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sobre Cacabelos
Villa jacobea y capital del vino berciano; alberga la sede del Consejo Regulador y un importante yacimiento romano
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Las doce del mediodía en la plaza de Cacabelos huelen a sarmiento quemado. Es octubre y en las viñas que rodean el pueblo todavía se ven montones de hojas secas apiladas junto a los caminos. Desde una panadería cercana sale un olor dulzón —tarta de la abuela, esa crema espesa que se pega al cuchillo— y se mezcla con el humo de alguna cocina donde seguramente estarán preparando botillo. El valle del Cúa se abre alrededor con laderas suaves y oscuras de pizarra, cosidas por hileras de viñas que bajan hasta casi tocar el río.
El vino que se bebe antes de comer
En Cacabelos el vino aparece pronto en la mesa. A media mañana ya hay copas de Mencía en las terrazas de la plaza, y el camarero suele preguntar «¿blanco o tinto?» antes incluso de traer la tapa.
Aquí tiene su sede el consejo regulador de la Denominación de Origen Bierzo, instalado en un edificio discreto cerca del ayuntamiento. Dentro se cata y se habla de suelos, de lluvias y de cómo viene cada vendimia. Fuera, el Camino de Santiago atraviesa el pueblo con paso constante: peregrinos que cruzan el puente sobre el Cúa, miran el mapa un segundo y siguen hacia Villafranca del Bierzo.
Gran parte del viñedo de la comarca se concentra en este término municipal y en los pueblos cercanos. Por eso el paisaje alrededor de Cacabelos cambia con las estaciones: verde brillante en primavera, polvo rojizo en verano, hojas color vino cuando llega octubre.
La batalla que nadie recuerda a la hora de comer
El 3 de enero de 1809, en la carretera que hoy lleva hacia Villafranca, tuvo lugar la batalla de Cacabelos durante la Guerra de la Independencia. En aquel enfrentamiento murió el general francés Colbert mientras las tropas británicas cubrían la retirada hacia Galicia.
Hoy cuesta imaginarlo. El tráfico pasa tranquilo y la vida del pueblo sigue con su ritmo habitual. Alguna placa recuerda el episodio y en las conversaciones de los mayores todavía aparece de vez en cuando el nombre del general. Pero a media tarde, cuando suenan las campanas de Santa María, lo único que cruza el puente con prisa son los escolares que salen del instituto y bajan corriendo hacia el río.
Cuando mayo invade el pueblo
A principios de mayo, alrededor del santuario de las Angustias, Cacabelos cambia de escala. La Feria de la Cruz llena los caminos y las explanadas con puestos de ganado, herramientas, ropa, comida y todo tipo de mercancía. Es una feria antigua, de las que mezclan mercado agrícola con fiesta popular.
Llegan ganaderos de las montañas cercanas, hortelanos del Bierzo y vendedores que llevan décadas ocupando el mismo sitio cada año. El aire huele a parrilla, a especias y a tierra removida. Durante esos días el tráfico dentro del casco se vuelve complicado; si vienes en esas fechas, lo más sensato suele ser dejar el coche en las afueras y entrar andando.
El santuario a la orilla del Cúa
El Santuario de las Angustias está a un paseo corto del centro, junto al río. El edificio es sencillo por fuera, pero al entrar aparece un retablo recargado de dorados donde la luz de la tarde cae oblicua sobre las figuras.
Entre los detalles curiosos hay una escena en la que San Antonio parece estar jugando a las cartas con el Niño Jesús. La historia que circula por el pueblo habla de un jugador que prometió levantar una capilla si la suerte le acompañaba en una partida. Nadie asegura cuánto hay de verdad en eso, pero la anécdota sigue viva.
Algunas tardes de domingo todavía se ven mujeres mayores con mantilla negra entrando despacio al santuario, mientras los niños esperan fuera junto a las escaleras que bajan al río.
El río como lugar de verano
El Cúa atraviesa el pueblo con calma y en verano se convierte en punto de reunión. Junto al puente hay una zona acondicionada para el baño donde el agua se remansa y la gente baja con toallas y neveras a primera hora de la mañana.
A media tarde el ambiente cambia: chavales saltando desde las rocas, bicicletas apoyadas contra los árboles y perros corriendo detrás de las palomas.
Desde aquí sale un camino que sigue el curso del río. Es llano y fácil de caminar, entre chopos y huertas. En otoño el suelo se llena de hojas de nogal y el aire huele a humedad y a tierra recién removida. Es un paseo sencillo, de los que se hacen sin mirar el reloj.
Cuándo conviene venirse
Octubre suele ser uno de los momentos más tranquilos para ver Cacabelos. La vendimia está en marcha o acaba de terminar y los tractores pasan por las calles con remolques cargados de cajas de uva. A mediodía todavía se puede comer en manga larga al sol, pero por la noche refresca bastante.
El puente de mayo coincide con la feria y el pueblo se llena. Tiene su gracia si te gustan los mercados grandes y el ambiente de fiesta, aunque moverse en coche se vuelve complicado.
En invierno todo se vuelve mucho más callado. Algunos alojamientos rurales de la zona cierran unas semanas después de Reyes, y las tardes se quedan casi vacías. Es la época en que mejor se escucha el río y el crujido de la pizarra bajo los pies al caminar por las calles antiguas.
En Cacabelos no hay grandes monumentos que obliguen a sacar el mapa. Lo que hay es un valle cubierto de viñas, un río que atraviesa el pueblo sin prisa y esa costumbre muy berciana de sentarse a charlar con una copa delante mientras la tarde se va apagando sobre los tejados.