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sobre Villoria
Centro neurálgico de la comarca de Las Villas; localidad agrícola con gran actividad cultural y teatro
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A primera hora de la tarde, cuando el sol cae casi plano sobre la campiña, las paredes de Villoria reflejan una mezcla extraña de colores: el dorado apagado de la piedra y, de repente, un rojo intenso, un azul eléctrico, una figura pintada que ocupa toda una fachada. Así aparece Villoria, a unos 20 kilómetros al suroeste de Salamanca. Un pueblo pequeño de la comarca de Las Villas donde, entre casas de siempre y calles tranquilas, han ido apareciendo murales que cambian la forma de mirar sus muros.
El núcleo mantiene la estructura habitual de los pueblos cerealistas de esta parte de Castilla y León: calles rectas, portones grandes para carros que ya no pasan y fachadas que han visto muchas cosechas. Al mismo tiempo, en algunas paredes han surgido pinturas de gran tamaño. No están aisladas ni apartadas en un recinto; conviven con las casas donde la gente sigue entrando y saliendo cada día.
La sensación al caminar por Villoria es esa mezcla entre rutina y sorpresa. Doblas una esquina, ves una pared encalada de toda la vida… y en la siguiente aparece una escena pintada que ocupa dos plantas.
Los murales repartidos por el pueblo
En Villoria el arte urbano no está concentrado en un único punto. Las pinturas aparecen repartidas por distintas calles, de modo que la única forma de verlas es caminar sin demasiada prisa. A veces están en medianeras amplias; otras, en fachadas más pequeñas donde el dibujo se adapta a ventanas y cables.
Muchos murales miran hacia la memoria rural: figuras de pastores, mujeres trabajando con lana o escenas que recuerdan oficios que aquí fueron habituales. Otros tiran por un lenguaje más contemporáneo, con colores muy vivos que destacan sobre el tono claro de los muros.
Ese contraste funciona mejor de lo que uno podría pensar desde fuera. Las pinturas no convierten el pueblo en un decorado; más bien obligan a levantar la vista mientras paseas.
Si vas con la idea de fotografiar los murales, la luz de última hora de la tarde suele ayudar. Las sombras alargadas marcan más las texturas de las paredes y los colores pierden el brillo duro del mediodía.
La iglesia y el centro del pueblo
La iglesia parroquial mantiene la sobriedad habitual de la arquitectura de la zona: muros de mampostería, sillares reforzando las esquinas y una torre que se ve desde varios puntos del término. Dentro, la luz entra filtrada y el ambiente cambia de golpe respecto a la calle: silencio, piedra fría y olor a madera antigua.
A pocos pasos está la plaza, que sigue funcionando como lugar de paso y de encuentro. Hay soportales, balcones de hierro y bancos donde a ciertas horas se sienta gente a charlar mientras pasan coches despacio. No es un espacio monumental; es más bien la plaza práctica de un pueblo que sigue viviendo su día a día.
Alrededor aparecen las calles más tranquilas: fachadas encaladas, rejas en las ventanas y portones anchos que recuerdan cuando las casas estaban más ligadas al trabajo del campo.
El paisaje de Las Villas alrededor
Basta salir unos minutos andando para que el pueblo quede atrás y empiecen los campos abiertos. La comarca de Las Villas es terreno de cereal, con ondulaciones suaves que en primavera se ven muy verdes y en verano se vuelven casi doradas.
Los caminos agrícolas que salen de Villoria son llanos y fáciles de seguir. Muchos vecinos los utilizan para caminar o ir en bici. No hay señalización turística en cada cruce, así que conviene ir con tiempo y sin demasiada prisa, simplemente siguiendo las pistas principales entre parcelas.
En días despejados el horizonte se vuelve muy ancho. Apenas hay árboles altos, y el cielo ocupa casi la mitad del paisaje.
Cómo organizar la visita
Villoria se recorre bien en una mañana o en una tarde tranquila. El tamaño del casco urbano permite ver los murales y dar una vuelta completa al pueblo sin necesidad de coche.
Si vienes desde Salamanca, lo más práctico suele ser aparcar cerca del centro y seguir a pie. Muchas de las pinturas aparecen en calles pequeñas donde circular resulta más incómodo.
Conviene evitar las horas centrales del verano: el sol cae fuerte y hay pocas sombras largas. En cambio, a primera hora o al atardecer el paseo se vuelve más agradable y el pueblo está más calmado.
Fiestas y vida del pueblo
Las celebraciones principales giran en torno a la Asunción, a mediados de agosto. Durante esos días el ambiente cambia bastante: música en la plaza, actos populares y mucha gente que vuelve al pueblo aunque viva fuera el resto del año.
Más allá de esas fechas, la vida en Villoria transcurre con el ritmo habitual de un municipio pequeño de la campiña salmantina. Precisamente por eso el paseo tiene algo interesante: los murales están ahí, sí, pero alrededor sigue funcionando el pueblo de siempre. Las persianas que se abren por la mañana, el sonido de una puerta de garaje, alguien cruzando la calle con la compra.