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sobre Peque
Pequeño municipio rodeado de bosques en la Carballeda; destaca por su tranquilidad y la riqueza micológica de sus montes
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Llegar a Peque implica adentrarse en la red de carreteras locales de La Carballeda, donde las distancias entre pueblos se miden por el tiempo que tarda el ganado en cruzar la calzada. El pueblo se asienta en la vertiente occidental de esta comarca zamorana, un territorio de bosque bajo y economía silvopastoril que durante siglos ha marcado su ritmo. El turismo en Peque, más que una oferta, es una invitación a leer ese paisaje.
Con poco más de un centenar de habitantes, la localidad mantiene la estructura de las aldeas carballedanas: calles estrechas que siguen las curvas de nivel, viviendas de mampostería y patios donde la leña apilada anticipa el invierno.
El pueblo y su origen
Esta zona de Zamora se caracteriza por una ocupación humana dispersa, ligada al aprovechamiento del monte y al ganado. El trazado de Peque es fiel a ese modelo. No hay plaza mayor ni edificios civiles notables. Las casas se agrupan en manzanas compactas, con muros de piedra irregular unida con argamasa, una técnica constructiva común en la comarca.
Los portones de madera maciza y los corredores no respondían a una cuestión estética. Eran elementos funcionales para resguardarse del frío y guardar los aperos de labranza o el carro.
La iglesia de la Trinidad
El edificio principal es la iglesia parroquial, bajo la advocación de la Trinidad. Su fábrica de mampostería data probablemente del siglo XVII, con las reformas habituales en los templos rurales.
Su campanario de piedra se levanta sobre una plazoleta irregular. Su valor no es artístico, sino comunitario. Durante generaciones, este espacio fue el punto de reunión, el lugar desde donde se organizaba el trabajo en los montes comunales y donde partían los caminos hacia los prados.
Arquitectura cotidiana
Peque carece de monumentos singulares. Su interés reside en el conjunto, que conserva rasgos de la arquitectura doméstica zamorana: muros de gran espesor, vanos pequeños y tejados a dos aguas con pronunciada inclinación para evacuar la nieve.
En algunos patios traseros perduran corrales y construcciones auxiliares. También se ven hórreos o estructuras similares, empleadas para almacenar el grano alejado de la humedad y los roedores. Son elementos modestos que explican la economía de autosubsistencia que rigió aquí hasta no hace mucho.
Un paseo por sus calles no lleva más de media hora. La clave está en observar los detalles: los herrajes oxidados, las jambas de granito desgastadas, el modo en que se reaprovecharon las piedras en los cercados.
Bosques y caminos tradicionales
El entorno define a Peque. El pueblo está rodeado por masas de castaño y roble rebollo, intercaladas con prados para el ganado. El paisaje tiene un carácter estacional muy marcado; el otoño tiñe el monte de ocres profundos y cubre el suelo de hojas.
Una red de caminos vecinales, usados antaño por pastores y carros, conecta la localidad con otras aldeas. Hoy son trazas ideales para caminar. No siempre están señalizados, pero su trazado suele ser claro si se consulta con algún vecino.
En estos montes es frecuente encontrar rastros de jabalí o corzo. Al amanecer o al atardecer, no es raro ver el vuelo de rapaces como el ratonero común sobre las laderas despejadas.
Vida cotidiana y fiestas
El ciclo anual del pueblo sigue patrones reconocibles. El verano concentra el regreso de quienes viven fuera y coincide con las fiestas patronales de la Trinidad, con misa y encuentro vecinal en la plaza.
El invierno tiene otro ritmo. La matanza del cerdo, aún practicada en algunas casas adaptándose a la normativa vigente, era un hito del calendario doméstico del que se obtenían embutidos y conservas para los meses fríos.
La base de la cocina local son los productos del territorio: carne de vacuno, legumbres como las alubias, castañas y lo que da la huerta familiar.
Cómo acercarse y recorrerlo
Peque se alcanza únicamente por carreteras comarcales. La señalización es escasa, un rasgo común en esta parte de Zamora donde conviene confirmar el itinerario.
Una vez allí, todo el recorrido es peatonal. El casco urbano es reducido y se puede ver con detenimiento en poco tiempo. Para entender el lugar, lo más revelador es salir por alguno de los caminos que se pierden entre castaños; ahí se comprende la relación secular entre el pueblo y el monte que lo sustenta.