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sobre Dueñas
Villa histórica y monumental conocida como la Ciudad de los Condes de Buendía; gran patrimonio artístico y tradición vitivinícola; Canal de Castilla.
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Los domingos por la mañana, el turismo en Dueñas empieza por la nariz. Llegas a la plaza y huele a leña y a cordero como si alguien hubiera abierto la puerta de un horno gigante. No es broma: ese olor que se escapa de los asadores se mezcla con el pan recién hecho y con el primer vino del día. Y ya sabes lo que pasa cuando hueles eso: aunque hayas desayunado, el cuerpo empieza a pensar en comer otra vez.
Dueñas está pegada a la A‑62 y mucha gente pasa de largo camino de Valladolid o Palencia. Pero es de esos sitios donde paras “un momento” y acabas quedándote más rato del previsto.
Un pueblo que también se construyó bajo tierra
Dueñas tiene varios barrios, pero algunos de los más curiosos casi no se ven desde lejos. Están excavados en la loma, como si el pueblo tuviera una segunda capa bajo tierra.
Te metes por alguna calle junto a la iglesia y empiezan a aparecer puertas bajas, chimeneas y montículos de tierra. Debajo hay bodegas y cuevas que durante generaciones han servido para guardar vino, comida o simplemente para juntarse. En el barrio de La Tejera hay más de un centenar. Desde fuera parecen madrigueras; por dentro mantienen una temperatura bastante estable todo el año, así que funcionan como una nevera natural.
El botijo aquí tiene categoría de símbolo local. Aparece en el escudo y también en una leyenda bastante peculiar: se cuenta que en una revuelta los vecinos acabaron derribando el castillo a pedradas… pero usando botijos. La imagen mental es buenísima: media villa lanzando lo primero que tenía a mano.
Entre La Tejera y Santa Marina hay una pequeña senda que conecta varias de estas zonas de bodegas. No es larga y se hace bien andando. En invierno se nota el aire frío del Cerrato y en verano el sol aprieta, pero las cuevas siguen a su ritmo, frescas y tranquilas. Algunas están cerradas y otras siguen en uso. Si ves una abierta y hay gente dentro, muchas veces basta con saludar para que te enseñen el interior. Ese tipo de confianza todavía funciona por aquí.
El rastro de la historia, a escala de paseo
Dueñas tiene bastante más historia de lo que parece a primera vista, pero lo bueno es que todo queda a mano.
En el casco urbano está la iglesia de Santa María, bastante visible desde varios puntos del pueblo, y muy cerca aparece un convento con un claustro poco común: tiene forma pentagonal. No es algo que se vea todos los días y suele llamar la atención incluso a quien no es muy de arquitectura.
También hay una casa conocida popularmente como la “Casa de Napoleón”. La tradición local cuenta que por allí pasó José Bonaparte durante la Guerra de la Independencia. Como suele pasar con estas historias, hay mezcla de documento y de relato transmitido, pero el nombre se ha quedado.
Y luego está el monasterio de La Trapa, a las afueras. Durante mucho tiempo los monjes elaboraron chocolate y unos pequeños bombones muy conocidos en España durante décadas. Mucha gente los recuerda porque en muchas casas aparecían en esas latas de galletas donde las abuelas guardaban “las cosas buenas”.
Lo práctico: puedes dejar el coche cerca del centro y recorrer casi todo andando en poco tiempo.
Comer en Dueñas: aquí se viene con hambre
Dueñas no es el sitio donde uno empieza una dieta.
El lechazo asado es casi religión local. Cada cual tiene su teoría sobre cómo debe servirse —con ensalada, con patatas, más tostado o más jugoso— pero hay un acuerdo general: horno de leña y sin demasiados inventos.
Si entras en un asador y ves el horno funcionando, suele ser buena señal. Parte de la gracia está en ese momento en que abren la puerta y salen las cazuelas doradas.
Alrededor del lechazo suelen aparecer otros clásicos de la zona: quesos de oveja curados, morcilla de cebolla y platos tradicionales que cambian según el día. En algunos menús de domingo todavía aparece la sopa de almendras, que sorprende a quien no la conoce.
Para beber, lo normal es tirar de vinos de la zona. No tienen la fama de otras denominaciones cercanas, pero acompañan bien la comida y forman parte de lo que se bebe aquí a diario.
Fiestas donde el botijo vuelve a escena
Si te coincide alguna fiesta, el ambiente cambia bastante.
En agosto se celebran las fiestas de la Virgen de Gracia y aparecen las botijeras, mujeres que participan en los actos llevando botijos en el desfile. El nombre suena curioso, pero forma parte del imaginario del pueblo desde hace años.
Durante el resto del año también hay romerías y ferias vinculadas al campo o a la gastronomía local. Suelen ser de esas celebraciones donde el protagonismo está más en la calle, entre vecinos, que en un programa pensado para turistas.
Y algo que se agradece: Dueñas no es de esos pueblos que se apagan entre semana. Aún ves gente en la plaza, comercios abiertos por la tarde y vida normal.
Pasear por el Cerrato sin complicarse
El entorno también invita a moverse un poco antes o después de comer.
Cerca pasa el Canal de Castilla y hay caminos bastante cómodos para caminar o ir en bici sin grandes desniveles. Son rutas tranquilas, de las que haces hablando y sin mirar demasiado el reloj.
La senda de las cuevas dentro del propio pueblo también sirve para estirar las piernas. No es larga, pero te da ese paseo que justifica sentarte luego a la mesa otra vez.
Yo llegué un domingo de marzo con niebla baja, de esos días en los que el Cerrato parece medio dormido. Acabé entrando en una bodega, probando un vino y saliendo con un queso y un botijo bajo el brazo.
Pensé: “Bueno, ya que estamos… vamos a comer”.
Y eso es exactamente lo que hice. En Dueñas pasan esas cosas. Te paras un momento y el día se alarga solo.