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sobre La Lastrilla
Municipio colindante con Segovia; ofrece vistas espectaculares del Alcázar y la Catedral
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no ha calentado la meseta, las persianas de La Lastrilla se abren con un crujido metálico que se repite por toda la calle Mayor. El turismo en La Lastrilla empieza, si acaso, en ese momento tranquilo en el que el pueblo aún funciona como pueblo y no como extensión de la ciudad que tiene al lado. Desde algunos puntos altos se adivinan los tejados de Segovia, apretados junto a la muralla, y entre medias el verde irregular de la ribera del Eresma.
La Lastrilla ha crecido mucho en las últimas décadas. Aun así, basta alejarse un poco de las calles nuevas para encontrar caminos de tierra, huertas pequeñas y el sonido del río corriendo despacio entre los chopos.
La piedra que duerme en El Sotillo
El granito gris azulado de El Sotillo huele a polvo húmedo cuando llueve. Es un olor áspero, frío, que se queda en el aire incluso cuando deja de caer agua. Durante años esta zona estuvo ligada a la extracción de piedra, y todavía se ven bloques cortados en la ladera: rectángulos enormes, algunos medio cubiertos de hierba, otros con las marcas de las herramientas que los trabajaron.
Caminando entre ellos, la piedra suena hueca bajo los pies. En algunos huecos anidan golondrinas cuando llega el buen tiempo; en otros crece tomillo silvestre que perfuma el sendero al pisarlo. No es un lugar señalizado como tal, así que conviene ir con calma y con calzado cerrado: el terreno es irregular y hay cortes de roca que sobresalen.
El camino que sigue el Eresma
El Camino Natural del Eresma aparece casi sin anunciarse. El asfalto termina, hay una verja o una pista de tierra, y enseguida empiezan los álamos. El ruido de la carretera desaparece en pocos minutos.
En otoño el suelo queda cubierto de hojas secas que crujen como papel. El río baja oscuro y lento, con olor a barro y a vegetación húmeda. Si caminas en dirección a Segovia, la silueta de la ciudad acaba apareciendo entre los troncos: primero las torres, luego las murallas.
Es un paseo sencillo y bastante llano. Mucha gente del pueblo lo usa para caminar o salir en bicicleta al atardecer. Si vienes después de varios días de lluvia, algunos tramos se vuelven blandos y el barro se pega a las suelas.
Las ruinas discretas de Ojalvilla
A cierta distancia del núcleo actual, por caminos de tierra y parcelas abiertas, quedan los restos de Ojalvilla. Hoy son sobre todo montones de piedra y muros bajos que apenas levantan un metro del suelo. Hay que fijarse un poco para entender que allí hubo casas.
En primavera el lugar cambia bastante: el tomillo y el espliego cubren los claros y algunos almendros viejos siguen floreciendo. Entre las ruinas aparece también lo que queda de una pequeña ermita dedicada a San Blas, con parte del arco todavía en pie.
No es un sitio preparado para visitas formales. Más bien es uno de esos lugares a los que llegan ciclistas o gente que pasea con el perro desde La Lastrilla. Precisamente por eso mantiene una sensación de silencio bastante rara tan cerca de Segovia.
Cuando vuelve la gente de la ciudad
La Lastrilla cambia de ritmo a media tarde. A eso de las seis empiezan a entrar coches desde Segovia y las aceras se llenan de mochilas, bicicletas pequeñas y conversaciones rápidas antes de subir a casa.
En la plaza, bajo los árboles, suelen juntarse vecinos mayores a charlar o jugar a las cartas mientras los niños corren alrededor. El olor a pan recién hecho sale de la panadería del pueblo y se mezcla con el aire seco de la meseta cuando cae el sol.
Muchos de los que viven aquí trabajan o estudian en Segovia. El trayecto es corto en coche, aunque a ciertas horas el tráfico se nota. Esa cercanía explica bastante bien el carácter del municipio: no es un pueblo aislado, sino una frontera difusa entre la ciudad y el campo.
Cuando anochece, el silencio vuelve rápido. Desde la zona de El Sotillo se ve Segovia iluminada al fondo, como una mancha de luz sobre la llanura oscura.
Cuándo ir: primavera y principios de otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por la ribera del Eresma. En pleno verano, a última hora de la tarde, el tráfico hacia Segovia puede ralentizar bastante la entrada y salida del pueblo. Si buscas tranquilidad, las primeras horas de la mañana siguen siendo lo mejor.