Artículo completo
sobre Valdeolmillos
Pueblo del Cerrato con tradición de yeserías; destaca por su iglesia y el museo del yeso en una cueva.
Ocultar artículo Leer artículo completo
El día empieza con un silencio casi completo. Solo el motor lejano de un tractor y el roce del viento contra las rastrojeras. En ese momento, cuando la luz todavía es pálida y las calles siguen vacías, se entiende mejor el turismo en Valdeolmillos: venir aquí es aceptar el ritmo lento de un pueblo pequeño, de esos que apenas aparecen en el mapa del Cerrato.
Valdeolmillos ronda hoy el medio centenar de habitantes. Está a algo menos de ochocientos metros de altitud, en una parte de Palencia donde la meseta se ondula suavemente entre campos de cereal. El pueblo se extiende sin orden aparente, con calles de tierra en algunos tramos, muros de tapial y casas de adobe cubiertas por teja vieja. Muchas muestran grietas finas o esquinas rehechas. Señales de años y de inviernos duros.
La iglesia en lo alto del caserío
La iglesia parroquial de la Asunción ocupa el punto más visible. No es grande, pero desde lejos marca el perfil del pueblo. Parte del edificio suele situarse en torno al siglo XVI, aunque ha tenido arreglos posteriores.
La fachada es sobria. Piedra oscura, casi sin adorno. La torre mezcla ladrillo y mampostería, y cuando suena la campana el golpe se escucha limpio en todo el valle. Desde el pequeño atrio se ven los tejados rojizos y, más allá, las parcelas abiertas del Cerrato.
A media tarde la luz cae de lado y el ladrillo adquiere un tono más cálido. Es uno de esos momentos en los que conviene quedarse quieto unos minutos.
Las bodegas excavadas en la ladera
En los bordes del pueblo aparecen pequeñas puertas bajas que miran hacia el campo. Son las antiguas bodegas. Están excavadas en la tierra y se reconocen por los respiraderos inclinados que asoman entre la hierba.
Durante años sirvieron para guardar vino y mantenerlo fresco. Algunas siguen utilizándose como almacén. Otras están cerradas y medio cubiertas por matorral. Aun así forman parte del paisaje del Cerrato, igual que en otros pueblos cercanos donde la tradición del vino fue importante.
Caminos entre cereal
Al salir del caserío empiezan las pistas agrícolas. Anchas, de tierra clara, pensadas para maquinaria. Caminar por ellas es sencillo porque el terreno apenas tiene pendiente.
El paisaje cambia mucho según la estación. En primavera aparecen franjas verdes muy intensas. En verano todo se vuelve dorado y el aire trae olor a paja seca. En invierno el campo queda desnudo y el viento corre sin obstáculos.
No hay señalización turística. Conviene llevar agua y calcular la vuelta antes de que caiga la tarde. Entre pueblos del Cerrato las distancias engañan: parecen cortas, pero el sol y el viento pesan.
Aves de la llanura
Si se camina temprano, cuando aún no pasan coches por las pistas, es posible ver movimiento en los cultivos. Esta parte de Tierra de Campos y el Cerrato mantiene poblaciones de aves esteparias.
A veces se distinguen avutardas a lo lejos o grupos pequeños de sisones. También alondras, mucho más fáciles de escuchar que de ver. No hay observatorios preparados. Lo sensato es quedarse en el camino y evitar acercarse a los cultivos.
La mejor hora suele ser la primera del día, sobre todo en primavera.
Un pueblo que cambia en agosto
Durante gran parte del año Valdeolmillos es muy tranquilo. Algunas casas permanecen cerradas hasta los fines de semana o el verano. En agosto el ambiente cambia.
Las fiestas ligadas a la Asunción reúnen a familias que regresan unos días. Se oyen más conversaciones en la calle, los niños vuelven a correr por la plaza y las noches se alargan algo más de lo habitual.
Quien busque silencio lo encontrará mejor fuera de esas fechas. En otoño o a finales de invierno el pueblo recupera su ritmo habitual: pocos coches, chimeneas encendidas y el campo abierto alrededor. Aquí el tiempo no se mide por actividades, sino por la luz del día y el trabajo en las parcelas.