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sobre Casafranca
Pequeña aldea con castro vetón y miliarios; cruce de caminos
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A las siete de la mañana, el silencio en Casafranca es físico. Se nota en el aire quieto, solo roto por el graznido lejano de una corneja. El turismo en Casafranca es llegar a un pueblo de 69 habitantes, de piedra gris y calles cortas, donde el ruido no es lo que falta, sino lo que sobra.
Casafranca se asienta en la comarca de Entresierras, al sur de Salamanca. El terreno es granito y dehesa. Encinas aisladas, prados irregulares y caminos de tierra que se desdibujan entre lomas bajas. A 900 metros, la luz es clara y el aire huele a tomillo y tierra seca.
La plaza y la iglesia
Desde la carretera se desemboca en la plaza. Un espacio abierto rodeado de casas con portones altos, vestigios de corrales y pajares. Las fachadas no están alineadas; cada una responde a una necesidad antigua.
La iglesia de San Pedro ocupa un lado. Muros gruesos, una puerta de arco de medio punto. No destaca por su ornamentación. Forma parte del pueblo, un punto fijo alrededor del cual se ordenaron durante siglos las labores del campo. A su alrededor quedan construcciones agrícolas con la piedra desgastada por el uso.
Caminar por las dehesas de Entresierras
Al salir del último muro empiezan los caminos. No hay señales ni paneles informativos, solo veredas de tierra entre encinas dispersas. Con calzado resistente se pueden seguir sin guía.
Desde alguna loma la vista se abre al paisaje de Entresierras: colinas suaves, manchas de verde que viran al ocre en octubre, parcelas delimitadas por muros bajos. En otoño, el granito brilla más oscuro si ha llovido de noche.
Con prismáticos se ven milanos trazando círculos sobre la dehesa. Al atardecer, en las manchas más espesas del monte, no es extraño oír el crujido de una rama bajo el peso de un jabalí. Evita los caminos justo después de un aguacero: la tierra se convierte en barro y el granito mojado resbala.
Sabores que vienen de la dehesa
La vida aquí sigue ligada al campo. En las fincas circundantes se crían cerdos en libertad, origen del jamón ibérico de la zona. En pueblos cercanos se elaboran quesos curados de oveja.
En Casafranca no hay comercios abiertos a diario. Conviene aprovisionarse en localidades mayores como Ledrada o Santibáñez de Béjar antes de llegar.
Las fiestas y el regreso de los que se fueron
El pueblo se transforma en agosto. Es cuando se celebran las fiestas y regresan los vecinos que viven fuera. La plaza entonces tiene otro sonido: conversaciones que se alargan con el fresco de la tarde, platos que pasan de una mesa a otra.
Fuera de esas fechas, la quietud es absoluta. Para ver movimiento, agosto. Para caminar horas sin cruzarte con un coche, prueba un martes de octubre.
Llegar hasta aquí y algunas cosas a tener en cuenta
Desde Salamanca son 65 kilómetros por carreteras secundarias. El trayecto atraviesa campos abiertos que gradualmente se vuelven más ondulados. Son vías tranquilas; de noche, reduce la velocidad: ciervos y jabalíes cruzan con frecuencia.
Llena el depósito antes de llegar y lleva agua en el coche. En el pueblo no hay servicios y el alojamiento más próximo está en municipios vecinos.
Casafranca es pequeño y discreto. No hay monumentos señeros ni rutas señalizadas. Hay paisaje, un silencio que pesa y un ritmo marcado por las estaciones, no por los folletos. Si llegas con eso en mente, el lugar cobra sentido.