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sobre Ólvega
Motor industrial de la provincia y puerta del Moncayo con gran dinamismo
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A las puertas del Moncayo y a más de mil metros de altitud, Ólvega es uno de esos pueblos sorianos donde todavía se nota que hay vida todo el año. Con sus casi 4.000 habitantes, no es una aldea perdida ni una ciudad: es ese punto medio donde puedes encontrar industria, bares y servicios, pero seguir saludando gente por la calle. Calles con buena cuesta, casas de piedra y ladrillo, y ese aire fresco que en verano se agradece y en invierno se hace notar.
Situada en el extremo occidental de la provincia de Soria, Ólvega ha sido históricamente un cruce entre Castilla y Aragón. Desde aquí el Moncayo no es solo una postal: marca el clima, las vistas y hasta las conversaciones del pueblo. El ambiente es más fresco que en otras zonas de la meseta, los bosques están cerca y muchas rutas hacia la montaña empiezan, literalmente, a un paseo del casco urbano.
Quien llega a Ólvega se encuentra un pueblo de verdad, sin decorado turístico ni casco viejo maquillado para la foto rápida. Hay gastronomía soriana, senderos que se meten en robledales y pinares, y ese ritmo tranquilo de pueblo que trabaja entre fábricas, campo y monte.
Qué ver en Ólvega
El patrimonio de Ólvega se concentra sobre todo en su arquitectura religiosa y en el trazado urbano tradicional. La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción preside el casco antiguo con su torre contundente y un interior donde se mezclan épocas y estilos. No esperes una catedral, pero sí un templo que cuenta bien la historia del pueblo si entras con un poco de calma y miras más allá del primer vistazo.
El paseo por el centro histórico es corto pero agradable: casas señoriales con escudos, fachadas con detalles antiguos mezcladas con viviendas más nuevas. Es de esos cascos donde interesa más mirar hacia arriba que ir con prisas, fijarse en puertas, aleros y pequeños remates que cuentan más que cualquier panel informativo.
El Convento de las Clarisas, aunque de acceso limitado, es otro punto a tener en cuenta. La comunidad mantiene la vida contemplativa en pleno pueblo, lo que aporta un aire distinto a esa zona. Conviene informarse in situ de horarios y de si venden dulces o productos elaborados por ellas, porque esto puede variar con el tiempo [VERIFICAR].
Y luego está el Moncayo. Desde Ólvega se ve muy bien su silueta, que parece cambiar de carácter según la estación: blanco y serio en invierno, verde intenso en primavera, tonos ocres en otoño. Las laderas forman parte del Parque Natural del Moncayo, con una mezcla curiosa de encinares en las zonas bajas, robles, pinares y, ya arriba, vegetación propia de alta montaña.
En los alrededores inmediatos del pueblo predominan las dehesas y cultivos, pero según te vas acercando a la montaña el paisaje se cierra en bosques de robles y pinos. Es un buen territorio para quien disfruta haciendo fotos de paisaje sin necesidad de grandes caminatas técnicas: caminos anchos, pistas y senderos donde cada pocos metros cambia algo la vista.
Qué hacer
Las rutas de senderismo son, seguramente, lo más agradecido en Ólvega. Desde el propio pueblo arrancan varios caminos que se van internando hacia el Moncayo, con opciones para quien solo quiere un paseo tranquilo y para quien busca algo más serio. Lo habitual es combinar pistas forestales con senderos más estrechos, así que conviene traer calzado digno, no solo zapatillas de paseo.
Hay senderos sencillos por los bosques bajos y las zonas de transición entre campos y monte, muy asumibles para familias con algo de costumbre de andar. Para los más acostumbrados a la montaña, el macizo permite jornadas más largas y con desnivel, siempre teniendo en cuenta la meteorología del Moncayo, que cambia rápido y puede pasar de sol a niebla cerrada en un rato.
La observación de aves tiene aquí buen campo de juego: zonas forestales, cultivos y relieve variado hacen que se puedan ver tanto pequeñas especies de bosque como rapaces, si se tiene paciencia y unos prismáticos decentes. No es un “safari” de fauna, pero quien está habituado a mirar al cielo no sale defraudado.
