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sobre Arévalo
Capital de la Moraña y joya del mudéjar; conjunto histórico-artístico donde vivió Isabel la Católica en su infancia
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En el corazón de La Moraña abulense, donde los campos de cereales se extienden hasta el horizonte y dos ríos trazan su encuentro, se alza Arévalo, una villa histórica que parece detenida entre el medievo y la modernidad. Con sus unos 7.800 habitantes y situada en torno a los 820 metros de altitud, esta localidad castellana es uno de los conjuntos mudéjares más interesantes de España, un museo al aire libre donde cada esquina cuenta siglos de historia.
Conocida como "la villa de las torres" por su perfil urbano salpicado de campanarios de ladrillo, Arévalo fue declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1970. Su posición estratégica en la confluencia de los ríos Adaja y Arevalillo la convirtió durante siglos en un enclave codiciado, una plaza fuerte que vio pasar reyes, nobles y ejércitos. Pero más allá de su patrimonio monumental, Arévalo conserva algo más valioso: el alma de una villa castellana que ha sabido preservar su esencia sin renunciar a una vida contemporánea tranquila.
Pasear por sus calles empedradas, cruzar sus plazas porticadas y contemplar sus iglesias mudéjares es la forma más directa de entender cómo se ha vivido aquí durante siglos, con el ladrillo como protagonista y los ríos marcando el ritmo.
Qué ver en Arévalo
El Castillo de Arévalo, fortaleza del siglo XV situada en la confluencia de ambos ríos, es un buen punto de partida para orientarse. Esta construcción de origen medieval, con su torre del homenaje, alberga hoy el Museo de Cereales y fue testigo de episodios históricos importantes, incluida la infancia de Isabel la Católica, quien pasó parte de su juventud en estos muros.
La Plaza de la Villa es el corazón histórico de Arévalo. Esta plaza medieval porticada, de las más antiguas de España [VERIFICAR], sorprende por su trazado irregular y sus soportales de columnas de piedra y madera. Los edificios que la rodean, con sus fachadas encaladas y entramados de madera, crean una estampa muy propia de la meseta castellana. A poco que te fijes verás reformas de distintas épocas, soluciones “de pueblo” y algún que otro detalle que recuerda que aquí la plaza siempre ha sido lugar de mercado y de vida diaria, no solo de postal.
Las iglesias mudéjares son el verdadero tesoro de Arévalo. La Iglesia de San Martín, con su torre de ladrillo de estilo mudéjar, domina una de las plazas más reconocibles de la villa. La Iglesia de Santa María la Mayor, del siglo XII, sobresale por su torre almenada y su interior de tres naves. No menos interesantes son San Miguel Arcángel, San Nicolás de Bari y Santo Domingo de Silos, cada una con su personalidad arquitectónica y su historia. Conviene informarse antes o en la oficina de turismo de qué templos están abiertos, porque no todos tienen el mismo horario ni todos se pueden visitar siempre por dentro.
El conjunto monumental se completa con el Puente Medina, conocido popularmente como "el Ajuarroto", de origen medieval, y las murallas, de las que aún se conservan varios lienzos y antiguas puertas que protegían la villa. Bajando hacia los ríos se entiende bien por qué aquí se levantó una plaza fuerte y cómo el agua ha marcado el trazado del pueblo.
Qué hacer
Arévalo se presta al paseo tranquilo y a ir enlazando plazas, soportales e iglesias sin prisas. Recorrer el casco histórico siguiendo la ruta de las iglesias mudéjares puede ocupar una mañana completa si se entra en templos y se va con calma. Subir a alguna de las torres accesibles permite hacerse una idea de la extensión de la villa y del paisaje abierto de La Moraña.
Los alrededores de Arévalo funcionan bien para rutas de senderismo sencillo o cicloturismo por La Moraña, una comarca de paisajes cerealistas de belleza austera, especialmente al atardecer, cuando el sol tiñe de oro los campos ondulantes. Las riberas del Adaja y el Arevalillo ofrecen paseos más frescos en los días de calor; eso sí, en época de lluvias pueden estar algo embarradas, así que conviene llevar calzado que no te importe manchar.
