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sobre Cabezas del Pozo
Pequeña localidad agrícola; conserva el encanto de los pueblos de adobe y ladrillo de la zona norte
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Hay pueblos que te encuentras casi por accidente. Vas por una carretera secundaria de la provincia de Ávila, miras a un lado, ves un campanario asomando entre los campos y piensas: “voy a entrar un momento”. Así llegué yo a Cabezas del Pozo, uno de esos lugares donde parece que el reloj se mueve a otra velocidad. No hay nada preparado para llamar la atención, y precisamente por eso tiene algo.
Con unos ochenta vecinos censados, Cabezas del Pozo se levanta en plena Moraña, rodeado por esas llanuras de cereal que parecen no acabarse nunca. Si conoces la comarca, ya sabes de qué hablo: horizontes largos, viento que se nota de verdad en invierno y pueblos que aparecen cada varios kilómetros como pequeñas islas de piedra y teja.
Un pueblo pequeño, de los que todavía se entienden
El casco urbano es corto de recorrer. Un puñado de calles, casas de mampostería, algunos muros encalados y portones grandes que recuerdan cuando cada vivienda tenía su corral detrás. Es el tipo de arquitectura que no intenta impresionar a nadie; simplemente está hecha para durar.
Todavía se ven pozos en patios y corrales, algo bastante común en esta zona de Ávila y que explica el propio nombre del pueblo. Muchos siguen ahí, aunque ya no se usen como antes. Paseando con calma vas encontrando también detalles del pasado agrícola: antiguas dependencias para guardar grano, cobertizos o pequeños lagares que algunos vecinos conservan.
La iglesia, el punto alrededor del que gira todo
En pueblos de este tamaño siempre hay un lugar que organiza un poco la vida, y aquí ese papel lo sigue teniendo la iglesia parroquial. Es un edificio sobrio, de piedra, sin grandes adornos. Lo interesante no es tanto el interior como el hecho de que todavía funciona como punto de encuentro cuando hay fiestas o celebraciones.
Sabes cuando entras en una plaza de pueblo y notas que, aunque esté vacía, allí han pasado muchas cosas. Pues algo así ocurre alrededor de la iglesia.
Caminos de campo y horizontes abiertos
Si te gusta caminar sin complicarte demasiado, la gracia de Cabezas del Pozo está fuera del casco urbano. Desde el pueblo salen varias pistas agrícolas que conectan con localidades cercanas de La Moraña. Son caminos llanos, usados por tractores y vecinos, donde puedes andar o ir en bici sin pensar demasiado en el desnivel.
No esperes miradores ni paisajes dramáticos. Aquí lo que hay es espacio. Mucho. En primavera el campo se pone de un verde suave que dura poco; en verano todo se vuelve dorado y el sol cae sin obstáculos.
En estos campos no es raro ver aves esteparias si vas atento. La avutarda y el sisón aparecen en algunas zonas de la comarca, y al atardecer suele verse algún aguilucho moviéndose bajo sobre los cultivos. Con unos prismáticos y paciencia ya tienes plan.
Comer y dormir: mejor venir con la idea clara
Aquí conviene ser directo: Cabezas del Pozo no es un destino gastronómico ni un sitio al que venir pensando en terrazas o restaurantes. Es un pueblo muy pequeño y los servicios son los que son.
Si pasas por la zona, lo normal es moverte por pueblos algo más grandes alrededor. Eso sí, en toda la Moraña se mantiene esa cocina castellana sencilla: legumbres, guisos contundentes, embutido y platos de cuchara que sientan bien cuando sopla el aire frío del llano.
Las fiestas, cuando el pueblo vuelve a llenarse
Durante el verano suele celebrarse la fiesta patronal. Es el momento en que regresan muchos vecinos que viven fuera. La escena se repite en muchos pueblos de Castilla: calles tranquilas casi todo el año que de repente tienen música, gente charlando en corros y niños corriendo por la plaza.
Luego pasa la fiesta y el pueblo vuelve a su ritmo habitual.
¿Merece la pena acercarse?
Te lo digo como se lo diría a un amigo: Cabezas del Pozo no es un sitio al que venir expresamente desde lejos. No tiene un monumento famoso ni un paisaje que salga en los calendarios.
Ahora bien, si estás recorriendo La Moraña o vas camino de otro sitio y te desvías un rato, parar aquí tiene sentido. Das un paseo, ves cómo es uno de esos pueblos pequeños de la meseta y entiendes un poco mejor cómo se vive en esta parte de Ávila.
A veces el viaje también va de eso: de detener el coche, caminar diez minutos y seguir camino con la sensación de haber visto un trocito más del mapa.