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sobre Pola de Gordón (La)
Capital del municipio en el valle del Bernesga; reserva de la biosfera con hayedos espectaculares como el de Ciñera
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Llegué a La Pola de Gordón en tren, que ya es raro en esta España nuestra donde casi todo el mundo se mueve en coche. El vagón olía a café de máquina y a mochila mojada, y cuando bajé en la estación pensé: “Vaya, esto es de esos pueblos donde el GPS parece quedarse pensativo”. A más de mil metros de altura, con la niebla pegada a las montañas y el Bernesga pasando por abajo como quien no quiere la cosa.
El pueblo que no se anda con tonterías
La Pola no es de esos sitios que te reciben con un cartel prometiendo paraísos. Aquí lo que te encuentras es una plaza mayor bastante normal, con el ayuntamiento reconstruido después de un incendio de hace años y un ambiente muy de vida diaria: gente que sale a por el pan, perros que tiran de la correa, conversaciones sobre el tiempo como si fuese el tema del día. Y eso me gusta. No hay postureo.
La iglesia de San Pedro está ahí plantada, con su torre de ladrillo mirando la plaza. No es la catedral de León, claro, pero tiene ese aire de edificio que ha visto pasar siglos de cambios: la época en que el puerto de Pajares era paso obligado entre la Meseta y Asturias, o los años en que la minería marcaba el ritmo de la zona.
Cuando el estómago manda
Ahora hablemos de lo importante: la comida. Porque en La Pola no aparecen esas raciones diminutas que parecen diseñadas para una foto. Aquí el cocido leonés llega con su compango —chorizo, morcilla, panceta y tocino— y el plato pesa como si lo hubieran pensado para después de una mañana en el monte.
La morcilla es bastante protagonista en muchas mesas de la zona, más intensa y oscura que otras que se ven por Castilla. Y luego están las mantecadas, esas magdalenas bajitas que suelen vender en cajas de cartón. Parecen una cosa sencilla, casi de merienda de colegio, pero empiezas con una y cuando te das cuenta ya han desaparecido varias. Algo así como las patatas de tubo… pero versión abuela.
El Faedo de Ciñera, a un paseo del pueblo
Pero lo mejor de La Pola de Gordón no está exactamente en el casco urbano, sino alrededor. El Faedo de Ciñera, a pocos kilómetros, es uno de esos hayedos que cambian mucho según la época del año. En otoño el suelo parece una alfombra de hojas y el bosque se queda en silencio, de ese que te obliga a bajar la voz sin darte cuenta.
Hay un sendero bastante conocido que entra en el valle y permite recorrer el hayedo sin demasiada complicación. No hace falta ser montañero experto: es más bien una caminata tranquila. Eso sí, si ha llovido conviene llevar calzado decente, porque el suelo se vuelve traicionero y puedes acabar patinando como en una pista de hielo improvisada.
Entre las hayas hay algunos ejemplares muy viejos, árboles enormes que llevan ahí generaciones enteras. Es de esos lugares donde te paras un momento y te das cuenta de lo pequeño que es todo lo demás.
La estación que sigue viva
La estación de tren también tiene su punto. En un país donde muchas líneas se han ido quedando sin servicio, aquí siguen pasando trenes que conectan León con Asturias atravesando la montaña.
No es una estación grande ni especialmente llamativa, pero tiene ese aire de infraestructura que sigue cumpliendo su función sin hacer ruido. Algunos fines de semana se ve bajar a gente con mochilas, bicicletas o bastones de senderismo que vienen a moverse por los montes de alrededor, donde hay bastantes rutas y pistas forestales.
Consejo de amigo
¿Cuándo ir? Si te gustan los pueblos con ambiente, en verano suele haber más movimiento y fiestas locales. En otras épocas el ritmo baja bastante y todo se vuelve más tranquilo, que también tiene su gracia.
Yo acabé durmiendo en uno de esos alojamientos sencillos que huelen a detergente de limón y a sábanas recién planchadas. Por la mañana, café caliente, pan y conversación en la barra. Nada sofisticado, pero muy de aquí.
¿Merece la pena acercarse a La Pola de Gordón? Sí, pero sabiendo a lo que vas. No es un sitio de monumentos espectaculares ni de calles que salen en postales. Es más bien ese tipo de lugar donde pasas unas horas, comes bien, das una vuelta por el monte y vuelves a casa con barro en las botas y la cabeza bastante más despejada. Y oye, algunos domingos es justo lo que hace falta.