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sobre Muñogrande
Pequeña localidad agrícola; destaca por su iglesia y la sencillez de su arquitectura
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En el corazón de La Moraña abulense, donde los campos de cereal dibujan un mar dorado que ondula hasta el horizonte, se encuentra Muñogrande, una pequeña aldea que encarna bastante bien la esencia de la España interior más tranquila. Con apenas 76 habitantes y situada a unos 940 metros de altitud, esta localidad encaja con ese tipo de viaje de desconexión de verdad: poco ruido, poca oferta turística y mucho paisaje castellano.
Muñogrande no es un destino de monumentos grandilocuentes ni de infraestructuras turísticas masificadas. Es, más bien, un refugio para quienes aprecian la arquitectura tradicional de piedra y adobe, los atardeceres largos sobre la meseta y el ritmo pausado de la vida rural. Aquí, el “patrimonio” suele ser una conversación con los vecinos, un paseo entre campos donde el trigo se mece con el viento y la contemplación de un cielo nocturno libre de contaminación lumínica.
La comarca de La Moraña, histórica productora de cereales, conserva en pueblos como Muñogrande el testimonio de una forma de vida que se resiste al olvido. Visitar esta aldea se parece más a asomarse al día a día de un pueblo muy pequeño que a hacer turismo de lista y monumento: se ve rápido, pero el entorno engancha si te gusta la Castilla más llana y abierta.
¿Qué ver en Muñogrande?
El principal atractivo de Muñogrande está en su conjunto arquitectónico tradicional. Las casas de adobe, ladrillo y piedra, con sus características chimeneas castellanas, conforman un paisaje urbano que ha cambiado poco en décadas. Pasear por sus calles es como recorrer un muestrario al aire libre de arquitectura popular castellana, a escala muy pequeña y muy doméstica.
La iglesia parroquial, aunque modesta en dimensiones, constituye el núcleo espiritual y social del pueblo. Como ocurre en muchas localidades de La Moraña, estos templos suelen conservar elementos de interés histórico-artístico que se aprecian mejor con una visita sin prisas y con la iglesia abierta, cosa que no siempre coincide con la hora a la que llegas. Aquí manda el horario del cura y de los vecinos, no el del visitante.
Pero quizá el mayor tesoro de Muñogrande sea su entorno. Los campos de cultivo que rodean la localidad ofrecen panorámicas amplias, especialmente durante la primavera, cuando el verde intenso de los cereales en crecimiento contrasta con el azul profundo del cielo castellano, y en verano, cuando las mieses doradas se extienden hasta perderse de vista.
Quien disfrute con la fotografía de paisaje encontrará aquí un escenario agradecido para captar la esencia de la meseta castellana: líneas horizontales, cielos muy abiertos y una luz seca que cambia mucho entre la mañana y el atardecer. Si eres más de móvil que de trípode profesional, también: los cielos aquí salen solos.
Qué hacer
Muñogrande funciona bien como punto de partida para rutas sencillas a pie por La Moraña. Los caminos rurales que conectan la aldea con las localidades vecinas permiten descubrir el paisaje agrario tradicional, observar aves esteparias y caminar sin preocuparse demasiado por las cuestas: el terreno es muy llano, pero conviene tener en cuenta el sol y el viento. En verano, a mediodía, el sol cae a plomo y no hay sombras milagrosas esperando en cada curva.
Para los amantes del cicloturismo, las carreteras secundarias que atraviesan la comarca permiten recorridos poco transitados, adecuados para disfrutar del ciclismo de carretera con calma. La llanura de La Moraña, con sus largas rectas y suaves ondulaciones, invita a rutas de media y larga distancia, siempre que no te importe rodar muchos kilómetros viendo horizonte y cereal. Si buscas puertos y curvas, no es aquí.
La gastronomía es otro de los alicientes, aunque en Muñogrande no vas a ir de bar en bar porque no hay una gran oferta. En esta zona de Ávila, la cocina tradicional se basa en productos de la tierra: legumbres, carnes de caza, cordero asado y embutidos ibéricos. Lo normal es desplazarse a las localidades cercanas para comer fuera; aquí la parte gastronómica se vive más en casas y peñas que en restaurantes.
