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sobre Villahan
Localidad del Cerrato con una iglesia interesante; destaca por sus bodegas y la producción de vino local.
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En el corazón de la comarca de El Cerrato palentino, donde las lomas suaves de cereal se extienden hasta el horizonte, Villahan es uno de esos pequeños reductos rurales que aún funcionan a ritmo de campanario y tractor. Con apenas 90 habitantes y situada a unos 800 metros de altitud, esta aldea es, básicamente, un pueblo para estar tranquilo: aquí no hay prisas, tampoco grandes “atracciones”, y eso es precisamente lo que algunos vienen a buscar.
El paisaje del Cerrato, caracterizado por sus páramos y valles surcados por pequeños arroyos estacionales, envuelve Villahan en una atmósfera de calma seca y amplia, muy de meseta. Las tierras de labor, los palomares tradicionales dispersos por el territorio y las bodegas excavadas en las laderas componen un mosaico agrario que ha definido durante siglos el carácter de esta zona castellana. Aquí, quien llega no se encuentra monumentos grandiosos ni infraestructuras turísticas sofisticadas, pero sí algo que empieza a ser raro: vida rural funcionando a su manera, sin decorado.
Venir a Villahan es asomarse a la geografía menos transitada de Castilla y León, a esos pueblos que aparecen como islas doradas entre los campos de cereal, donde el día gira alrededor del campo y del bar (si está abierto) y donde todavía se saluda a cualquiera que pasa.
Qué ver en Villahan
El patrimonio de Villahan es el propio de las pequeñas localidades cerratenses: modesto pero genuino. La iglesia parroquial preside el conjunto urbano, como corresponde a la tradición castellana, y en torno a ella se articulan las calles del pueblo con sus casas tradicionales de piedra y adobe, muchas de ellas mostrando los característicos corrales y portones de madera que hablan de su pasado agrícola y ganadero. Es un pueblo para recorrer sin mapa, dejándose llevar, pero sabiendo que el perímetro se acaba pronto.
Un paseo breve por sus calles permite ver la arquitectura popular castellana en su versión más directa: muros de tapial, tejados de teja árabe, fachadas encaladas que reflejan la luz dura del páramo. No son edificaciones de postal restaurada, sino casas vividas, algunas cuidadas y otras a medio camino entre el uso y el abandono, como en tantos pueblos de la zona. Eso también forma parte del paisaje.
En los alrededores del núcleo urbano, el paisaje del Cerrato se ve bien caminando un poco hacia las afueras: campos ondulados que cambian de color con las estaciones, desde los verdes intensos de primavera hasta los dorados absolutos del verano, y los palomares circulares que se alzan como pequeñas torres sobre las lomas. No siempre se pueden acercar de cerca porque muchos están en fincas privadas, así que conviene respetar caminos y lindes.
Las bodegas excavadas en las laderas cercanas, aunque muchas en desuso, forman parte del paisaje habitual del Cerrato y recuerdan una cultura vitivinícola que tuvo más peso que ahora. Son construcciones subterráneas curiosas de ver desde fuera, con sus chimeneas de ventilación asomando entre la tierra; entrar en ellas solo si se tiene permiso y con cuidado, porque no están pensadas como atracción turística ni tienen medidas de seguridad.
Qué hacer
Villahan es un destino para quienes buscan desconexión y contacto directo con el medio rural, sin actividades programadas ni carteles interpretativos en cada esquina. Aquí no hay una “lista larga de cosas que hacer”: lo principal es pasear, mirar y bajar revoluciones.
El senderismo y las rutas a pie por los caminos agrícolas permiten internarse en el paisaje del Cerrato, descubriendo rincones donde la mirada alcanza kilómetros sin obstáculos. No hay senderos señalizados al uso, pero los caminos entre campos y las veredas que conectan con pueblos vecinos funcionan bien para caminatas tranquilas, sobre todo en primavera y otoño, siempre teniendo en cuenta el sol y el viento de la meseta y que el terreno es expuesto casi todo el rato.
La observación del cielo nocturno tiene sentido aquí: hay poca contaminación lumínica y, en noches despejadas, el cielo del Cerrato es muy agradecido. Se ve bien la Vía Láctea en las noches más oscuras si no hay luna y te alejas un poco de las farolas del pueblo. Eso sí, abrigo incluso en verano, porque refresca más de lo que parece.
