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sobre El Tiemblo
Famoso por los Toros de Guisando y el Castañar de El Tiemblo; naturaleza e historia
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A las siete de la mañana, cuando el sol empieza a tocar las laderas del Valle de Iruelas, las primeras piedras del camino crujen bajo los pies. Es otoño y el aire huele a hojas húmedas y a castañas que se secan en algunos patios. En ese momento, el turismo en El Tiemblo todavía no ha despertado: el pueblo aparece como un manchón de granito apoyado en la ladera, con el embalse del Burguillo dibujando una línea plateada al fondo. Bajo esas tejas, durante mucho tiempo, funcionaron hornos que enviaban tinajas y vasijas a buena parte del centro peninsular.
El olor a barro cocido y la memoria de los hornos
Entre callejones empinados, los muros de piedra aún guardan manchas oscuras de humo antiguo. Durante el siglo XIX la alfarería tuvo bastante peso aquí, y en algunas calles todavía se recuerdan los hornos donde se cocía el barro. Las tinajas se cargaban después en carros y salían por caminos de herradura hacia otras comarcas.
Hoy ya no quedan talleres funcionando, pero hay momentos en que el recuerdo aparece de forma inesperada. Si pasas por la zona donde estuvieron aquellos hornos a la hora de comer, entre el olor a pan tostado y tomate, a veces se cuela un fondo terroso, como de arcilla mojada. No hay paneles explicativos ni rutas señalizadas sobre esto; queda en las paredes, en los nombres de algunas calles y en las historias que cuentan los vecinos mayores.
Cuatro toros de granito y un acuerdo que cambió la historia
A unos nueve kilómetros del pueblo, junto a la carretera, los Toros de Guisando siguen plantados sobre la roca. Son esculturas vettonas, anteriores a la época romana, y llevan allí más de dos mil años mirando hacia la sierra.
El lugar también aparece en los libros de historia porque aquí se firmó en 1468 el acuerdo entre Enrique IV y su hermana Isabel, la futura Isabel I. Aquella reunión —conocida como la Concordia de los Toros de Guisando— intentaba resolver un conflicto sucesorio que luego volvería a complicarse.
A mediodía la luz cae de frente sobre el granito y se marcan bien las inscripciones. El entorno es seco, con tomillo y jaras bajas; cuando alguien pisa las matas, el olor se queda un rato flotando en el aire. Si puedes, acércate a última hora de la tarde o entre semana. Cuando se vacía el aparcamiento, el lugar recupera algo de silencio.
El monasterio entre pinares
La carretera que sube desde El Tiemblo hacia la sierra se mete poco a poco en un pinar espeso. En una curva aparece, de repente, el monasterio de los Jerónimos: un conjunto grande de piedra dorada que contrasta con el verde oscuro de los árboles.
El origen del monasterio se remonta al siglo XIV. Con el tiempo fue ganando importancia y pasó a recibir visitas frecuentes de la corte castellana. Reyes y nobles dejaron aquí donaciones, encargos artísticos o temporadas de retiro.
Dentro, la iglesia mantiene ese olor mezclado de cera y madera vieja que tienen muchos edificios monásticos. La luz entra tamizada por las ventanas altas y cae sobre los bancos con una calma muy distinta a la del pueblo. Conviene comprobar los horarios antes de subir, porque las visitas suelen tener franjas bastante concretas y no siempre está abierto todo el día.
Un castañar que suena como una catedral
Desde las afueras del pueblo salen pistas forestales que se adentran en la Reserva Natural del Valle de Iruelas. A medida que el camino gana altura, los pinos dejan paso a castaños cada vez más grandes.
Algunos troncos superan varios metros de circunferencia y están cubiertos de musgo. Hay ejemplares conocidos por los vecinos, como el llamado “Castaño del Abuelo”, que impresiona más cuando te acercas y ves cómo la corteza se abre en surcos profundos.
En otoño el suelo queda cubierto de hojas y caminar produce un crujido continuo, como si alguien estuviera rompiendo papel seco. Si vas en época de castañas verás a gente del pueblo con bolsas o cestas; en muchas zonas la recogida tradicional está permitida con ciertas normas, así que conviene informarse antes y no llevarse más de lo que uno vaya a comer.
El agua del Burguillo
Bajar hacia el embalse del Burguillo cambia el paisaje. La carretera serpentea entre cantiles de granito rosado y, de repente, aparece el agua abierta del pantano. En días sin viento la superficie queda tan quieta que refleja las laderas como un espejo.
En verano se acercan bastantes coches a las zonas de baño y a las pequeñas playas acondicionadas. Cuando baja la temporada, el ambiente es otro: algún pescador sentado en la orilla, el sonido de los remos de una piragua y el olor resinoso de los pinos calentados por el sol.
El Alberche trae agua fría incluso en los meses más calurosos. Si te acercas a la orilla al atardecer se nota enseguida ese cambio de temperatura que sube desde el agua.
Cuándo ir y qué evitar
El otoño suele ser uno de los momentos más agradecidos para acercarse a El Tiemblo: el castañar está en pleno cambio de color y las mañanas tienen ese olor a humo de chimenea que se queda en el aire del valle.
Los fines de semana largos y algunos puentes traen bastante tráfico desde Madrid, sobre todo hacia los Toros de Guisando y el embalse. Si buscas caminar con más calma, intenta madrugar o venir entre semana.
Para las rutas por el castañar o la subida hacia el monasterio conviene llevar buen calzado. Hay tramos de piedra pulida y senderos con hojas húmedas donde es fácil resbalar.