En lo gastronómico, Ólvega entra de lleno en la tradición soriana. Más que hacer una lista infinita, basta con tener claros algunos básicos: setas en otoño (si la temporada acompaña y siempre respetando la normativa de recolección), carnes de cordero y cerdo, embutidos hechos como se han hecho siempre en la zona. Los bares y mesones se mueven mucho en la cocina castellana de asados, guisos y platos de cuchara, que entran solos después de un día de aire fresco.
Quien prefiera algo más cultural tiene en el centro cultural un punto de referencia, con actividades a lo largo del año que ayudan a entender cómo se mueve el pueblo hoy, más allá de la postal rural. No es un gran museo, pero sí un buen termómetro de la vida diaria: exposiciones, charlas, teatro aficionado… según toque.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Ólvega gira en torno a varias fechas marcadas. A mediados de agosto se celebran las fiestas patronales en honor a Nuestra Señora de Olmacedo, con varios días de actos tradicionales, verbenas, actividades populares y eventos taurinos que llenan el pueblo de vecinos y de gente que vuelve solo en verano. Es cuando más se nota que mucha gente mantiene aquí su raíz aunque viva fuera.
En septiembre llega la fiesta de San Miguel, otra cita importante con actos religiosos y ambiente festivo. Las raíces ganaderas y agrícolas del municipio se dejan ver también en ferias y mercados que se organizan periódicamente [VERIFICAR], manteniendo ese vínculo con el campo que aquí no es algo del pasado, sino del día a día.
En invierno, celebraciones como la Semana Santa o las Navidades se viven de forma más recogida, pero muy arraigadas en la costumbre castellana, con participación real del pueblo: procesiones sencillas, misas concurridas y mucha vida en casas y peñas más que en la calle.
Cuándo visitar Ólvega
La primavera y el otoño son, en general, los momentos más agradables: temperaturas moderadas y el paisaje en su mejor versión, ya sea el verde nuevo o los tonos ocres de los bosques. Para caminar es cuando más se aprovecha, porque el sol no castiga tanto y el monte está más vivo.
El verano puede tener días calurosos al sol, pero las noches suelen ser frescas gracias a la altitud, cosa que se agradece si vienes de zonas más bajas. Además, es cuando el pueblo está más animado por las fiestas y la gente que regresa. Eso sí, en agosto no esperes estar solo: hay más ambiente, pero también más ruido y movimiento.
El invierno es otra cosa: frío serio, heladas frecuentes y posibilidad de nieve. Compensa si te interesa ver el Moncayo nevado o hacer rutas invernales con precaución y equipo adecuado; para paseos suaves, hay que venir mentalizado y con ropa en condiciones. Los días son cortos y el viento, cuando sopla, se nota.
Lo que no te cuentan
Ólvega, como pueblo turístico, es compacto: el casco se recorre rápido y no es un destino de “ver diez monumentos en un día”. El valor está más en el conjunto —vida diaria, paisaje, monte cercano— que en una lista larga de visitas. Si buscas un casco histórico medieval muy preservado, aquí no lo vas a encontrar así.
Si vienes solo a pasear por el pueblo, en un rato lo habrás visto casi todo. Para que el viaje tenga sentido, compensa combinarlo con alguna excursión al Moncayo, visitas a otros pueblos de la comarca o una jornada larga de senderismo. Ólvega funciona bien como base para moverte por la zona, más que como único plan de varios días.
Las fotos del Moncayo desde Ólvega pueden engañar un poco con las distancias: parece que lo tienes encima, pero las rutas más serias hacia la alta montaña requieren tiempo, coche y planificación. No es salir del bar y plantarse en la cumbre. Además, el cambio de tiempo arriba es mucho más brusco que en el pueblo: lo que en Ólvega es un día fresco, en la parte alta puede ser un buen marrón si no vas preparado.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
- Paseo por el centro: iglesia, entorno del convento y calles del casco tradicional.
- Buscar un buen punto para ver el perfil del Moncayo desde las afueras o desde alguna zona alta del pueblo.
- Tomarte algo tranquilo y observar el ambiente local, que aquí dice más del lugar que muchas guías.
Si tienes el día entero
- Mañana de ruta por alguno de los senderos hacia el Moncayo o por los bosques cercanos, ajustando la distancia a tu forma física y al tiempo.
- Comida con producto local (setas en temporada, carnes y embutidos todo el año).
- Tarde de paseo suave por el casco urbano y alrededores, con parada en la iglesia y, si cuadra, en alguna actividad del centro cultural o simplemente viendo cómo se recoge el pueblo al atardecer.