La observación astronómica es una buena excusa para quedarse hasta la noche. La ausencia de contaminación lumínica convierte a Muñogrande en un pequeño observatorio natural donde contemplar la Vía Láctea con mucha claridad en noches despejadas. Abrigo en verano incluido: las noches refrescan, y más de uno se ha confiado por el calor del día.
Fiestas y tradiciones
Como muchos pueblos de Castilla, Muñogrande mantiene sus celebraciones tradicionales vinculadas al calendario litúrgico y agrícola. Las fiestas patronales suelen celebrarse durante el verano, generalmente en agosto, cuando los emigrantes regresan al pueblo y se organizan actividades que reúnen a vecinos y visitantes.
Estas celebraciones, aunque modestas en número de asistentes, conservan su autenticidad: procesiones, verbenas populares y comidas comunales donde se comparte la gastronomía local. Más que un espectáculo para mirar desde fuera, son días en los que el pueblo recupera vida y se nota quién es de allí y quién vuelve solo por unos días. Si te acercas con respeto y sin prisas, es fácil acabar charlando en la plaza como si llevaras toda la vida viniendo.
Cuándo visitar Muñogrande
La mejor época para visitar Muñogrande suele ser la primavera (abril a junio), cuando los campos están verdes y las temperaturas son suaves, o el inicio del otoño (septiembre-octubre), momento adecuado para disfrutar de una luz muy limpia sobre la meseta. En esas fechas apetece caminar y sacar fotos sin ir derritiéndose.
El verano puede ser caluroso a mediodía, aunque las noches son frescas debido a la altitud y, si vienes a ver estrellas, se agradece. De todos modos, conviene plantear las rutas a primera hora de la mañana o al final de la tarde.
En invierno el ambiente es más duro: frío, viento y días cortos. Si te animas en esa época, el pueblo estará más tranquilo todavía y es fácil que no veas a casi nadie por la calle entre semana. Eso sí, la sensación de meseta amplia y vacía en esos días tiene su punto, siempre que vengas abrigado y sabiendo a lo que vienes.
Información práctica
Muñogrande se encuentra a aproximadamente 30 kilómetros al norte de Ávila capital. El acceso se realiza por carreteras locales desde la N-VI o la A-6, tomando los desvíos hacia la comarca de La Moraña. Aunque el pueblo no cuenta con transporte público regular, el acceso en vehículo particular es sencillo y las carreteras, en general, están en buen estado.
No hay grandes servicios: conviene llegar con el depósito de combustible razonablemente lleno, algo de agua, algo de comida si vas a pasar el día y todo lo que puedas necesitar, porque aquí no hay comercios en cada esquina. Si te falta algo básico, tendrás que tirar de pueblo cercano.
Es recomendable llevar calzado cómodo para caminar por pistas de tierra, gorra y protección solar en épocas de calor, prismáticos si te interesa la observación de aves y algo de abrigo para las tardes-noches, incluso en verano.
Si solo tienes unas horas
- 1–2 horas: paseo tranquilo por el casco, vuelta corta por los caminos que salen del pueblo para ver el paisaje de secano y, si cuadra, acercarte a la iglesia. Es más un “estirar las piernas” que una visita de agenda apretada.
- Medio día: puedes encadenar Muñogrande con otros pueblos de La Moraña, parar a hacer fotos en los campos y quedarte hasta el atardecer, que es cuando la luz de la meseta se pone seria.
Lo que no te cuentan
Muñogrande es pequeño y se ve rápido: el paseo por el pueblo se hace en poco rato. El valor está en el conjunto con la comarca, no solo en la aldea. Piensa más en una parada tranquila, una vuelta por los alrededores y un rato de cielo abierto que en un destino con “muchas cosas que ver”. Aquí el plan es bajar el ritmo o no tiene demasiado sentido venir.
Las fotos de campos verdes o cielos rojos al atardecer son reales, pero dependen mucho de la época del año y del tiempo que haga. Si llegas en pleno verano a las cuatro de la tarde, el paisaje será más duro y plano, y la magia viene al caer el sol, no a cualquier hora.