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sobre Villares de la Reina
Municipio industrial y residencial al norte de la capital; destaca por su polígono y crecimiento reciente
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Las campanas de San Silvestre repican temprano y el eco se pierde entre los trigales que rodean el pueblo. Desde el campanario, en los días claros, se distingue la línea recta de la autovía que conecta con Salamanca. Son apenas unos minutos en coche, pero aquí el tiempo se mide de otra manera: por las faenas del campo, por la sombra que la torre de la iglesia va desplazando lentamente sobre la plaza.
La luz abierta de La Armuña
La Armuña es una meseta suave, de horizontes largos. El cereal se mueve con el viento como una superficie continua, amarilla en verano, verde al principio de la primavera. En Villares de la Reina ese horizonte solo se interrumpe por algunos silos y por la silueta grande de la iglesia parroquial, conocida en la zona como “la Catedral de la Armuña”.
El apodo se entiende cuando te colocas frente a la portada barroca. El templo actual empezó a levantarse sobre uno anterior medieval, y la piedra dorada —muy parecida a la de Salamanca— cambia mucho con la luz. Al amanecer parece más pálida; por la tarde se vuelve cálida, casi naranja.
Dentro hay olor a cera y a madera antigua. El órgano, que según se cuenta procede de la catedral salmantina, permanece la mayor parte del tiempo en silencio. Aun así, algunas tardes se oye música que se escapa por las ventanas abiertas cuando hay ensayos de la banda local. Desde la plaza llega mezclada con el ruido de los gorriones que anidan bajo los aleros.
Los restos de los Palacios
En la parte norte del municipio quedan vestigios de lo que se conocía como los Palacios. La tradición local los vincula con la reina Berenguela, hija de Alfonso VIII, que habría residido aquí durante un tiempo en la Edad Media. El episodio forma parte de la memoria del lugar, aunque hoy apenas quedan restos visibles de aquel complejo.
El nombre del pueblo —Villares de la Reina— suele relacionarse con esa presencia. Suena solemne para un municipio que hoy ronda los siete mil habitantes y vive muy pegado a Salamanca.
Entre los vecinos también circula otra historia que se cuenta con frecuencia: la del cercano poblado de Panaderos, destruido durante la Guerra de la Independencia. Algunas familias habrían acabado instalándose aquí. Paseando por las calles más antiguas, con casas de piedra bastante irregulares entre sí, se entiende por qué esa historia sigue viva.
Campos, naves y caminos de tierra
Villares tiene una doble cara muy visible. A un lado están los campos de secano de La Armuña, con surcos largos y rectos. Al otro, el gran polígono industrial que se extiende junto a la carretera. Ambos paisajes conviven sin demasiada ceremonia.
Detrás de las últimas naves sale un camino de tierra que muchos vecinos utilizan para caminar o salir en bici. En pocos minutos te alejas del ruido del tráfico. Desde un pequeño alto se ve bien esa mezcla: tejados del polígono, la torre de la iglesia al fondo y, alrededor, kilómetros de cereal.
En otoño el aire suele oler a tierra recién removida. Es también cuando más se nota la actividad agrícola de la comarca.
El ritmo del pueblo
A primera hora de la tarde, sobre todo en verano, Villares se queda muy tranquilo. El calor cae sobre el asfalto y apenas se oye nada salvo alguna persiana que baja o el zumbido lejano de un coche.
La plaza concentra casi toda la vida. Siempre hay alguna mesa ocupada en la terraza de un bar, gente que comenta las noticias de Salamanca o mira el móvil mientras las golondrinas vuelan bajo, rozando los coches aparcados.
Entrar entonces en la iglesia es cambiar de temperatura. La piedra mantiene el frescor y el silencio es espeso. Si miras con atención el suelo aparecen losas antiguas con cruces grabadas, recuerdo de antiguas cofradías vinculadas al templo.
Fiestas y momentos del año
Las fiestas del Santísimo Sacramento, ligadas al Corpus, siguen siendo uno de los momentos más animados del calendario local. Las calles se adornan con ramas verdes y el ambiente se vuelve más familiar que multitudinario: procesiones lentas, vecinos charlando en las puertas y niños correteando por la plaza con petardos.
Quien busque ver el paisaje de La Armuña en su mejor momento suele venir en primavera, cuando el cereal todavía está verde y el viento dibuja olas suaves sobre los campos. En verano el color cambia a un dorado uniforme y el calor aprieta bastante durante el día, aunque por la noche refresca.
Villares de la Reina no está pensado como parada turística clásica. Más bien funciona como esos lugares que se entienden despacio: caminando un rato por los caminos de alrededor, escuchando las campanas de la iglesia y viendo cómo la luz del atardecer cae sobre los trigales que rodean el pueblo.