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sobre Castrillo de la Valduerna
Situado en el valle del río Duerna; zona tranquila con restos de minería de oro romana en los alrededores
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En el corazón de la comarca leonesa de La Valduerna, donde las últimas estribaciones de los Montes de León comienzan a suavizarse hacia la llanura, se encuentra Castrillo de la Valduerna. Este pequeño pueblo de apenas 136 habitantes se alza a unos 900 metros de altitud, guardando en sus piedras centenarias el legado de una arquitectura rural que resiste al paso del tiempo. Aquí, el silencio solo se rompe con el murmullo del viento entre los robles, el canto de las aves y, según la época, algún tractor o una conversación a voces de portal a portal.
Castrillo de la Valduerna es uno de esos pueblos donde, si aparcas, apagas el coche y te quedas un minuto quieto, notas de golpe que vienes con demasiada prisa. Sus calles empedradas, sus casas de piedra y adobe y la forma directa de tratar de la gente permiten hacerse una idea bastante clara de cómo se vive en la España rural de interior. No es un pueblo de postal preparada, es un sitio donde todavía se ven huertas, leña apilada y vida cotidiana, con lo bueno y lo menos fotogénico.
La comarca de La Valduerna ha sido históricamente una zona de frontera y paso, lo que ha dejado su huella en el patrimonio arquitectónico y cultural de sus pueblos. Castrillo, como muchos otros núcleos de la zona, conserva esa esencia tradicional que lo convierte más en un lugar de calma y base para patear la comarca que en un “parque temático” del turismo rural.
Qué ver en Castrillo de la Valduerna
El patrimonio arquitectónico de Castrillo de la Valduerna se concentra en su arquitectura popular y religiosa. La iglesia parroquial constituye el principal referente monumental del pueblo, con su característico campanario que domina el paisaje urbano. Como ocurre en muchos pueblos de la zona, este templo refleja las sucesivas transformaciones arquitectónicas a lo largo de los siglos, con elementos que van desde el románico tardío hasta añadidos posteriores. No es una catedral, pero encaja con el tamaño del pueblo y su historia; entra si la encuentras abierta, porque por fuera se entiende solo la mitad.
Pasear por el casco histórico es sumergirse en la arquitectura tradicional leonesa. Las casas de piedra con sus corredores de madera, los portones claveteados y las cuadras integradas en las viviendas hablan de un modo de vida ligado a la agricultura y la ganadería. Muchas de estas construcciones conservan escudos heráldicos en sus fachadas, testimonio de la antigua hidalguía rural que poblaba estas tierras. Es un paseo corto: en menos de una hora se recorre sin prisa todo el caserío, parando a mirar detalles… y saludando a quien te cruces, porque aquí todo el mundo sabe quién es de fuera.
El entorno natural es otro de los puntos fuertes. Los prados y dehesas que rodean el municipio forman un paisaje agradable, especialmente en primavera cuando los campos se cubren de flores silvestres. Los bosques de roble y castaño de los alrededores invitan a perderse por senderos rurales donde es posible avistar fauna autóctona como corzos, jabalíes y diversas especies de aves rapaces. No hay grandes infraestructuras ni miradores “instagramers”: aquí los paisajes se disfrutan caminando y aceptando que, a veces, la foto no hace justicia a lo que ves.
Qué hacer
El senderismo es la actividad estrella en Castrillo de la Valduerna. La red de caminos rurales y antiguas vías pecuarias permite diseñar rutas de diferente longitud, todas ellas con el denominador común de atravesar paisajes tranquilos y poco concurridos. Una opción interesante es seguir los caminos que conectan con otros pueblos de la comarca, descubriendo así la esencia de La Valduerna pueblo a pueblo, sin grandes desniveles pero con kilómetros por delante. Conviene mirar bien el mapa antes de salir: algunas pistas se desdibujan y no están marcadas.
La observación de aves encuentra en estos parajes un buen escenario. Milanos, busardos y águilas ratoneras sobrevuelan frecuentemente la zona, mientras que en los arroyos pueden observarse especies ligadas al agua. Conviene llevar prismáticos si de verdad te interesa, porque no hay hides ni equipamientos específicos ni carteles explicativos.
La gastronomía local es otro de los alicientes de la zona. Los productos de la huerta, el cordero lechal, la cecina de León con denominación de origen y los embutidos artesanales forman parte de una cocina tradicional que se mantiene viva en las casas y en los pueblos cercanos. Los guisos de cuchara, las truchas de los ríos próximos y los postres caseros como las mantecadas o las flores son el mejor complemento para una jornada al aire libre, aunque en Castrillo tendrás que contar con cocinar tú o desplazarte a otros núcleos para comer fuera: el bar de abajo de casa aquí no está garantizado.