La gastronomía arevalense merece una parada seria. El cochinillo asado es el plato más conocido, aquí con matices propios de la tradición local. Los tostones, el lechazo y las legumbres de la tierra forman parte de una cocina contundente, pensada para inviernos fríos. Los dulces conventuales, especialmente las almendras garrapiñadas y las populares "patatas de Arévalo" (un dulce a base de mazapán), rematan bien cualquier comida y se llevan sin problema en una caja para el viaje de vuelta.
Visitar el Museo de Cereales en el castillo ayuda a entender la relación histórica de la villa con el cereal, que sigue siendo una actividad económica clave de la comarca. No es un museo espectacular, pero sí curioso si te interesa cómo se ha trabajado la tierra en la meseta y por qué aquí el paisaje es como es.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Arévalo está marcado por celebraciones de arraigo. El Mercado Medieval, que se celebra en agosto, transforma la villa en un escenario del pasado con mercaderes, artesanos, músicos y espectáculos que recrean épocas históricas ligadas a Arévalo. Es uno de los momentos del año en que más se nota el movimiento en las calles.
Las fiestas patronales en honor al Cristo de las Angustias tienen lugar a mediados de septiembre, con procesiones, eventos culturales y actividades populares que reúnen a vecinos de la localidad y de los pueblos cercanos. Son fiestas muy de gente de aquí, con ambiente de peñas, vermú largo y encuentros en la plaza.
La Semana Santa se vive con especial intensidad, con procesiones que recorren las calles históricas y generan imágenes muy potentes entre el ladrillo mudéjar y las plazas porticadas. Si te interesan las tradiciones religiosas castellanas, estos días ayudan a entender otra cara de la villa.
Información práctica
Arévalo se encuentra a unos 55 kilómetros de Ávila capital, con la que está conectada por la carretera N-VI (Madrid-A Coruña). Desde Madrid, se accede fácilmente por la A-6, con un trayecto aproximado de una hora, según tráfico. También cuenta con estación de ferrocarril en la línea Madrid-Medina del Campo, lo que permite plantear una escapada sin coche.
La mejor época para visitar Arévalo suele ser primavera y otoño, cuando las temperaturas son más suaves y los campos de La Moraña cambian de color: verdes y amarillos en primavera, ocres y dorados en otoño. El verano puede ser caluroso, típico del clima continental, pero las noches suelen refrescar. En invierno hace frío de verdad, con heladas frecuentes, pero el pueblo tiene su punto si te cuadra un día despejado.
Se recomienda dedicar al menos una jornada completa para disfrutar con calma del patrimonio de la villa. Arévalo funciona bien tanto como escapada de un día desde Madrid o Ávila, como punto de base para explorar otros municipios de La Moraña y la provincia de Ávila.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
- Paseo rápido por la Plaza de la Villa y su entorno.
- Vista exterior del Castillo y descenso hasta el Puente Medina para entender la posición entre ríos (la cuesta de bajada y subida se nota, calcula el tiempo).
- Un café o un vino bajo los soportales para observar el ritmo diario del pueblo.
Si tienes el día entero
- Ruta completa por el casco histórico y las principales iglesias mudéjares.
- Visita al Castillo y al Museo de Cereales.
- Comida tranquila con cocina local.
- Paseo de tarde por las riberas del Adaja o por alguna pista agrícola cercana para ver el paisaje cerealista.
Lo que no te cuentan
Arévalo no es una ciudad monumental gigantesca: el casco histórico se recorre bien a pie y las distancias son asumibles, pero si se quiere entrar en iglesias, detenerse en detalles y bajar hasta los ríos, el tiempo se va sin darse uno cuenta. Mucha gente calcula “dos horas y ya está” y luego acaba apurando para ver el castillo o la última iglesia abierta.
Las fotos del conjunto mudéjar y de la plaza son fieles, pero hay que tener claro que se viene a un pueblo castellano de interior, con inviernos fríos, veranos secos y mucho horizonte. No es un destino de muchas actividades organizadas, sino de caminar, mirar ladrillo, comer bien y entender un trozo de Castilla. Si lo que se busca es animación continua, tiendas y planes distintos cada hora, conviene ajustar expectativas: aquí el plan va más de ir despacio que de ir sumando cosas en una lista.