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sobre Bernuy-Zapardiel
Pequeña localidad de la Moraña; ofrece un paisaje de campos abiertos y tranquilidad rural
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En el corazón de La Moraña abulense, donde las llanuras cerealistas se extienden hasta perderse en el horizonte, Bernuy-Zapardiel es uno de esos pueblos pequeños donde todo se ve rápido pero el paisaje se queda en la memoria. Este municipio de unos 80 habitantes conserva bastante bien la esencia de la Castilla profunda, la de los campos dorados, el silencio a media tarde y las conversaciones a la puerta de casa. A 855 metros de altitud, es un sitio tranquilo, sin grandes monumentos ni reclamos estridentes, pensado más para respirar campo que para “hacer cosas”.
Bernuy-Zapardiel no es un destino convencional, y ahí está parte de su interés. Aquí el tiempo parece ir a otro ritmo, permitiendo disfrutar de placeres sencillos que la vida urbana nos ha hecho olvidar: un paseo sin prisa, ver cómo cambia el campo según la estación, notar el frío seco en la cara en invierno o la frescura de la noche en verano. Es un lugar para desconectar un poco, para mirar lejos, y para redescubrir el valor de lo pequeño… si entras en ese juego.
La comarca de La Moraña, con su geografía ondulante y sus horizontes amplios, ha sido desde siempre tierra de paso y de trabajo. Bernuy-Zapardiel mantiene viva esa tradición agrícola que ha modelado no solo el paisaje, sino también el carácter de sus habitantes y la arquitectura de sus construcciones, donde la piedra, el adobe y el ladrillo cuentan historias de generaciones.
Qué ver en Bernuy-Zapardiel
El patrimonio de Bernuy-Zapardiel es modesto en dimensiones, y conviene saberlo antes de llegar. La iglesia parroquial preside el núcleo urbano como corresponde a la tradición castellana, ejerciendo de punto de referencia arquitectónico y social del municipio. Su construcción, típica de los templos rurales de La Moraña, refleja la sobriedad característica de estas tierras, donde la funcionalidad se une a una belleza austera, sin grandes alardes ni florituras.
Pasear por sus calles es asomarse a la arquitectura popular castellana. Las casas tradicionales de mampostería, muchas de ellas con elementos originales como portones de madera y corrales interiores, conviven con viviendas más recientes, pero el conjunto sigue recordando cómo era la vida rural hace décadas. Los pajares y construcciones auxiliares añaden notas de color ocre y terroso al paisaje urbano, sobre todo al caer la tarde.
El entorno natural, más que “paisaje de postal”, es un paisaje de trabajo. Los campos de cultivo que rodean el municipio cambian de aspecto según la época del año: verdes intensos en primavera, dorados en verano, pardos tras la siega. Desde lejos puede parecer todo igual, pero quien se fija un poco descubre una biodiversidad interesante, especialmente en lo que respecta a aves esteparias. No es raro avistar avutardas, sisones o aguiluchos en las zonas de cultivo tradicional si se camina en silencio y con algo de paciencia.
Qué hacer
Bernuy-Zapardiel es territorio para el senderismo tranquilo y la observación de la naturaleza sin complicarse la vida. Los caminos rurales que conectan con municipios vecinos ofrecen rutas llanas, sin grandes desniveles, adecuadas para caminatas relajadas o paseos en bicicleta sin necesidad de ser un experto. No hay una red marcada con carteles, así que conviene tirar de mapa, app de rutas o preguntar a la gente del pueblo, que suele saber por dónde se anda mejor según la época.
La Vía Verde del Eresma no está muy lejos, y puede encajar bien si quieres combinar el paso por Bernuy-Zapardiel con una ruta más larga por la zona.
La fotografía de paisaje encuentra aquí un escenario agradecido, especialmente durante los amaneceres y atardeceres, cuando la luz rasante transforma los campos en un juego de sombras y tonos ocres. Los aficionados a la astrofotografía valorarán los cielos despejados y la escasa contaminación lumínica: basta alejarse un poco del casco urbano para notar el cambio.
