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sobre San Juan de la Encinilla
Pequeña localidad agrícola; iglesia mudéjar y campos de cereal
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A media mañana, cuando el viento empieza a moverse sobre la llanura, San Juan de la Encinilla suena a lo que suena casi toda La Moraña: ráfagas secas entre los cables, alguna puerta golpeando despacio y el roce de las espigas cuando aún quedan campos sin segar. La luz cae de lleno sobre los muros de adobe y piedra, que toman ese tono entre ocre y polvo tan común en los pueblos de esta parte de Ávila. No pasa gran cosa, y justamente de eso va el lugar: casas bajas, calles cortas y el horizonte abierto por los cuatro costados.
El municipio ronda los 70 habitantes y se asienta en plena llanura morañega, a algo más de 900 metros de altitud. Aquí el paisaje manda. Los cultivos de cereal ocupan casi todo el terreno y van cambiando de color según la estación: verde tierno en primavera, dorado cuando llega junio, rastrojos claros durante buena parte del verano. En invierno el campo se vuelve más áspero, con tonos pardos y un cielo que parece más grande de lo habitual.
No es un pueblo de monumentos ni de itinerarios señalizados. La vida sigue girando alrededor del campo, aunque muchas casas hoy se abren solo en fines de semana o vacaciones.
La iglesia y las casas de adobe
La referencia más clara del casco urbano es la iglesia parroquial de San Juan Bautista. Se levanta con la misma lógica constructiva que muchos templos de la comarca: mampostería, algo de sillarejo y una espadaña sencilla recortándose contra el cielo. Nada grandilocuente. Cumple su función de punto de reunión y de referencia visual cuando te acercas por la carretera.
Alrededor aparecen las casas tradicionales de adobe, algunas bien conservadas y otras con ese desgaste que deja la humedad cuando pasan los años sin mantenimiento continuo. Muchas mantienen los portones grandes de madera y antiguos corrales en la parte trasera, recuerdo de cuando cada vivienda tenía animales, aperos y almacén para el grano.
Si caminas despacio por las calles se ven detalles pequeños: rejas de hierro algo torcidas, marcas en los muros donde apoyaban carros o herramientas, patios interiores que apenas se adivinan desde fuera.
La llanura de La Moraña alrededor
El verdadero paisaje de San Juan de la Encinilla empieza cuando sales del pueblo. Los caminos agrícolas se abren en todas direcciones entre parcelas enormes, muy llanas, donde el horizonte apenas encuentra obstáculos. A primera hora de la mañana es fácil ver cernícalos suspendidos sobre el campo o escuchar perdices escondidas entre los rastrojos. En algunos inviernos también aparecen bandos de aves esteparias que utilizan estas llanuras abiertas.
Son trayectos sin dificultad técnica: pistas de tierra compacta donde se puede caminar o pedalear con tranquilidad cuando el suelo está seco. Tras varios días de lluvia, eso sí, el barro arcilloso de la zona puede volverse bastante pegajoso y conviene pensarlo dos veces antes de meterse por algunos caminos.
Las carreteras locales que enlazan con otros pueblos de La Moraña también sirven para recorrer la zona despacio en bicicleta o en coche. El tráfico suele ser escaso y el paisaje cambia muy poco, lo que ayuda a entender la escala real de esta comarca: kilómetros de cultivo y, de vez en cuando, un campanario sobresaliendo a lo lejos.
Comer y organizar la visita
En un municipio tan pequeño no siempre hay servicios abiertos de forma regular. Si la idea es pasar el día por la zona conviene venir con algo previsto, o contar con desplazarse a localidades mayores de alrededor.
La cocina tradicional de la comarca gira en torno a lo que da la despensa rural: legumbres secas, platos de cuchara cuando aprieta el frío y carne de cordero asada en horno de leña en muchos pueblos de la provincia. Son comidas contundentes, pensadas para jornadas largas de trabajo en el campo.
Las noches y las fiestas del pueblo
Cuando cae la noche la oscuridad es casi total. Apenas hay iluminación fuera del casco urbano y, si te alejas unos minutos por cualquier camino, el cielo aparece limpio, con las constelaciones muy definidas en noches despejadas.
La cita más señalada del calendario suele llegar cerca de San Juan, a finales de junio. En esos días el pueblo recupera algo de movimiento: vecinos que regresan, conversaciones largas en la plaza y alguna hoguera que recuerda celebraciones antiguas ligadas al solsticio y al inicio del verano.
El resto del año San Juan de la Encinilla vuelve a su ritmo habitual: viento sobre los campos, tractores entrando y saliendo según la temporada y una calma que aquí no es pose turística, sino simplemente la forma en que siempre han funcionado las cosas.