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sobre Congosto
Situado sobre el embalse de Bárcena; ofrece vistas panorámicas espectaculares del Bierzo y el santuario de la Virgen
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A las siete de la mañana, el sol rasante ilumina la vega del Boeza pero todavía no llega a las fachadas de piedra de la plaza. El aire huele a tierra mojada si ha caído el riego nocturno. Se oye un gallo, el motor de un coche que arranca, el sonido del agua del río si te acercas a la orilla. Es el momento en que el pueblo se despierta sin prisa.
Congosto está en el extremo sur de El Bierzo, tan cerca de Ponferrada que muchos pasan de largo. El turismo aquí no es monumental; es más bien agrícola. Las calles que salen de la plaza principal llevan a huertos, a corrales antiguos convertidos en almacenes, a muros de piedra oscura con aperos apoyados. La vida se nota en los detalles: un carro olvidado, leña apilada junto a una puerta, el ruido de una televisión desde una cocina abierta.
Piedra, madera y humo
El casco antiguo es pequeño. Se recorre en diez minutos si no te paras, pero es mejor hacerlo despacio. Fíjate en las chimeneas de ladrillo sobre los tejados, en los balcones de madera combada por el tiempo, en los portones grandes que delatan cuadras de otra época. En invierno, el olor a leña quemada se queda entre las calles estrechas.
La iglesia de Santa María Magdalena ocupa un alto visible. Dentro hace frío de piedra y huele a cera vieja. A media tarde, la luz entra sesgada por los ventanales y dibuja rectángulos dorados sobre los bancos vacíos.
Los caminos del río
El Boeza define el paisaje. A su paso por Congosto, el agua corre entre chopos y sauces. Hay senderos de tierra que siguen su curso, usados por vecinos para llegar a las fincas. No están señalizados para el turismo; después de llover se ponen embarrados y en primavera la hierba crece en los márgenes. Lleva calzado que no te importe manchar.
Si caminas al atardecer, el sonido constante del agua tapa otros ruidos. Se oyen ranas en las charcas laterales. El valle alrededor es un mosaico de viñas viejas, pequeñas parcelas de cultivo y manchas de castaños. En octubre, todo se vuelve ocres y rojos.
La peña y la vista
Sobre el pueblo, encajado en la roca, está el santuario de la Virgen de la Peña. La subida es corta pero con cuesta. Desde arriba se ve claro por qué se construyó aquí: domina el paso del río, el puente de piedra, todo el valle. Los días despejados alcanzas a ver el embalse de Bárcena y las montañas al fondo.
Algunos fines de semana hay romerías y se llena de gente local que sube andando. El resto del tiempo suele estar tranquilo, con solo el viento moviendo las ramas de los árboles cercanos.
Cómo moverte
Por su cercanía a Ponferrada y al embalse, en verano las tardes pueden tener tráfico en la carretera de acceso. Si quieres evitar aglomeraciones, ven entre semana o por la mañana temprano.
Aparcar suele ser sencillo salvo en fechas muy concretas. El pueblo se recorre a pie; desde la iglesia hasta las orillas del Boeza son cinco minutos caminando. El valor está en perderse por las callejuelas laterales y asomarse a los caminos rurales para ver cómo vive un valle que todavía trabaja la tierra.