La gastronomía local, aunque sin establecimientos específicos que mencionar dentro del pueblo, sigue las tradiciones de La Moraña: legumbres de la tierra, carnes de cordero y cerdo, y el pan castellano de los de mojar y que aguanta días. En las localidades cercanas de mayor tamaño se pueden degustar estos productos en un contexto más formal, pero aquí lo que manda es lo casero y lo que se guisa en casa.
Para quienes buscan entender un poco mejor la zona, la ruta por los pueblos de La Moraña permite descubrir iglesias mudéjares, castillos y un patrimonio románico de interés. Arévalo, la capital comarcal, está a pocos kilómetros y sí justifica una visita más larga.
Fiestas y tradiciones
Las celebraciones en Bernuy-Zapardiel mantienen el tono de las fiestas rurales castellanas, donde lo importante es verse las caras y juntarse. Las fiestas patronales, que suelen celebrarse durante el verano, son una buena ocasión para conocer las tradiciones locales, con sus procesiones, verbenas y comidas populares que reúnen a residentes, gente que vuelve al pueblo y algún visitante curioso.
El ciclo festivo también incluye las celebraciones religiosas tradicionales del calendario castellano, momentos en los que la comunidad se reúne manteniendo vivas costumbres heredadas. Estas fechas permiten al visitante acercarse a la vida social del pueblo, siempre que se haga con respeto y entendiendo que estás entrando en algo muy de ellos.
Información práctica
Bernuy-Zapardiel se encuentra a unos 45 kilómetros de Ávila capital, accesible por carreteras comarcales que atraviesan el paisaje morañego. Desde Ávila, la ruta más directa pasa por Arévalo, que se presta a una parada para conocer esta histórica villa amurallada. El acceso en vehículo propio es prácticamente imprescindible, dado el carácter rural del municipio y la limitada oferta de transporte público.
Conviene venir preparado para un turismo rural sencillo: calzado cómodo para caminar por caminos de tierra, prismáticos si interesa la observación de aves, algo de abrigo incluso en noches de verano y, sobre todo, la expectativa adecuada: es un pueblo pequeño en el que se está un rato y se combina con otros lugares cercanos.
Cuándo visitar Bernuy-Zapardiel
La mejor época para visitar la zona suele ser la primavera tardía (mayo-junio), cuando los campos están verdes y las temperaturas son suaves, o principios de otoño (septiembre-octubre), tras la cosecha y con luces muy agradecidas para pasear y hacer fotos. El invierno puede ser riguroso, con heladas frecuentes propias de la altitud y la continentalidad, y una sensación de frío que corta al aire libre. El verano alcanza temperaturas elevadas durante el día, aunque las noches refrescan bastante.
Si hace mal tiempo, el margen de “planes alternativos” en el propio pueblo es limitado, así que en días de lluvia continuada quizá compense más plantearlo como una parada breve dentro de una ruta por la comarca.
Lo que no te cuentan
- El pueblo es pequeño y se ve rápido. Si vas exclusivamente a Bernuy-Zapardiel, calcula una visita corta y combina con otros pueblos de La Moraña o con Arévalo.
- Las distancias engañan: todo es muy llano y parece que está “a un paseíto”, pero los caminos entre fincas se pueden hacer largos si vas sin agua, sin gorra o a pleno sol en verano.
- No hay demasiados servicios: mejor llegar con el depósito del coche razonablemente lleno y algo de comida y agua, sobre todo fuera del verano, cuando hay aún menos movimiento.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
- Paseo tranquilo por el casco urbano y alrededores de la iglesia.
- Salir por alguno de los caminos agrícolas a ver el paisaje de la comarca y, con suerte, alguna ave esteparia.
Si tienes el día entero
- Combinar Bernuy-Zapardiel con otros pueblos de La Moraña (por el mudéjar y las iglesias rurales) y dejar un rato largo para visitar Arévalo.
- Reservar el atardecer para volver a los alrededores del pueblo a hacer fotos o simplemente a ver cómo cae la luz sobre los campos.
Errores típicos
- Llegar pensando que vas a encontrar un “pueblo monumental” y salir decepcionado: aquí el atractivo está más en el conjunto, el paisaje y el ritmo, no en una lista larga de visitas.
- Ir en pleno verano a media tarde sin protección solar ni agua, confiando en “dar una vuelta rápida”: el sol en la llanura castellanoleonesa aprieta más de lo que parece.