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sobre Manzanal de los Infantes
Pequeño pueblo rodeado de bosques y prados en la Carballeda; destaca por su tranquilidad y la conservación del entorno natural
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Hace unos meses, caminando por una pista cerca de la Sierra de la Culebra, pensé en esos pueblos que están a diez minutos de una carretera conocida… y aun así casi nadie se desvía. Manzanal de los Infantes es justo eso. Un lugar pequeño —algo más de un centenar de vecinos— donde la vida sigue un ritmo que a muchos nos suena ya casi de otra época.
El nombre “de los Infantes” apunta a una historia antigua ligada a linajes y posesiones medievales. “Manzanal”, en cambio, suena mucho más terrenal: huertos, frutales, trabajo de campo. Hoy el pueblo mezcla esas dos cosas. Por un lado, memoria histórica; por otro, la vida rural de siempre, la que sigue girando alrededor de la tierra, los inviernos largos y los veranos en los que regresan los que se marcharon.
No esperes un pueblo preparado para autobuses de turistas. Aquí lo que hay son casas de piedra, tejados de pizarra y calles cortas donde enseguida sabes por dónde has pasado ya. Ese tipo de sitio donde en veinte minutos te orientas… y en una hora ya estás caminando por el campo.
Además, está la Sierra de la Culebra bastante cerca. Eso cambia mucho el ambiente: más monte, más silencio y la sensación de estar en un territorio donde la naturaleza todavía manda bastante. El lobo ibérico vive por esta zona, aunque conviene decirlo claro: verlo no es lo habitual. Lo normal es volver a casa sin cruzarte con ninguno, y tampoco pasa nada.
Qué ver en Manzanal: piedra, calma y pueblo de los de antes
La iglesia parroquial dedicada a Nuestra Señora suele ser lo primero que llama la atención al entrar. No es un edificio monumental. Más bien lo contrario: sencilla, de mampostería, con ese aspecto práctico que tienen muchas iglesias de la zona. Durante generaciones fue el punto donde se reunía todo el mundo, para fiestas, para noticias o simplemente para verse las caras.
Paseando por el casco del pueblo se entiende rápido cómo se construía aquí. Muros gruesos, ventanas pequeñas, balcones discretos de madera. Muchas casas tuvieron cuadras o pequeños corrales en la parte baja; algunas se han arreglado como segundas viviendas, otras siguen casi igual que hace décadas.
También queda la fuente del pueblo, que recuerda cómo se organizaba antes algo tan básico como el agua. Hoy puede parecer un detalle menor, pero durante mucho tiempo fue uno de los lugares donde coincidían los vecinos cada día.
Alrededor, lo que manda es el monte. Robles, praderas abiertas y caminos que salen del pueblo sin demasiadas indicaciones. En primavera todo se vuelve muy verde; en otoño el paisaje se llena de tonos ocres que encajan bastante con la sensación tranquila del lugar.
La cercanía de la Sierra de la Culebra hace que muchos senderos conecten con otros pueblos de La Carballeda. No son rutas pensadas para batir récords. Son caminos de los de caminar, parar, mirar alrededor y seguir.
Qué hacer por la zona sin complicarse mucho
Aquí el plan es sencillo: andar. Hay pistas forestales y caminos rurales que permiten moverse sin demasiada dificultad, tanto hacia el monte como hacia las praderas que rodean el pueblo.
En otoño aparece otro motivo para venir: las setas. La temporada micológica mueve bastante gente por esta parte de Zamora. Eso sí, conviene informarse antes de ponerse a recoger, porque en muchos montes hay normas y controles.
Quien tenga interés en fauna suele madrugar o salir al atardecer por las carreteras locales. Con algo de paciencia no es raro ver corzos o ciervos en los claros del monte. El lobo está ahí, pero juega en otra liga: verlo ya es cuestión de mucha suerte.
En cuanto a comida, aquí no hay escena gastronómica ni nada parecido. Lo que manda son productos de la zona: embutidos curados, carnes, legumbres bien guisadas. Cocina de casa, de la que entra mejor después de pasar la mañana andando por el campo.
Fiestas y momentos en los que el pueblo cambia de ritmo
Como en muchos pueblos pequeños, el verano es cuando Manzanal de los Infantes vuelve a llenarse. En agosto regresan familias que viven fuera y el ambiente cambia bastante durante unos días. Hay celebraciones, procesiones y comidas compartidas donde se mezcla la gente del pueblo con quienes vuelven cada año.
En invierno queda otra cita tradicional ligada a San Antón, cuando suelen encenderse hogueras y se bendicen los animales. Es una celebración sencilla, muy de pueblo, de las que todavía mantienen ese punto comunitario que en las ciudades ya cuesta ver.
Si te soy sincero, Manzanal de los Infantes no es un sitio al que vengas a “ver muchas cosas”. Es más bien un lugar para entender cómo es esta parte de Zamora: pueblos pequeños, mucho monte alrededor y la sensación de que todo va un poco más despacio. Y a veces, justo eso es lo que apetece.