La gastronomía local se basa en los productos de la tierra: cordero lechal asado, legumbres de la comarca, pan tradicional y embutidos caseros son la base de una cocina sencilla y contundente, propia del campo castellano. En Villahan no hay restaurantes, así que lo normal es comer de picnic, tirar de bocadillo o acercarse a algún pueblo cercano con más servicios. Mejor no improvisar con el hambre a última hora, porque aquí no hay “plan B” a la vuelta de la esquina.
La fotografía rural y el agroturismo encajan bien con el carácter del lugar, siempre que se tenga tacto: es un pueblo pequeño donde la gente está a lo suyo, conviene pedir permiso antes de fotografiar personas, animales o interiores de fincas. Los tractores y la maquinaria no están ahí “de atrezo”, están trabajando.
Fiestas y tradiciones
Como en la mayoría de pueblos castellanos, Villahan celebra sus fiestas patronales durante los meses de verano, generalmente en torno a agosto, cuando los vecinos que emigraron regresan al pueblo. Son fiestas sencillas, más de reencuentro que de grandes programas: misa, procesión, alguna verbena si hay presupuesto y ganas, y muchas comidas comunales donde se junta todo el que quiere.
Las romerías y celebraciones religiosas marcan el calendario festivo de estas pequeñas localidades del Cerrato, donde las tradiciones se mantienen porque todavía hay quien las vive y las organiza, no porque nadie haya pensado en convertirlas en reclamo turístico. Si cuadra que estés esos días, te integrarás mejor preguntando y dejándote llevar que buscando un programa detallado.
Información práctica
Villahan se encuentra a unos 50 kilómetros al norte de Palencia capital. Para llegar, se toma la carretera que se dirige hacia el norte de la provincia en dirección a Herrera de Pisuerga y desde allí se continúa por carreteras comarcales que atraviesan el Cerrato. El acceso es sencillo en vehículo particular, prácticamente imprescindible para visitar esta zona; el transporte público es limitado o inexistente según el día [VERIFICAR], así que conviene confirmarlo antes si no vas en coche.
La mejor época para visitar la localidad suele ser la primavera (mayo-junio), cuando los campos están verdes y el clima es más amable, o el otoño temprano (septiembre-octubre), con temperaturas suaves y una luz muy limpia sobre la meseta. En verano hace calor, el sol cae a plomo a mediodía y apetece más madrugar o esperar a última hora de la tarde para pasear; las noches, eso sí, refrescan. En invierno el frío es serio y el viento corta, pero el ambiente es muy auténtico de Castilla desnuda.
Es recomendable llevar calzado cómodo para caminar por caminos de tierra, algo de abrigo incluso en verano para la noche, prismáticos si te interesa la observación de aves y, sobre todo, provisiones de comida y agua, ya que los servicios en la localidad son muy limitados y los horarios de bares y tiendas, si los hay, no están pensados para el turista. Llevar efectivo tampoco estorba, porque no siempre encontrarás datáfono en los alrededores.
Lo que no te cuentan
Villahan es pequeño y se ve rápido: si solo vienes a “mirar el pueblo”, en una hora habrás terminado. Tiene más sentido como parada en una ruta por el Cerrato, como lugar para pasear un rato entre campos o para desconectar un día, que como destino de varios días por sí solo.
Las fotos de campos dorados y cielos infinitos son reales, pero el día a día es el de un pueblo agrícola: tractores, perros que ladran, casas medio cerradas y mucho silencio. Si vienes buscando un pueblo de película restaurado al milímetro, no es este. Si lo que quieres es ver cómo sigue funcionando esa Castilla que muchos solo conocen de pasada por la autovía, encaja mejor.
Errores típicos
- Venir a las horas centrales del día en verano pensando en dar un paseo largo: el sol castiga y no hay apenas sombras.
- Confiar en que haya servicios “porque en todos los pueblos hay algo”: aquí te puedes encontrar el bar cerrado y ninguna tienda abierta. Mejor llegar con todo lo básico en el maletero.
- Pensar que hay rutas señalizadas como en zonas más turísticas: aquí los caminos son agrícolas. Lleva mapa o GPS si te alejas mucho y ten claro por dónde has venido.