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sobre Villamanín
Municipio de alta montaña con la Colegiata de Arbas; acceso a la estación de esquí de Pajares
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A las diez de la mañana la plaza aún está medio vacía. Alguna puerta que se abre, el golpe seco de unas botas contra el suelo y el ruido constante del Bernesga bajando unos metros más abajo. Así empieza muchas veces el turismo en Villamanín, con una luz fría que cae sobre la piedra y ese olor a leña húmeda que se queda flotando en el aire cuando llega el otoño.
Aquí arriba el valle se estrecha y las montañas pesan sobre el pueblo. No hay grandes edificios ni calles largas. Todo parece ajustado al terreno y al invierno: muros gruesos, tejados inclinados, balcones mirando al sur para rascar unas horas más de sol.
Villamanín queda a algo más de cincuenta kilómetros de la ciudad de León siguiendo la N‑630. En el padrón rondan los ochocientos vecinos, aunque esa cifra cambia según la época del año y según qué pedanías se cuenten.
Llegar por el valle del Bernesga
La carretera sube acompañando al río. A ratos se pega a la ladera y a ratos se abre un poco el valle, dejando ver prados y manchas de bosque. Es un trayecto corto en kilómetros pero más lento de lo que parece en el mapa.
Conviene tomárselo con calma. En invierno no es raro encontrar niebla cerrada o nieve en los tramos altos. Cuando eso ocurre, el viaje cambia por completo: el ruido del tráfico desaparece y el paisaje se vuelve casi blanco y gris.
El casco y la iglesia
El centro del pueblo se recorre en poco tiempo. Calles estrechas, algunas con ligera pendiente, y casas que conservan portones altos por donde antes entraban carros y ganado.
La iglesia de San Esteban queda cerca del corazón del casco. Sus muros laterales son antiguos y el interior guarda ese silencio frío de los templos de montaña, donde la piedra tarda horas en calentarse incluso en verano.
Al caminar por estas calles se entiende cómo se adaptó la arquitectura al clima. Ventanas pequeñas, corredores protegidos, patios interiores donde se guardaba la leña. Nada parece casual.
Caminos hacia el puerto de Pajares
A pocos kilómetros empieza la subida al puerto de Pajares. La carretera vieja serpentea ladera arriba entre taludes y curvas cerradas.
Desde arriba el valle se abre en dos direcciones. Hacia el norte aparece la vertiente asturiana; hacia el sur, las montañas de la Montaña Central leonesa. Los días despejados la vista alcanza muy lejos, aunque el viento suele soplar fuerte y conviene llevar abrigo incluso cuando abajo hace calor.
Caminar por los montes cercanos
Los caminos empiezan casi en las últimas casas. Senderos que bajan al río, pistas forestales que suben hacia hayedos y robledales, antiguos pasos ganaderos que todavía se reconocen por los muros de piedra medio caídos.
Algunas laderas superan con facilidad los dos mil metros en las cumbres cercanas. Si se madruga y se camina en silencio no es raro ver rebecos moviéndose por las zonas altas.
En otoño el bosque cambia por completo. El suelo se cubre de hojas húmedas y aparecen buscadores de setas entre los claros. Suelen encontrarse níscalos, boletus o trompetas amarillas, aunque también hay especies muy parecidas que no conviene tocar si no se conocen bien.
Invierno en el valle
Cuando llega el frío el ritmo del pueblo se vuelve más lento. Las montañas cercanas acumulan nieve y el puerto de Pajares se convierte en paso habitual de quienes van hacia la estación de esquí que hay en la vertiente asturiana.
Algunos aficionados se acercan también con raquetas o esquís de travesía. El terreno tiene pendientes serias en ciertos puntos. Antes de salir conviene informarse de la nieve y del viento, porque las condiciones cambian rápido en esta parte de la cordillera.
Fiestas y vida del pueblo
En verano el ambiente cambia. Muchas casas que pasan meses cerradas vuelven a abrirse y las calles recuperan ruido por la noche.
Las celebraciones más animadas suelen concentrarse en agosto, cuando regresan familias que llevan años viviendo fuera. Hay música tradicional, reuniones en la calle y procesiones que recorren el centro del pueblo.
La festividad de San Esteban llega a finales de diciembre. Si el invierno viene frío, las calles pueden amanecer con una capa ligera de nieve mientras los vecinos se acercan a la iglesia o se quedan charlando en la plaza.
Llegar hasta aquí no requiere grandes planes. Basta con aparcar el coche, caminar sin prisa y dejar que el valle marque el ritmo. Villamanín funciona mejor así, a paso lento y con los oídos atentos al río que atraviesa el pueblo.