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sobre Noviercas
Pueblo ligado a Bécquer con torreón árabe y museo
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Noviercas es de esos pueblos que no te saludan con una postal. Llegas y lo primero que te da es el aire, un viento de los que se cuelan por cualquier rendija. Estamos en Soria, a más de mil metros, y aquí la meteorología no es un tema de conversación, es algo físico. Se nota en las fachadas gastadas y en las calles que suben sin mucha explicación. El pueblo tiene poco más de ciento cincuenta habitantes, así que lo que sobra es cielo y calma.
Alrededor solo hay campo. Cereal, sobre todo. El paisaje cambia con las estaciones como si alguien le diera a un interruptor: verde intenso en mayo, un dorado quemado en agosto, y luego la tierra desnuda cuando llega el frío. Y siempre, al fondo, la silueta del Moncayo recortándose en el horizonte.
La iglesia como punto de referencia
Aquí todo pasa alrededor de la plaza y la iglesia parroquial. La torre es lo que ves desde lejos y sirve para orientarte cuando entras al casco urbano. El edificio tiene trazas medievales, aunque ha ido cambiando con los siglos.
Quedan algunas casas antiguas con muros gruesos y ventanas pequeñas. No son para hacer fotos bonitas; son para aguantar. Cuando encienden las chimeneas en invierno, entiendes perfectamente por qué se construyeron así.
No esperes un casco histórico impecable. Hay portones cerrados desde hace años y paredes que muestran su edad sin disimulo. A mí eso me parece más honesto que un pueblo demasiado arreglado.
También verás bodegas excavadas en la roca o semienterradas en lomas bajas. Antes servían para guardar el vino o conservar alimentos porque mantienen bien la temperatura. Algunas todavía se usan para comidas familiares o reuniones entre amigos.
Andar sin rumbo fijo
Si te apetece caminar sin seguir un track GPS, los alrededores funcionan bien para eso. Son caminos agrícolas y cañadas viejas que conectan campos con otros pueblos pequeños.
Es el tipo de paseo donde sales del núcleo urbano y a los veinte minutos solo escuchas el viento y algún pájaro.
Desde varios puntos tienes al Moncayo como telón de fondo constante. En días despejados parece que lo puedes tocar con la mano, una de esas ilusiones ópticas típicas de la meseta cuando no hay bruma.
Cielo abierto y horizontes anchos
Estos páramos parecen vacíos hasta que te paras a mirar. Alondras, cogujadas y otras aves de terreno abierto son comunes por aquí. En primavera también se ven golondrinas y vencejos cruzando el cielo.
Para hacer fotos tiene algo bueno: amplitud. Un amanecer sobre los campos o una puesta de sol con el perfil del Moncayo no necesitan filtros complicados.
Por la noche apenas hay contaminación lumínica. Si está despejado, las estrellas se ven con una claridad que ya no es normal en muchos sitios.
Comer como se come aquí
La comida sigue la lógica del clima: platos contundentes hechos con lo básico. Cordero asado, embutidos de la zona, migas cuando refresca… cocina sin pretensiones ni florituras.
En temporada también hay setas de los pinares cercanos, algo muy habitual en muchas casas sorianas.
Agosto cambia el ritmo
Durante gran parte del año Noviercas es tranquilo hasta decir basta, pero en agosto se mueve otra cosa. Mucha gente que vive fuera vuelve esos días y se nota en las calles.
Suele haber bailes tradicionales organizados por los vecinos o comidas compartidas en la plaza. No son eventos pensados para turistas; son fiestas donde todo el mundo acaba conociéndose.
Un sitio sin maquillaje
Noviercas no intenta gustarle a nadie ni aparece mucho en folletos turísticos. Tiene ese carácter áspero tan castellano: viento frío, campo abierto hasta donde alcanza la vista y casas que han visto pasar demasiados inviernos.
Me recuerda a esos lugares donde al principio piensas "¿y ahora qué hago?". Pero si te sientas un rato a ver pasar las horas empiezas a cogerle el punto. Y cuando te vas te das cuenta: ese silencio pesaba más de lo que imaginabas