Artículo completo
sobre Villamediana
Localidad cercana a Palencia y Magaz; conserva restos de muralla y una iglesia interesante; arquitectura tradicional.
Ocultar artículo Leer artículo completo
A media mañana, cuando el sol empieza a calentar el páramo, el aire todavía llega frío a las calles de Villamediana. En ese momento el turismo en Villamediana tiene poco que ver con rutas señalizadas o grupos con cámara: aquí lo que hay es silencio, el crujido de la grava bajo los pasos y el canto breve de algún mirlo escondido entre los tejados. Las paredes de adobe y piedra guardan la temperatura de la noche, y el pueblo parece moverse despacio, como si todavía estuviera despertando.
Villamediana se asienta en esa línea tranquila donde la tierra y el cielo se encuentran casi sin obstáculos. Desde la carretera se distingue enseguida la silueta de la iglesia parroquial de Santa Columba, con su torre cuadrada levantándose sobre las casas. Muros de caliza, ventanas estrechas y un reloj que durante décadas marcó las horas del campo. En el interior aún se conservan restos de retablos barrocos y un altar sencillo, de esos que siguen utilizándose sin demasiada ceremonia.
Calles tranquilas y bodegas bajo tierra
Al caminar por el pueblo aparecen portones de hierro, fachadas encaladas y algunas casas con balcones de madera algo oscurecidos por los inviernos. En varias esquinas se intuyen entradas a bodegas excavadas bajo tierra, algo bastante común en esta parte del Cerrato. Muchas se usaron para guardar vino y mantener alimentos a temperatura estable durante todo el año.
Los corrales y dependencias agrícolas recuerdan que la vida aquí giró —y en parte sigue girando— alrededor del campo y el ganado. Cuando cae la tarde, los campos de cereal alrededor del pueblo cambian de color según la estación: dorados en verano, pajizos en invierno, verdes muy breves durante la primavera.
Caminos del Cerrato
Desde Villamediana salen varios caminos agrícolas que conectan con otros pueblos del Cerrato, como Baltanás o Torremormojón. Son pistas de tierra compactada, rectas durante largos tramos, abiertas entre campos de cultivo y pequeñas manchas de encinas.
En invierno es habitual encontrar escarcha a primera hora; en verano, en cambio, apenas hay sombra. Si se va a caminar un rato largo conviene llevar agua y gorra. No siempre hay señalización y el paisaje, tan abierto, puede despistar si uno se aleja demasiado del pueblo.
Mirar al cielo cuando cae la noche
Cuando se apagan las pocas luces del pueblo, el cielo aparece limpio y muy oscuro. No hay instalaciones para observar estrellas ni nada parecido, pero tampoco hacen falta: basta con salir a las afueras y esperar unos minutos a que los ojos se acostumbren.
En noches tranquilas se oye a veces el ulular de un cárabo o el batir de alas de alguna rapaz nocturna. Es un tipo de silencio que en las ciudades cuesta recordar.
Aves en las tierras abiertas
Las tierras agrícolas del entorno atraen bastante movimiento de aves si uno se detiene a mirar. Sobre los postes eléctricos suelen verse cigüeñas y, con algo de suerte, rapaces como ratoneros o milanos planeando sobre los campos. En invierno también aparecen bandadas de avefrías que se desplazan entre parcelas recién labradas.
No hay observatorios ni paneles interpretativos; aquí la observación es más bien cuestión de paciencia y de caminar despacio por los caminos.
Comer y abastecerse
Villamediana es un pueblo pequeño y conviene llegar con cierta previsión. No siempre hay tienda ni lugares donde sentarse a comer, así que mucha gente trae algo preparado o se desplaza después a localidades cercanas donde todavía quedan comercios y bares.
En los alrededores siguen funcionando explotaciones ganaderas y es fácil encontrar productos del campo en pueblos próximos: queso de oveja, embutidos o legumbres secas que forman parte de la despensa habitual de la zona.
Un paisaje que cambia con la luz
Fotográficamente, el Cerrato tiene algo muy particular: todo depende de la luz. Tras la siega los campos quedan rasos y amarillos; en otoño llegan nieblas bajas que se quedan un rato sobre los valles pequeños; y en los días despejados el cielo parece ocupar más espacio que la propia tierra.
Los amaneceres suelen ser muy tranquilos, con una luz fría que se va calentando poco a poco. Al atardecer, en cambio, el páramo se vuelve rojizo durante unos minutos antes de que el viento del oeste se lleve las últimas nubes.
Caminar por Villamediana es, sobre todo, eso: un ritmo lento y un paisaje que no intenta llamar la atención. Casas antiguas, caminos rectos y campos abiertos donde el tiempo parece seguir otro compás, el de las estaciones y el trabajo diario. Aquí el silencio dura bastante… hasta que pasa un coche por la carretera o alguien abre un portón al otro lado de la calle.