tramos más tranquilos del parque natural de Arribes del Duero. Desde algunos altos cercanos al pueblo se pueden ver buitres leonados planeando casi a la altura de los ojos, aprovechando las corrientes de aire que suben desde el cañón.
Con algo de paciencia también se dejan ver otras especies menos abundantes, como la cigüeña negra, que suele buscar zonas apartadas de los cortados. Lo mejor es detenerse en silencio unos minutos: al principio parece que no pasa nada y, poco a poco, empiezan a aparecer aves sobre el río.
Lo que queda del campo
Alrededor de Hinojosa siguen visibles muchas señales de la economía rural que sostuvo la zona durante generaciones. Los corrales de piedra seca aparecen junto a los caminos, levantados con bloques irregulares que encajan sin mortero. También se ven paredes largas que delimitaban huertas y pequeñas fincas.
En invierno todavía es habitual que las familias preparen productos de la matanza cuando llega el frío. Los embutidos y los guisos de cuchara siguen formando parte de la vida cotidiana, sobre todo en los meses en que las heladas caen varias noches seguidas.
La raya con Portugal
La cercanía con Portugal se nota en muchas cosas: en los apellidos, en el acento de algunas conversaciones y en el movimiento de coches que cruzan la frontera para hacer recados o visitar pueblos del otro lado.
Desde Hinojosa se puede llegar en poco tiempo a localidades portuguesas del entorno de Miranda do Douro. El paisaje continúa casi igual al cruzar la raya: la misma piedra, los mismos encinares, el mismo río encajado entre paredes altas.
Cuándo acercarse
La primavera y el comienzo del otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En verano el calor aprieta bastante en las horas centrales del día, y en invierno el frío puede ser seco y persistente.
Si se viene en fin de semana conviene aparcar en las calles más abiertas del pueblo y recorrer el centro a pie. Hinojosa no es grande, pero caminar despacio ayuda a fijarse en esos detalles que pasan desapercibidos desde el coche: la sombra de una parra sobre una pared blanca, el sonido de una campana al mediodía o el viento moviendo las encinas en los caminos que bajan hacia el Duero.