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sobre San Esteban de Nogales
Destaca por las ruinas del Monasterio de Santa María de Nogales; situado en un entorno de ribera
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A media tarde, cuando el sol baja sobre los campos abiertos de La Valdería, las paredes de barro y piedra de San Esteban de Nogales toman un color rojizo, casi terroso. Apenas pasa un coche. Se oye algún perro al fondo y el golpe seco de una puerta de madera que se cierra. El pueblo aparece así, sin aviso, entre parcelas de cereal y caminos anchos de tierra.
San Esteban de Nogales es un municipio pequeño de esta parte del sur de León. Viven aquí algo más de doscientas personas. El caserío se reparte en calles cortas, con casas pegadas unas a otras y patios interiores que desde fuera apenas se intuyen. Muchas fachadas mezclan adobe, ladrillo y piedra irregular. Las tejas viejas oscurecen con los inviernos largos de la meseta.
Un pueblo agrícola, todavía
La vida diaria sigue bastante ligada al campo. Alrededor del casco urbano hay huertas, naves agrícolas y parcelas de cereal que cambian mucho según la estación.
En abril y mayo el verde es intenso y el aire trae olor a tierra húmeda. A finales de verano todo se vuelve dorado y polvoriento. En invierno, en cambio, el paisaje queda más desnudo y el viento corre sin obstáculos entre los campos.
Todavía se ven corrales antiguos, portones grandes pensados para carros y bodegas excavadas bajo algunas viviendas. Son detalles que hablan de un pueblo que durante generaciones vivió casi exclusivamente de la agricultura y de la ganadería doméstica.
La iglesia y el centro del pueblo
La iglesia parroquial dedicada a San Esteban marca el centro del caserío. No es un edificio grande. Tiene una torre cuadrada y muros sobrios, propios de muchas iglesias rurales de la provincia. Probablemente su origen esté en época moderna, aunque ha tenido arreglos posteriores.
Alrededor se abre un pequeño espacio donde a ciertas horas se junta la conversación del pueblo. Bancos, alguna sombra en verano y silencio el resto del día.
Si se camina despacio por las calles cercanas aparecen detalles fáciles de pasar por alto: una reja forjada con formas antiguas, un pozo cubierto, piedras reaprovechadas en los muros. Algunas casas conservan escudos tallados o inscripciones gastadas por los años.
Caminos alrededor de San Esteban de Nogales
Fuera del casco urbano empiezan pistas agrícolas anchas, de tierra compacta. No están pensadas como rutas señalizadas, pero se pueden recorrer sin dificultad si el tiempo acompaña.
Entre los campos aparecen pequeños arroyos, zarzas en los bordes y cercas de piedra seca que todavía delimitan parcelas antiguas. En los días tranquilos se ven rapaces planeando sobre las laderas bajas y perdices que salen corriendo entre los rastrojos.
Conviene tener en cuenta el clima de esta zona. En verano el sol cae fuerte a partir del mediodía y apenas hay sombra en los caminos. Si se quiere caminar, lo más agradable suele ser a primera hora o cuando empieza a caer la tarde.
Ritmo de pueblo
San Esteban de Nogales no gira alrededor del turismo. El ritmo es el de un municipio pequeño: trabajo en el campo, casas abiertas cuando llega el buen tiempo y bastante calma durante el invierno.
Algunas tradiciones siguen presentes en la memoria colectiva del pueblo. La matanza del cerdo, por ejemplo, todavía se recuerda como una jornada de trabajo compartido entre familias. De ahí salen muchos de los embutidos que forman parte de la despensa local.
También se mantienen huertas familiares donde se cultivan legumbres y verduras para consumo propio. En otoño, cuando se recogen los últimos productos, el olor a humo de las chimeneas vuelve a ocupar las calles al caer la noche.
Cuándo acercarse
La primavera y el principio del otoño suelen ser los momentos más agradables para pasear por los alrededores. El paisaje cambia rápido y las temperaturas permiten caminar sin prisa.
En pleno verano el calor aprieta bastante durante el día. Y en invierno el viento de la meseta puede hacer las calles aún más silenciosas de lo habitual.
San Esteban de Nogales se entiende mejor así, en calma. Caminando despacio entre casas de adobe, escuchando el ruido del campo y mirando cómo la luz de la tarde se queda pegada a las paredes viejas antes de desaparecer detrás de los cultivos.