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sobre Riocabado
Municipio de la llanura; iglesia parroquial y entorno tranquilo de cultivos
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A primera hora, cuando el sol todavía llega bajo desde el este, el turismo en Riocabado empieza casi sin darse cuenta. Un tractor cruza despacio la calle principal y deja detrás ese olor mezcla de gasóleo y tierra removida que en los pueblos de La Moraña forma parte del paisaje. Las casas, muchas de piedra y adobe, guardan portones de madera con la superficie gastada por décadas de uso. En la pequeña plaza se levanta la iglesia de la Natividad, con torre cuadrada y campanas que siguen marcando las horas del día.
Dentro no hay grandes sorpresas ni restauraciones espectaculares: una pila bautismal de piedra bastante sobria y un retablo sencillo que probablemente se ha ido reparando con el tiempo. La iglesia suele situarse en origen, según cuentan en el pueblo, en torno al siglo XVI, aunque como ocurre en muchas iglesias de la Moraña ha tenido añadidos y arreglos posteriores.
El horizonte abierto de La Moraña
Riocabado se asienta en pleno altiplano morañego, en un terreno que ronda los 800 o 900 metros de altura. Aquí el paisaje no se impone por montañas ni bosques cerrados, sino por lo contrario: un horizonte amplísimo donde los campos cambian de color según la estación.
En primavera dominan los verdes húmedos de las sembradas. A mediados de verano todo vira hacia el dorado del cereal maduro, y cuando cae la tarde el sol rebota en las espigas secas con una luz muy baja, casi naranja. En otoño el terreno se vuelve más ocre y el viento levanta un polvo fino que se queda suspendido unos segundos sobre los caminos.
Es un paisaje que conviene mirar con calma. Si llegas con prisa, parece siempre igual; si te quedas un rato, empiezas a notar matices.
Corrales, pozos y caminos sin señalizar
Desde la plaza sale un camino de tierra que se dirige hacia un pequeño conjunto de construcciones conocido por los vecinos como La Fuente y Los Corrales. Allí todavía se ven corrales tradicionales: muros de piedra, portillas bajas de madera y restos de cercados donde antiguamente se guardaba el ganado.
Aparecen también algunos pozos antiguos y patios abiertos que ayudan a entender cómo funcionaba la economía del pueblo, muy ligada durante siglos a la agricultura y a la ganadería.
Las calles de Riocabado son cortas y algo irregulares. No hay señalización turística ni recorridos marcados. Lo normal es caminar sin rumbo fijo: doblar una esquina, encontrar una fachada con rejas de hierro envejecidas, un carro viejo apoyado en una pared o un portalón que deja ver un patio interior.
Detalles en las casas y en la iglesia
El patrimonio aquí no se mide por cantidad sino por pequeños detalles. La torre de la iglesia, por ejemplo, muestra señales claras de haber sido reforzada en distintos momentos. En uno de los muros se distingue una inscripción que recuerda una reparación del siglo XIX.
Alrededor, las viviendas mantienen en muchos casos la estructura tradicional: fachadas lisas, tejados de teja árabe y ventanas pequeñas con rejas. Algunas casas se han rehabilitado con bastante respeto por lo que había antes; otras dejan ver capas de obra más recientes, con ladrillo o cemento asomando entre los muros antiguos.
Pasear por los caminos agrícolas
Fuera del casco urbano todo vuelve al campo abierto. Los caminos rurales salen del pueblo en varias direcciones y atraviesan parcelas de cereal, algunas plantaciones dispersas de olivos y huertas donde se cultivan patatas o verduras según la temporada.
No hay rutas señalizadas. Los caminos se reconocen por el paso de los tractores y por los mojones que separan las fincas. Si vas a caminar un buen rato, conviene llevar agua y algún mapa en el móvil, porque en este tipo de llanura es fácil desorientarse cuando todos los campos parecen iguales.
A primera hora del día, sobre todo en primavera y otoño, se ven con frecuencia aves rapaces planeando muy bajo sobre los cultivos. También es terreno donde a veces aparecen avutardas en grupos pequeños, aunque para verlas hace falta distancia y bastante paciencia.
Un buen punto desde el que moverse por la zona
Riocabado es un pueblo pequeño —apenas supera el centenar de habitantes— y la vida aquí es tranquila incluso en verano. No hay una oferta turística como tal, así que mucha gente lo utiliza más bien como parada breve o como punto desde el que recorrer la comarca.
A poca distancia está Arévalo, que concentra buena parte del patrimonio histórico de la zona. También hay otros pueblos de la Moraña donde aparecen iglesias mudéjares, casas tradicionales y plazas amplias muy ligadas al pasado agrícola de la comarca.
Si vienes, un consejo sencillo: evita las horas centrales de los días de verano. En esta llanura el sol cae sin sombra posible, y el pueblo se disfruta mucho más temprano por la mañana o cuando la tarde empieza a enfriar y los campos recuperan algo de color.