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sobre La Rinconada de la Sierra
Pueblo en la ladera de la Quilama; leyenda de la Cueva de la Mora
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La Rinconada de la Sierra se asienta por encima de los mil metros, en la vertiente norte de la sierra que le da nombre. Pertenece a esa red de pueblos pequeños de Salamanca cuyo caserío, compacto y de piedra, parece una respuesta directa a la geografía. Con menos de cien habitantes, su estructura es la de un núcleo que creció donde pudo: apiñado en la ladera, con calles cortas que salvan el desnivel y una plaza que durante siglos funcionó como centro de todo.
Se llega por una carretera que serpentea entre robles y castaños. El paisaje cambia con las estaciones, pero la constante es esa mezcla de bosque y praderas donde la actividad humana —ganado, huertos— se nota sin llegar a dominar el territorio.
La plaza y la iglesia: el centro histórico
El pueblo se organiza en torno a la plaza Mayor. Allí está la iglesia de San Miguel, cuya fábrica de piedra sugiere un origen en el siglo XVI, aunque con reformas posteriores bastante evidentes. No es un edificio especialmente notable; lo interesante está en su escala y en su función. El pequeño campanario de madera, aún presente en varias iglesias de la comarca, delata una construcción adaptada a los recursos locales.
En el interior se conserva un retablo barroco. Más allá del valor artístico, el templo sirve para entender la dimensión social del lugar: punto de reunión, referencia visual y, antaño, centro de la vida comunal.
Las calles aledañas mantienen un trazado irregular, con las casas pegadas unas a otras. Se ven corredores de madera, balcones corridos y restos de lo que fueron dependencias agrarias: corrales, pajares, cobertizos adosados a las viviendas. Son huellas de una economía que dependía del huerto, el ganado y el monte.
El monte y los caminos
La Rinconada está rodeada por bosques de roble y castaño, interrumpidos por praderas de pasto. Aún es habitual encontrar rebaños de ovejas o cabras en los alrededores. Desde las partes altas del pueblo se divisa la silueta de la Peña de Francia, una referencia constante en todo este sector de la sierra.
Por los alrededores sobreviven caminos tradicionales que comunicaban con otros núcleos. Algunos se usan hoy como senderos, aunque la señalización puede ser irregular. Atraviesan castañares, praderas y tramos de monte bajo, y coinciden a menudo con las rutas que se empleaban para llevar el ganado a los pastos o acceder a las parcelas más alejadas.
En otoño, estos montes se recorren para buscar castañas o setas. Conviene recordar que buena parte del terreno es privado o comunal, y que la recolección suele regirse por normas locales no escritas.
Cocina y ciclo anual
La despensa aquí ha dependido siempre del campo. El cerdo, transformado en embutidos y curados, era la base para pasar el invierno. Platos como las patatas meneás forman parte de una cocina sencilla y de aprovechamiento. En temporada, entran las setas del monte —níscalos o boletus— que se añaden a guisos o se secan para guardar.
Existe también el llamado limón serrano, una preparación a base de cítricos, vino o aguardiente y especias, que suele aparecer en celebraciones familiares.
Las fiestas patronales de San Miguel tienen lugar a finales de septiembre. Son días en los que regresan vecinos que viven fuera y el pueblo recupera cierta animación, con verbenas y comidas en la plaza. Otra tradición compartida con otros pueblos de la comarca es la romería a la Peña de Francia, que mantiene el vínculo histórico con la montaña.
Hasta no hace tanto, el invierno estaba marcado por la matanza del cerdo. Hoy ha perdido peso económico, pero en algunas casas se mantiene como un rito de trabajo colectivo y reunión familiar.
Cómo moverse por el pueblo
La Rinconada se recorre en poco tiempo. Lo más sensato es dejar el vehículo en la entrada y caminar: las calles son estrechas y con cuesta. Si te interesa la arquitectura popular, fíjate en los entramados de madera de las fachadas más antiguas y en cómo las construcciones se adaptan al desnivel del terreno.