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sobre Villablino
Capital de Laciana; valle minero reconvertido en destino de naturaleza y esquí (Leitariegos)
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El turismo en Villablino no se entiende si no aceptas una cosa desde el principio: esto fue un pueblo minero, y todavía se nota. Huele a humo de leña y a algo que no sabrías definir si no has pisado un sitio donde media vida giró alrededor del carbón. Es como cuando entras en un bar y hay un tío en la barra que no dice nada, pero sabes que ha vivido cosas. Ese es Villablino: no te lo cuenta todo a la primera.
El valle que no se vende
Llegas por carretera atravesando Laciana y el pueblo aparece en el fondo del valle, con muchos tejados de pizarra y montañas cerrándolo por todos lados. No es de esos lugares que se arreglan para la foto. Es más bien lo que hay: bloques, casas bajas, barrios que crecieron cuando la minería tiraba fuerte.
Y aun así el entorno tiene algo que engancha. Laciana es Reserva de la Biosfera y en los montes de alrededor todavía se mueve el oso pardo. No es que lo vayas a ver paseando por la calle, claro, pero la sensación de estar en un valle bastante salvaje sigue ahí.
El casco urbano es como ese primo que se quedó en el pueblo: no es guapo, pero tiene gancho. La plaza Mayor tiene un kiosco de música que casi nunca se usa y bancos donde la gente mayor se sienta a mirar pasar la mañana. Si te paras un rato, acabas escuchando conversaciones sobre el tiempo, la nieve del invierno pasado o cómo estaba esto cuando las minas daban trabajo a medio valle.
Las minas que aún respiran
Aquí la minería no es museo, es cicatriz. En los pueblos de alrededor todavía se ven cargaderos, bocaminas y edificios industriales medio escondidos entre la vegetación. Algunos senderos de la zona siguen antiguos trazados mineros o pasan cerca de explotaciones cerradas.
No es el típico paseo de postal. Hay hierro oxidado, taludes de tierra negra y caminos por donde hace años pasaban vagonetas. Pero precisamente por eso tiene interés: te ayuda a entender cómo se vivía aquí.
En Villablino también hay un pequeño espacio dedicado a la memoria minera de Laciana. Nada espectacular, más bien un recordatorio de lo que fue el valle durante décadas. Fotos, herramientas, historias de gente que bajaba cada día a la mina. Sales con la sensación de que el paisaje que ves fuera tiene bastante más historia de la que parece.
Iglesias y pueblos alrededor
Si te mueves un poco por el municipio empiezan a aparecer pueblos pequeños con iglesias muy antiguas. En Robles de Laciana, por ejemplo, está San Xuliano, un templo románico bastante sobrio que suele citarse entre los más antiguos de la comarca. No es grande ni llamativo, pero tiene ese silencio espeso de las iglesias rurales donde apenas entra gente entre semana.
Lo interesante muchas veces no es solo el edificio, sino el entorno: prados, casas de piedra, montañas muy cerca. Con diez o quince minutos de coche desde Villablino puedes ir saltando de pueblo en pueblo y ver otra cara del valle, mucho más tranquila.
La mesa donde el cocido manda
La cocina aquí es de cuchara y de invierno largo. El cocido leonés aparece en muchas mesas cuando aprieta el frío: garbanzos, carne, sopa… de esos platos que te dejan listo para una siesta seria.
También es fácil encontrarse con botillo acompañado de patatas o berza. Contundente, sí, pero encaja con el clima y con la historia del lugar. Después de eso, algo dulce casero —muchas veces tartas muy clásicas— y sales rodando pero contento.
No esperes modernidades raras. La gracia está precisamente en que casi todo sigue siendo bastante tradicional.
Cuando llega el invierno (y cuando no)
El invierno cambia bastante el ambiente. La estación de Leitariegos está a poca distancia y cuando hay nieve el pueblo se llena de coches con esquís en el techo. De repente ves más movimiento en las calles y más gente entrando a calentarse con algo caliente.
En otoño suele celebrarse la Feriona, una feria ganadera bastante conocida en la zona. Durante ese fin de semana el pueblo se llena de puestos, animales y gente que baja de los pueblos cercanos. Es de esas ferias donde se mezcla un poco de todo: mercado, trato de ganado y mucho paseo.
Y en verano llegan las fiestas, con música en la calle y vecinos sacando sillas a la puerta cuando cae la noche. El apodo de los de Villablino es “quinquilleros”, y lo oirás más de una vez si hablas con gente del valle.
Cómo no fastidiar la visita
No vengas esperando el típico destino de postal. Villablino funciona mejor si lo tomas como base para moverte por Laciana: subir a Leitariegos, acercarte a los pueblos del valle, caminar un rato por los montes.
Y trae ropa de abrigo incluso cuando creas que no hace falta. En cuanto cae el sol, el valle recuerda rápido que está rodeado de montaña.
Mi consejo: quédate una noche. Sal a primera hora a por un café y escucha el pueblo arrancar despacio. Villablino tiene ese tipo de silencio que no es ausencia de ruido, sino otra cosa. Como cuando apagas la tele y de repente oyes que tu casa respira.