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sobre Castellanos de Zapardiel
Pequeña localidad en la ribera del Zapardiel; zona de cultivos y arquitectura tradicional de la llanura
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Hay pueblos que funcionan como un reloj: todo pasa despacio, pero todo sigue en marcha. Castellanos de Zapardiel es un poco así. Llegas y lo primero que notas no es un monumento ni una plaza monumental, sino el silencio del campo alrededor y el ir y venir de maquinaria agrícola por los caminos. En esta parte de La Moraña, en la provincia de Ávila, la vida gira desde hace generaciones alrededor de la tierra.
Castellanos de Zapardiel tiene poco más de un centenar de habitantes y se encuentra a unos 180 kilómetros de Madrid. La cifra de vecinos ya te da una pista del ambiente: aquí todo el mundo se conoce y el ritmo es el que marca la campaña agrícola. No hay museos grandes ni atracciones pensadas para visitantes, pero sí ese tipo de tranquilidad que cuesta encontrar cuando vienes de una ciudad.
La iglesia de San Andrés, el punto donde todo se organiza
En el centro del pueblo está la iglesia parroquial de San Andrés. No es un templo monumental; más bien una de esas iglesias castellanas que han ido cambiando con los siglos según lo que se necesitaba en cada momento. Muros de mampostería, partes de tapial y una portada bastante sobria.
Dar una vuelta alrededor ayuda a entender cómo se organiza el pueblo. La iglesia sigue siendo el punto de referencia para muchas cosas: celebraciones, reuniones y, cuando toca, las fiestas.
Calles de adobe y corrales que aún cuentan cómo se vivía
El caserío mezcla casas antiguas con reformas más recientes. Muchas mantienen el adobe o las paredes encaladas, algo bastante típico en esta zona de La Moraña. También se ven antiguos corrales pegados a las viviendas, algunos todavía en uso y otros reconvertidos en almacenes o garajes.
Pasear por las calles es rápido —esto no es un pueblo grande— pero tiene ese detalle que a mí siempre me gusta: ves cómo se ha adaptado todo a la vida del campo. Cocheras para tractores, patios amplios y portones grandes pensados más para la faena diaria que para la estética.
El paisaje de La Moraña: campos abiertos hasta donde alcanza la vista
Al final, el gran escenario de Castellanos de Zapardiel está fuera del casco urbano. La Moraña es una comarca de horizontes muy abiertos, con campos de cereal que cambian completamente según la época del año.
En primavera el paisaje se vuelve verde casi de golpe. En verano domina el color dorado del trigo y la cebada, con el calor apretando desde primera hora. Y en otoño el terreno se queda más desnudo, con tonos ocres y ese cielo amplio tan típico de la meseta.
Si te gusta caminar, lo normal es salir por cualquiera de los caminos agrícolas que parten del pueblo. Son pistas de tierra usadas por tractores y maquinaria del campo. No están pensadas como rutas señalizadas, pero sirven para recorrer la zona sin complicaciones.
Aves esteparias y mucho silencio
Toda esta llanura abierta también es territorio de aves esteparias. Con algo de paciencia y unos prismáticos se pueden ver avutardas en los campos, además de aguiluchos o distintas alondras. No hay observatorios ni infraestructuras para ello; aquí lo habitual es parar el coche en un camino, bajar y mirar el horizonte.
Y, sobre todo, escuchar. Porque cuando no pasa ningún tractor, el silencio es bastante absoluto.
Un pueblo pequeño, con lo básico
En Castellanos de Zapardiel los servicios son los que caben en un municipio de algo más de cien habitantes. Para compras o más movimiento lo normal es acercarse a localidades cercanas de la comarca.
Aun así, en verano el pueblo cambia bastante. Muchas casas se vuelven a abrir y aparecen más vecinos por las calles. Es fácil ver a la gente sentada a la puerta al caer la tarde, charlando sin prisa mientras baja el calor del día.
Las fiestas patronales suelen celebrarse en septiembre y reúnen a buena parte de quienes tienen raíces aquí aunque vivan fuera. Son días de procesiones, música y encuentros familiares, algo muy habitual en los pueblos de esta zona.
¿Merece la pena acercarse?
Castellanos de Zapardiel no es un lugar al que vengas buscando grandes monumentos. Es más bien uno de esos pueblos que ayudan a entender cómo es la vida en la llanura de La Moraña.
Mi consejo es sencillo: ven si ya estás recorriendo esta parte de Ávila. Aparca, da una vuelta tranquila, sal a caminar un rato por los caminos del cereal y escucha el silencio del campo. A veces el interés de estos sitios está justo en eso.