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sobre San Esteban de Zapardiel
Localidad en la ribera del Zapardiel; zona de regadío y cereal
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A primera hora, cuando el sol todavía está bajo, la plaza de San Esteban de Zapardiel tiene un silencio muy limpio. Se oyen las alondras antes que cualquier coche, y el aire arrastra ese olor ligeramente húmedo que dejan las noches en la llanura de La Moraña. Alrededor, los campos de cereal dibujan un horizonte muy abierto: en primavera verdes y suaves; a mediados de verano, dorados y secos, con el viento moviendo las espigas como una superficie de agua.
San Esteban es un núcleo pequeño, de los que no cambian demasiado de un año para otro. Las casas siguen mirando a la calle con fachadas de adobe, ladrillo o cal, y muchas conservan puertas de madera oscurecida por el tiempo. No hay grandes monumentos ni calles pensadas para el paseo turístico; lo que hay es un ritmo lento y un paisaje agrícola que marca la vida del lugar.
La iglesia en el centro del pueblo
En la plaza se levanta la iglesia parroquial dedicada a San Esteban. Sus muros de ladrillo dejan ver rasgos del mudéjar que se extendió por buena parte de esta zona de Castilla. Desde fuera se aprecia bien la mezcla de materiales —ladrillo, madera, revocos claros— que durante siglos se utilizó aquí para soportar inviernos fríos y veranos muy secos.
Lo habitual es encontrarla cerrada cuando no hay oficios, algo bastante común en pueblos pequeños. Aun así, merece la pena acercarse y rodearla con calma: el contraste del ladrillo rojizo con el cielo muy abierto de la Moraña tiene algo muy propio de esta comarca.
Calles cortas y casas de adobe
Las calles no son muchas y se recorren despacio, casi sin darse cuenta. Algunas mantienen tramos empedrados y pequeños desniveles que se notan bajo los zapatos. A ambos lados aparecen viviendas de adobe y tapial, muchas con patios interiores que en otro tiempo se usaban para guardar aperos o animales.
Si caminas sin prisa se ven detalles que cuentan bastante del lugar: portones anchos pensados para carros, muros con reparaciones de distintas épocas, y corralillos donde todavía quedan gallineros o cobertizos. No es un pueblo para hacer fotos rápidas y marcharse; funciona mejor cuando uno se detiene un rato en cada esquina.
Caminos abiertos por La Moraña
Al salir del casco urbano empiezan enseguida los caminos agrícolas. La Moraña es una llanura amplia, con muy pocos obstáculos visuales, así que el paisaje cambia sobre todo con la estación y la luz del día.
En primavera el verde llega muy lejos y el aire suele moverse con suavidad. En otoño, en cambio, los campos quedan más desnudos y el atardecer tiñe todo de ocres. Si levantas la vista con frecuencia es fácil ver rapaces planeando: cernícalos, milanos y otras aves que aprovechan las corrientes sobre los cultivos.
Los caminos suelen ser llanos y fáciles de seguir, aunque no hay señalización pensada para rutas turísticas. Conviene llevar el recorrido claro en el móvil o en un mapa, sobre todo si decides alejarte del pueblo más de lo previsto.
Algo que conviene saber antes de ir
San Esteban de Zapardiel es tranquilo incluso para los estándares de la comarca. No siempre encontrarás servicios abiertos a diario, así que lo más sensato es llegar con agua, algo de comida o el plan del día ya pensado.
La zona es conocida desde hace tiempo por las legumbres secas —alubias y garbanzos— y por la tradición ganadera ligada al cordero. En los pueblos de alrededor todavía se mantienen elaboraciones caseras de embutidos y quesos de oveja, muy ligadas a la economía rural de la Moraña.
Cuándo se mueve más el pueblo
Durante buena parte del año el ambiente es muy calmado. En verano, cuando llegan familiares y antiguos vecinos, el pueblo recupera algo más de movimiento y se celebran las fiestas dedicadas a San Esteban, con actos religiosos y reuniones vecinales que suelen concentrar a buena parte de la gente del lugar.
Si buscas ver el pueblo con más vida, esos días son los más animados. Si prefieres caminar por las calles casi en silencio, cualquier mañana de otoño o invierno muestra otra cara del lugar: más quieta, más cercana al ritmo real del campo.
San Esteban de Zapardiel no intenta llamar la atención. Es, más bien, uno de esos pueblos de la llanura abulense donde lo interesante está en lo pequeño: el viento en los trigales, el sonido de una puerta antigua al abrirse, la luz del atardecer cayendo sobre los muros claros de las casas. Cosas sencillas que aquí siguen ocurriendo cada día.