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sobre Venta de Baños
Importante nudo ferroviario e industrial; alberga la joya visigoda de San Juan de Baños
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El tren frena y la estación parece no haber cambiado demasiado desde el siglo XIX. Los andamios de hierro, los relojes de pared, el rumor de vías que se cruzan: todo recuerda que este pueblo nació donde el ferrocarril decidió parar. Venta de Baños no es una villa medieval que creciera alrededor de un castillo, sino un nudo ferroviario que atrajo obreros, comerciantes y, más tarde, fábricas. La geografía del Cerrato —una meseta ondulada de trigales y cielo ancho— se vio alterada por una decisión de ingenieros: aquí confluyeron varias líneas que conectaban la Meseta con el norte y el Cantábrico. El pueblo se ordenó en torno a ese cruce, y aún hoy su identidad se entiende mejor mirando el trazado de las vías que buscando un casco histórico antiguo.
La venta y los baños antiguos
Antes que la estación hubo manantiales conocidos desde época romana. El lugar se llamaba Baños de Cerrato y conserva una de las iglesias visigodas más citadas de la Península: la basílica de San Juan de Baños, levantada por el rey Recesvinto en el siglo VII.
El edificio es bajo, de sillares reutilizados y ladrillo, con un ábside compacto que casi parece defensivo. Dentro domina la piedra desnuda. Las ventanas estrechas dejan pasar una luz tenue que dibuja los arcos de herradura sobre el suelo. Es un templo pequeño, pero explica bien una época en la que el poder visigodo aún trataba de afirmarse en estos territorios.
A pocos pasos está la llamada Fuente de Recesvinto, vinculada tradicionalmente a los antiguos manantiales. El agua, con fama de sulfurosa, dio lugar durante siglos a pequeñas instalaciones de baño. Con la llegada del ferrocarril en el XIX, el protagonismo del lugar cambió: la venta —posada y parada de camino— acabó dando nombre al núcleo que fue creciendo alrededor de la estación.
Del carbón a la industria alimentaria
Durante buena parte del siglo XX el paisaje laboral de Venta de Baños estuvo ligado al ferrocarril y a las instalaciones asociadas al carbón. Una de las más recordadas por los vecinos es la antigua briquetera, donde se prensaba hulla para alimentar locomotoras de vapor. El polvo negro formaba parte del día a día de muchos trabajadores.
Hoy ese edificio se utiliza como espacio expositivo dedicado a la historia ferroviaria del municipio. Hay señales mecánicas, material de estación y maquetas que ayudan a entender cómo funcionaba el cruce de líneas que dio origen al pueblo.
Cuando el vapor desapareció y aquellas instalaciones cerraron, la economía local tuvo que reinventarse. La industria alimentaria ocupó parte de ese hueco, con fábricas de galletas y otros productos que todavía marcan el ritmo del polígono industrial. A ciertas horas, sobre todo al atardecer, el aire arrastra un olor dulce que no tiene nada de doméstico: sale de hornos industriales que trabajan a gran escala.
Entre trigales y antiguas infraestructuras
El entorno inmediato se entiende en dos capas: campos de cereal y trazados ferroviarios que han ido perdiendo uso.
El Camino Natural del Cerrato aprovecha parte de un antiguo corredor ferroviario para conectar Venta de Baños con Palencia. El firme es cómodo para caminar o ir en bicicleta y atraviesa una llanura de cebada y trigo donde las cigüeñas utilizan postes y torres eléctricas como posadero.
Más corto es el llamado Anillo Verde Ferroviario, que rodea parte del término municipal y el polígono. Tras días de lluvia se forman pequeñas láminas de agua donde suelen parar aves en paso migratorio.
También es posible seguir pistas que enlazan con Dueñas y con el corredor del Canal de Castilla, un territorio completamente llano donde el paisaje apenas cambia: chopos, acequias y campos abiertos.
Fiestas y tradiciones
Las fiestas principales se celebran en agosto en honor a Santa Rosa de Lima. Son días en los que mucha gente que trabaja fuera vuelve al pueblo y la estación recupera algo del movimiento que tuvo en otras épocas.
La celebración de San Juan, en junio, suele trasladar la actividad a la zona de la basílica visigoda. Hay actos religiosos, puestos de artesanía y una hoguera la noche anterior. Saltar las brasas es una costumbre que algunos vecinos consideran muy antigua; otros la recuerdan simplemente como una tradición del pueblo que se ha mantenido con el tiempo.
Lo que se come en esta parte del Cerrato
La cocina aquí sigue la lógica de la meseta: horno de leña, cordero lechal y pan de miga consistente.
El cordero del Cerrato suele asarse despacio, a veces incluso al aire libre en celebraciones familiares, girándolo cerca de las brasas mientras se rocía con agua y sal. La piel termina muy crujiente.
También es común la morcilla de arroz y el queso de oveja joven, elaborado en queserías de la zona. En las panaderías todavía se encuentran panes redondos y densos, pensados para durar varios días.
Entre los dulces aparece la bolla cerrateña, con aceite y anís, que suele prepararse en determinadas fechas o por encargo.
Cómo llegar y moverse
Venta de Baños está muy cerca de la ciudad de Palencia y mantiene buenas conexiones ferroviarias con ella. La estación sigue siendo el punto central del municipio y conserva buena parte de su estructura histórica.
La basílica de San Juan de Baños queda a unos kilómetros del casco urbano, así que lo más práctico es acercarse en coche o bicicleta.
En verano el calor aprieta —es habitual superar los treinta grados— y el paisaje del Cerrato se vuelve completamente dorado. En invierno el viento barre la llanura sin demasiados obstáculos, así que conviene ir preparado. Aquí el silencio de la noche solo se rompe cuando vuelve a pasar un tren.