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sobre Ferreras de Arriba
Municipio en plena Sierra de la Culebra con gran valor ecológico; destaca por su arquitectura tradicional de piedra y pizarra y la riqueza de su fauna
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A las ocho de la mañana, en Ferreras de Arriba, el sonido que domina no es el de los coches sino el de los cencerros. A veces llega desde alguna finca cercana; otras, desde el camino que baja hacia el arroyo. El suelo cruje bajo las botas cuando ha helado por la noche, y las fachadas de piedra —muchas sin revocar— todavía están a la sombra. En este rincón de La Carballeda, con unos 350 habitantes censados, la montaña se nota en el aire frío de primera hora y en la forma en que el pueblo se recoge sobre sí mismo.
Llegar hasta aquí exige un poco de paciencia. Las carreteras comarcales que atraviesan la zona discurren entre robledales y claros de pasto, con curvas que obligan a levantar el pie del acelerador. No es un trayecto largo desde otras localidades de la comarca, pero sí lo bastante tranquilo como para que el paisaje vaya cambiando sin prisa: muros de piedra, prados cerrados con alambradas y manchas de bosque que en otoño huelen a hoja húmeda.
Un pueblo hecho alrededor de la piedra
El núcleo de Ferreras de Arriba responde a una lógica sencilla: casas agrupadas, calles cortas y un pequeño centro donde se levanta la iglesia parroquial de San Miguel. La torre cuadrada asoma por encima de los tejados de teja oscura y sirve de referencia cuando uno entra por cualquiera de los accesos al pueblo.
Las casas más antiguas mantienen portones amplios, pensados para carros y ganado. Algunos dinteles de granito tienen grabados que delatan reformas de hace más de un siglo, y en varios corrales todavía se ven pajares con vigas de madera oscurecida por el tiempo. No es un casco histórico monumental; es, más bien, un conjunto de viviendas que siguen cumpliendo la misma función que siempre.
Entre las calles aparecen fuentes sencillas de piedra donde el agua corre casi todo el año. Todavía es habitual ver a algún vecino llenar garrafas o detenerse a charlar un momento apoyado en el pilón.
Robles, brezo y silencio alrededor del pueblo
Al salir de Ferreras de Arriba el paisaje cambia rápido. En pocos minutos aparecen praderas abiertas y manchas de robledal bajo. El terreno sube y baja con suavidad, y en algunos altos el horizonte se abre hacia las sierras que rodean esta parte de Zamora.
En otoño el olor del bosque se vuelve más intenso: castañas caídas, hojas húmedas, tierra removida por los animales. Los mirlos y los zorzales se mueven entre los robles, y no es raro ver algún ave rapaz planeando sobre los claros cuando el sol empieza a calentar.
No hay grandes miradores preparados ni paneles explicativos. La mejor vista suele aparecer simplemente al doblar un camino o al subir una loma baja desde la que se ve el mosaico de prados y monte.
Caminar por pistas y caminos agrícolas
Los alrededores se recorren sobre todo por pistas de uso agrícola y senderos que conectan fincas y pueblos cercanos. Algunos son anchos y fáciles de seguir; otros se estrechan entre jaras y brezo.
Conviene salir con algo de orientación —un mapa descargado en el móvil o una referencia clara— porque la señalización es escasa. También es buena idea evitar las horas centrales del verano: el sol cae fuerte en los tramos abiertos y apenas hay sombra fuera de los robledales.
Para quien vaya en bicicleta de montaña, el terreno tiene tramos entretenidos. Hay piedra suelta en algunas bajadas y barro cuando ha llovido, así que no es raro tener que bajarse de la bici en algún punto.
Animales que aparecen cuando baja la luz
La fauna no se deja ver todo el tiempo, pero está ahí. Al amanecer o al caer la tarde es cuando más movimiento hay: corzos cruzando una linde, bandos de pequeñas aves entrando y saliendo del matorral, el golpe seco de algún pájaro carpintero en los troncos.
Unos prismáticos ayudan, pero casi es más útil quedarse quieto un rato y escuchar. El monte aquí es discreto; si uno camina despacio, acaba mostrando algo.
Comer y comprar en un pueblo pequeño
Ferreras de Arriba es un municipio pequeño y los servicios son limitados. A veces hay algún bar o punto donde tomar algo, pero conviene no contar con demasiadas opciones y venir con previsión, sobre todo entre semana o fuera del verano.
En muchas casas se sigue cocinando con productos de la zona: carne de cordero o ternera de explotaciones cercanas, embutidos curados en invierno y legumbres que se cultivan en las huertas de la comarca.
Cuando llega el otoño, los montes cercanos atraen a quienes salen a buscar setas. Es algo bastante habitual por aquí, aunque siempre con cuidado y respetando las normas que pueda haber en cada temporada.
Finales de septiembre: cuando el pueblo se reúne
Las fiestas patronales suelen celebrarse hacia finales de septiembre, alrededor de San Miguel. Son días en los que el pueblo cambia de ritmo: regresan muchos vecinos que viven fuera y las calles vuelven a llenarse de conversaciones largas y mesas compartidas.
No es un calendario pensado para atraer multitudes. Más bien mantiene el tono de un pueblo que sigue funcionando a su escala, con sus tiempos y sus costumbres.
Ferreras de Arriba no intenta impresionar a nadie. Tiene calles tranquilas, monte cerca y ese silencio que aparece cuando cae la tarde y solo se oye el viento moviendo las hojas de los robles. Para entenderlo, basta quedarse un rato más de lo previsto.