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sobre Castrocalbón
Municipio al sur de la provincia con rica historia arqueológica; destaca por su museo y entorno fluvial
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Castrocalbón es como ese primo que solo ves en bodas y que resulta ser el más interesante de la familia. Te hablan de él de pasada —“hay un pueblo por La Valdería con un castillo y unas alubias famosas”— y piensas que será otra parada más del mapa. Pero el turismo en Castrocalbón funciona un poco así: llegas sin expectativas y acabas mirando alrededor con cara de “¿y esto cómo no lo conocía?”.
Nosotros caímos aquí casi por accidente. Estábamos en La Bañeza buscando un sitio donde comer algo que no fuera el típico menú rápido y alguien nos dijo: “acercaos a Castrocalbón, está a un rato en coche”. Un rato en estas carreteras de Castilla y León significa rectas largas, campos a ambos lados y la sensación de que el coche podría seguir solo sin tocar el volante.
Cuando llegas entiendes rápido el tamaño del sitio: no llega al millar de vecinos y todo gira alrededor del valle del Eria.
Un castillo que vigila el valle
Lo primero que llama la atención es el castillo, porque sobresale por encima del caserío. No es una fortaleza de postal restaurada al milímetro. Es más bien un conjunto de muros antiguos que han ido aguantando siglos de viento, lluvia y arreglos a medias.
El arco apuntado que mencionan muchas guías sí se reconoce bien cuando estás delante. Y el paredón principal tiene ese aspecto de piedra gastada que solo dan muchos inviernos encima.
La historia del lugar aparece en documentos medievales bastante antiguos —de cuando la frontera entre reinos se movía más que ahora— y el pueblo pasó por manos de distintos señores. Como en buena parte de esta zona de León, hubo guerras, cambios de poder y épocas complicadas. Aun así el asentamiento siguió ahí, mirando al valle como quien lleva siglos acostumbrado a que las cosas cambien alrededor.
Las alubias de la zona
Si preguntas por Castrocalbón en la provincia, casi siempre alguien acaba hablando de alubias. Aquí se cultiva una variedad local bastante conocida en la comarca.
No esperes experimentos modernos ni platos de diseño. Las alubias se cocinan como se han cocinado siempre por aquí: guiso largo, embutido, paciencia y una mesa con pan al lado. También hay gente que viene a comprar la semilla para plantarla en su huerto, algo bastante típico en la zona.
Nosotros llegamos un martes a media tarde, que es una de esas horas en las que los bares de los pueblos están tranquilos. Preguntamos por un cocido y la respuesta fue bastante clara: esos platos suelen aparecer más en fines de semana o en días señalados. Al final cayó un bocadillo de chorizo que, dicho sea de paso, estaba muy bien.
A veces viajar por pueblos es aceptar lo que hay ese día, no lo que habías imaginado.
La ermita y las historias del túnel
Junto al castillo está la ermita de la Virgen del Castro. Es un rincón pequeño, bastante tranquilo, y desde allí se ve bien el valle.
Como en muchos pueblos con castillo, también circula la historia del pasadizo secreto. Aquí se cuenta que había un túnel que conectaba la zona del castillo con otro punto cercano para escapar en caso de ataque. Nadie parece haberlo visto con claridad, pero siempre hay alguien que conoce a otro que dice haber entrado de pequeño.
Ese tipo de historias funcionan como el folklore local: nadie puede enseñártelo, pero todo el mundo lo ha oído alguna vez.
Cuánto tiempo dedicarle
Castrocalbón no es un sitio para llenar un fin de semana entero. Es más bien una parada tranquila: subes al castillo, paseas por las calles del pueblo, miras el valle desde arriba y, si coincide bien la hora, comes algo de la zona.
En un par de horas te haces una idea bastante clara del lugar. Si encuentras alguna tienda abierta, merece la pena llevarse alubias para casa; es uno de esos recuerdos que luego realmente usas.
Después puedes seguir ruta por la comarca o volver hacia La Bañeza. Y te quedas con esa sensación rara de haber pasado por un sitio pequeño, de los que no suelen salir en listas, pero que llevan siglos ahí haciendo su vida a su ritmo.