Artículo completo
sobre Sigeres
Pequeño municipio agrícola; conserva una iglesia interesante y arquitectura tradicional
Ocultar artículo Leer artículo completo
A mediodía, cuando el sol cae recto sobre la llanura, la iglesia de San Pedro queda casi blanca por la luz. Dentro, el aire es más fresco. La piedra guarda el frío de la noche y huele ligeramente a polvo antiguo. Sigeres, en plena Moraña, suele estar en silencio a esa hora. A lo lejos se oye algún tractor y, si hay suerte, el silbido breve de un jilguero.
Este pequeño municipio de La Moraña, en Castilla y León, ronda los 41 habitantes. Está a unos 960 metros de altitud, rodeado de cereal de secano. Trigo, cebada y parcelas largas que llegan hasta un horizonte muy limpio. Muchas casas conservan la lógica con la que se construía aquí: muros gruesos, pocas ventanas y portones anchos que daban paso a corrales o almacenes. No hay restauraciones vistosas. Se ve, más bien, cómo el pueblo se ha ido ajustando al clima y al trabajo del campo.
Caminar por Sigeres lleva poco tiempo. En diez minutos se atraviesa de un extremo a otro. La torre cuadrada de la iglesia sirve de referencia constante; asoma por encima de los tejados bajos y orienta cuando uno gira por las calles. La puerta del templo suele abrirse en momentos concretos del año o durante celebraciones. Cuando coincide, el interior es sencillo: bancos de madera, paredes claras y algunas imágenes antiguas.
Detrás de la iglesia sale una calle que se bifurca en otras más estrechas. Algunas viviendas están habitadas todo el año; otras pasan largos periodos cerradas. Los portones de hierro y los corrales siguen ahí, aunque ya no siempre haya ganado dentro.
El paisaje de cereal que rodea el pueblo
En Sigeres el paisaje no es decorado. Es lo que sostiene el pueblo. La llanura de La Moraña cambia bastante según el mes. En abril el cereal está bajo y verde, y el viento deja ondas visibles sobre las parcelas. A finales de primavera aparecen amapolas dispersas. En verano todo se vuelve dorado y el calor levanta un olor seco, casi a paja caliente.
Desde cualquier camino agrícola se ve lejos. Apenas hay obstáculos: alguna encina aislada, un grupo de almendros o pequeñas lomas suaves. En días nublados el cielo ocupa media escena.
Caminos sencillos para andar despacio
Alrededor del pueblo salen varios caminos de tierra usados por agricultores. No tienen grandes pendientes. Sirven para caminar sin prisa entre parcelas y lindes. A veces aparecen restos de antiguos huertos o construcciones agrícolas pequeñas, hoy medio abandonadas.
La mejor hora suele ser temprano por la mañana o al final de la tarde. La luz llega más baja y el campo tiene más movimiento: aves pequeñas entre los surcos, algún milano sobrevolando despacio.
Aves esteparias en los campos de La Moraña
Los cultivos abiertos de esta comarca siguen siendo territorio de aves esteparias. Con algo de paciencia pueden verse avutardas o sisones a cierta distancia, sobre todo en primavera, cuando el cereal aún no ha crecido del todo.
Conviene caminar por los caminos y evitar entrar en las parcelas. Unos prismáticos ayudan mucho; muchas veces las aves están ahí delante y pasan desapercibidas entre el cereal.
La noche en un pueblo pequeño
Cuando anochece, el pueblo queda muy oscuro. Apenas hay luz artificial y el cielo aparece con bastante claridad, sobre todo en invierno. Si uno se aleja un poco por los caminos, la Vía Láctea suele distinguirse bien en noches despejadas.
En los meses fríos el suelo puede helarse. Si se sale a caminar de noche, una linterna viene bien para no tropezar en los tramos de tierra.
Comer y parar por la zona
En Sigeres no hay apenas servicios para visitantes, así que conviene organizar la parada pensando en los pueblos cercanos. En esta parte de Ávila son habituales los asados, las legumbres de cocción lenta y platos contundentes de invierno. Los vinos blancos de la zona de Rueda aparecen a menudo en las mesas de la comarca.
Fiestas y regreso de los que se fueron
Las celebraciones principales suelen concentrarse en verano, cuando vuelven vecinos que ahora viven fuera. Durante esos días el pueblo cambia un poco: más coches aparcados, puertas abiertas, conversaciones largas al caer la tarde.
El resto del año Sigeres mantiene otro ritmo. Muy tranquilo. Aquí el interés no está en monumentos ni en actividades organizadas. Está en observar cómo funciona todavía un pequeño pueblo de la Moraña: el viento moviendo el cereal, una puerta que se abre a media mañana, el sonido metálico de una herramienta en un corral. Cosas pequeñas que, en lugares así, todavía marcan el día.