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sobre Manzanal de Arriba
Municipio de la Sierra de la Culebra con paisajes espectaculares; incluye pedanías como Santa Cruz de los Cuérragos de gran valor arquitectónico
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A media mañana, cuando el primer sol empieza a calentar los tejados de pizarra, las calles de Manzanal de Arriba se mueven despacio. Alguna puerta se abre, se oye un coche arrancar en la plaza y poco más. La quietud se queda pegada a las paredes de piedra y a las huertas que rodean el pueblo. Al fondo, si el día está claro, se perfila la Sierra de la Culebra.
Este rincón de La Carballeda, en el noroeste de Zamora, ronda los trescientos habitantes. No hay grandes avenidas ni tráfico constante. Las casas se alinean en calles cortas donde todavía aparecen portones anchos que daban paso a cuadras y pajares. En algunos dinteles quedan fechas grabadas; en otros, la madera oscura de los balcones muestra años de inviernos fríos y veranos secos.
Casas de piedra y ritmo de pueblo
Caminar por Manzanal de Arriba no requiere mapa. Las calles se cruzan sin demasiada lógica y, en pocos minutos, se llega a las afueras. Allí empiezan los prados, las huertas cercadas y los caminos de tierra.
Las construcciones siguen el patrón de la zona: muros gruesos de piedra, pizarra en los tejados y pequeñas ventanas pensadas más para proteger del frío que para dejar entrar luz. En algunas casas aún se ven antiguos hornos o dependencias agrícolas reutilizadas.
La iglesia parroquial dedicada a San Sebastián se levanta en una pequeña elevación dentro del casco urbano. Es un edificio sobrio, de piedra local. Muchas veces permanece cerrada fuera de los oficios, algo bastante habitual en pueblos pequeños. Aun así, acercarse hasta allí sirve para observar el conjunto del pueblo con algo de perspectiva.
Caminos entre robles y praderas
El paisaje alrededor explica bien el nombre de la comarca. “Carballeda” hace referencia a los robles, y aquí aparecen en manchas amplias que en otoño cambian de color de forma muy visible. Amarillos apagados, marrones húmedos, hojas crujientes bajo las botas.
Desde el pueblo salen varios caminos agrícolas que conectan con fincas y montes cercanos. No todos están señalizados, pero muchos se han usado durante décadas para ir andando o en tractor hacia las tierras. Siguiéndolos se llega a pequeños altos desde los que se abre el paisaje: praderas, manchas de monte bajo y, más lejos, la línea irregular de la sierra.
La cercanía de la Sierra de la Culebra marca también la fauna. No es raro ver corzos cruzando al atardecer o escuchar aves rapaces sobrevolando los claros. En esta zona también se mueve el lobo ibérico, aunque verlo es otra historia: suele quedarse en lo más profundo del monte.
Si te gusta caminar, la mejor hora suele ser primera hora de la mañana o ya por la tarde. En verano el sol aprieta en los caminos abiertos y hay pocos tramos con sombra continua.
El silencio de las noches
Cuando cae la noche, el pueblo cambia aún más de ritmo. Hay muy poca iluminación alrededor y, en cuanto te alejas unos metros del casco urbano, el cielo se vuelve muy oscuro.
En noches despejadas la Vía Láctea se distingue con facilidad como una franja blanquecina cruzando el cielo. Incluso en agosto conviene llevar algo de abrigo: la temperatura baja rápido una vez desaparece el sol.
Cocina de temporada y monte cercano
La comida en esta parte de Zamora sigue muy ligada al campo. En muchas casas se mantienen matanzas familiares durante el invierno, de donde salen embutidos y carnes que luego se usan en guisos contundentes.
Los platos suelen girar en torno al cerdo, al vacuno de la zona y a las patatas. También aparecen quesos de leche de oveja elaborados en la comarca. En otoño, cuando llegan las primeras lluvias, el monte se llena de buscadores de setas. Níscalos y boletus son los más habituales, aunque conviene informarse bien de la normativa de recogida porque en muchos montes está regulada.
Cuándo acercarse
El pueblo cambia bastante según la época del año.
En verano hay más movimiento, sobre todo cuando regresan familias que tienen aquí sus raíces. En invierno el ambiente es mucho más tranquilo y los días pueden ser fríos, con heladas frecuentes.
Las fiestas locales dedicadas a San Sebastián se celebran tradicionalmente en el calendario del santo, aunque en muchos pueblos de la zona parte de las celebraciones se trasladan al verano para que pueda participar más gente. En esas fechas el pueblo recupera algo de bullicio: música tradicional, reuniones en la plaza y mesas largas donde los vecinos se juntan a comer.
Manzanal de Arriba no funciona como destino de paso rápido. Tiene más sentido llegar sin prisa, caminar un rato por los caminos de alrededor y sentarse un momento a escuchar lo que hay: viento en los robles, algún perro a lo lejos, el sonido seco de una puerta al cerrarse en la calle. Aquí el paisaje y el tiempo se mueven despacio.