Para los aficionados a la fotografía rural, Castrillo da juego, pero con medida: portones viejos, chimeneas humeando en invierno, tejados de teja vieja, amaneceres brumosos sobre los prados y atardeceres dorados que tiñen de ocre las fachadas de piedra. Más estética de vida real que de postal preparada; si buscas casitas restauradas todas iguales, este no es el sitio.
Fiestas y tradiciones
Como en la mayoría de pueblos leoneses, el calendario festivo de Castrillo de la Valduerna gira en torno a las celebraciones religiosas y las tradiciones agrícolas. Las fiestas patronales suelen celebrarse durante el verano, generalmente en agosto, cuando muchos emigrantes regresan al pueblo. Estos días el municipio se llena de vida con procesiones, verbenas y comidas populares. No es un macroevento: son fiestas de pueblo, pensadas para la gente de aquí y los que vuelven, pero cualquiera que respete el ambiente se siente integrado rápido.
La matanza del cerdo sigue siendo una tradición viva en invierno, momento en que algunas familias continúan elaborando artesanalmente embutidos y conservas siguiendo recetas centenarias. Aunque es un evento privado, refleja la pervivencia de costumbres ancestrales y ayuda a entender por qué los embutidos de la zona saben como saben.
Las celebraciones de Semana Santa mantienen su solemnidad, con procesiones que recorren las calles del pueblo en un ambiente de recogimiento que contrasta con el bullicio estival. Es un buen momento para ver el pueblo con más movimiento pero sin aglomeraciones.
Cuándo visitar Castrillo de la Valduerna
La primavera (abril-mayo) y el otoño (septiembre-octubre) suelen ser las mejores épocas por su clima templado y la variedad de colores en el paisaje. En primavera las huertas empiezan a moverse y los prados están en su mejor momento; en otoño, la luz baja y los tonos ocres de campos y árboles le sientan muy bien al valle.
El verano tiene su interés si se quiere coincidir con las fiestas y con la vuelta de gente emigrada, aunque las temperaturas pueden ser elevadas en las horas centrales del día y el ambiente es algo más movido. En invierno el paisaje se vuelve más duro, con heladas frecuentes y días cortos: menos cómodo para pasear, pero muy auténtico si te gusta ver el campo tal cual es fuera de temporada. Eso sí, madrugar cuesta y anochece pronto; ajusta bien los planes.
Si llueve o hace mal tiempo, el paseo por el pueblo se acorta bastante y las rutas por los caminos pueden embarrarse con facilidad, así que hay que venir con botas en condiciones y ropa de abrigo. Aquí el barro es barro de verdad, no un decorado.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
- Callejear sin prisa por el centro, fijándote en casas, escudos y detalles de las fachadas.
- Acercarte a la iglesia y al entorno de los prados cercanos al pueblo para hacerte una idea del paisaje de la Valduerna.
- Parar un rato en silencio en cualquier esquina sin tráfico: se entiende rápido el ritmo del lugar.
Si tienes el día entero
- Paseo por el pueblo por la mañana.
- Ruta a pie por caminos rurales hacia alguno de los pueblos vecinos, comiendo de bocadillo o en otro núcleo de la comarca.
- Vuelta a media tarde a Castrillo para ver el atardecer sobre los prados y rematar con otro paseo corto.
Lo que no te cuentan
Castrillo de la Valduerna es pequeño y se ve rápido. En una mañana tranquila puedes recorrer el pueblo, acercarte a la iglesia, callejear y asomarte a los alrededores. A partir de ahí, lo lógico es combinarlo con otros pueblos de la Valduerna o con alguna ruta por los montes cercanos.
Las fotos que circulan por internet suelen centrarse en dos o tres rincones muy fotogénicos; cuando llegues, verás también casas cerradas, huertas medio abandonadas y maquinaria agrícola. Forma parte del paisaje real, no de un decorado.
No es un pueblo pensado para “consumir servicios turísticos”: hay que venir con la idea de pasear, observar, respirar tranquilo y, si acaso, usarlo como base para conocer la comarca. Si buscas mucha actividad, tiendas y bares a cada paso, aquí te vas a aburrir rápido. Si lo que quieres es escuchar tus propios pasos sobre la tierra, encaja bastante mejor.