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sobre Muñomer del Peco
Pueblo de la Moraña con una laguna estacional interesante para aves
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A las siete y media de la mañana, Muñomer del Peco huele a pan tostado y a establo. Algún remolque pasa despacio por la carretera que cruza el pueblo, todavía con las luces encendidas, y las campanas de la iglesia marcan la hora con un sonido seco que se oye en todo el casco urbano. A esa hora apenas hay movimiento: una puerta que se abre, un perro que ladra detrás de una tapia, el ruido metálico de una persiana.
Muñomer del Peco está en plena comarca de La Moraña, una llanura agrícola donde el horizonte es ancho y el cielo pesa más que las casas. Aquí viven algo más de cien personas —alrededor de 113 según los últimos padrones— repartidas en calles cortas y rectas. Las fachadas son sencillas, muchas de piedra o revoco claro, con tejados de teja rojiza que brillan cuando les da el sol bajo de la tarde.
Campos abiertos alrededor del pueblo
Basta caminar unos minutos para salir a los caminos de tierra que rodean Muñomer del Peco. La Moraña es territorio de cereal: trigo y cebada que cambian de color según la estación. En primavera el campo se vuelve verde y el aire trae olor a tierra húmeda después de las tormentas. En verano, cuando el grano madura, el paisaje se vuelve casi dorado y cruje bajo el viento.
Todavía se ven tractores antiguos trabajando las parcelas. No es raro cruzarse con cigüeñas caminando entre los surcos recién arados, buscando insectos. Muchas anidan en los campanarios de los pueblos de la zona, y su golpeteo con el pico se oye desde lejos.
Los caminos que salen hacia el campo son llanos y fáciles de seguir. A primera hora o al atardecer se camina bien incluso en verano, cuando el sol de la Moraña cae sin demasiada sombra alrededor.
La iglesia y el pequeño centro del pueblo
La iglesia de San Juan Bautista ocupa uno de los puntos más visibles del casco urbano. Su torre se ve desde los campos cercanos y sirve un poco de referencia cuando vuelves caminando. La puerta suele estar abierta durante el día, algo habitual en muchos pueblos de la provincia.
Dentro hay ese olor mezcla de cera, polvo y madera envejecida que aparece en las iglesias rurales. La nave es sencilla. Algunas partes muestran el paso del tiempo en la pintura y en los bancos, pero el espacio sigue siendo el lugar donde se reúnen los vecinos en las celebraciones importantes del año.
Cerca está la pequeña plaza, un espacio tranquilo donde a veces se sientan los vecinos a hablar cuando cae la tarde. No hay grandes monumentos ni tráfico constante; lo que domina es el silencio interrumpido por alguna conversación o el sonido de un coche que atraviesa el pueblo.
El invierno largo de La Moraña
El invierno aquí se nota. El viento atraviesa la llanura sin muchos obstáculos y las calles quedan casi vacías durante buena parte del día. Algunas casas solo se abren los fines de semana o en verano, cuando regresan familias que mantienen vínculo con el pueblo.
En mayo y junio el ambiente cambia. Los días se alargan y el campo está en su momento más vivo. Es una buena época para caminar por los alrededores o simplemente sentarse en la plaza cuando baja el sol.
En agosto suele haber más movimiento por el regreso de vecinos que viven fuera, aunque también es cuando el calor aprieta más al mediodía. Si se busca tranquilidad para recorrer los caminos o parar a hacer fotos del paisaje, es mejor venir en primavera o a principios de otoño.
Comer y moverse por el pueblo
Muñomer del Peco es pequeño y conviene venir con esa idea clara. No siempre hay servicios abiertos todos los días, así que lo práctico es llegar habiendo comido o con algo previsto en otro pueblo cercano de la comarca.
Aun así, cuando el pueblo se llena en fiestas o reuniones familiares, las cocinas vuelven a oler a platos muy de la zona: patatas revolconas, embutidos de matanza, tortillas hechas en sartén grande. Son comidas sencillas, de las que se comparten en mesas largas.
Para aparcar no hay complicación. Se puede dejar el coche en cualquiera de las calles anchas de la entrada o cerca de la plaza. El pueblo se recorre caminando en pocos minutos, y desde el borde mismo de las últimas casas ya empiezan los caminos de tierra que se pierden entre los campos de cereal.