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sobre Prioro
Pueblo de montaña con gran tradición pastoril y de la trashumancia; entorno de gran belleza
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A media mañana, la luz entra por las ventanas de la iglesia de San Martín y se posa en la piedra clara del interior. Solo se oye alguna puerta al cerrarse o un coche que atraviesa despacio la calle principal. En Prioro, en la Montaña Oriental de León, el día se mide por las campanas y por lo que sucede fuera del pueblo: el ganado, el clima, las estaciones.
La torre de la iglesia asoma por encima de los tejados y sirve de referencia cuando uno llega desde el valle. No es difícil orientarse: el pueblo se recoge alrededor de unas pocas calles donde la piedra domina casi todo lo que se ve.
Calles de piedra y casas orientadas al sol
Prioro se recorre despacio y sin mapa. Las calles son estrechas y en algunos tramos aún conservan el empedrado antiguo, irregular bajo los pies. Las casas, muchas de ellas de piedra oscurecida por los inviernos largos, miran al sur siempre que pueden. Aquí el sol de invierno cuenta.
Todavía se ven balconadas de madera, portones con herrajes pesados y algún escudo tallado en la fachada. En los patios traseros aparecen pequeñas huertas, gallineros o cobertizos donde se guarda la hierba seca. No es raro escuchar a lo lejos un tractor o el tintineo de cencerros cuando el ganado vuelve hacia las cuadras al final del día.
La iglesia de San Martín
En el centro del pueblo se levanta la iglesia parroquial de San Martín, un edificio sobrio que lleva siglos formando parte del paisaje del valle. La piedra exterior acusa el paso del tiempo y de los inviernos duros de esta parte de la montaña leonesa.
Dentro todo es sencillo: un retablo discreto, bancos de madera y una pila bautismal antigua. Cuando las campanas suenan —todavía lo hacen a ciertas horas— el sonido se extiende por las casas cercanas y rebota contra las laderas que rodean el pueblo.
El valle y los montes
En cuanto uno sale del casco urbano, el paisaje se abre rápido. Los prados rodean el pueblo y más arriba empiezan los bosques, donde se mezclan robles, hayas y acebos. Desde algunos puntos se recortan varias cumbres de la cordillera Cantábrica; en invierno suelen aparecer con nieve y en otoño las laderas cambian a tonos ocres y rojizos.
Hay caminos que salen directamente desde las últimas casas. Algunos siguen trazados ganaderos antiguos y atraviesan praderas cercadas con muros de piedra. Otros suben poco a poco hacia collados desde los que el valle se ve entero, con el pueblo reducido a un puñado de tejados.
Si te gusta caminar, conviene llevar buen calzado: hay tramos con piedra suelta y barro cuando ha llovido. Y en invierno el hielo aparece pronto en las zonas de sombra.
Caminos tranquilos
Caminar por los alrededores suele ser una actividad silenciosa. No es un lugar con grandes concentraciones de senderistas; muchos días uno avanza sin cruzarse con nadie.
A primera hora o al atardecer es cuando más se mueve la fauna. A veces aparece un corzo entre los matorrales o se oye el batir de alas de alguna rapaz sobre los claros del bosque. También es fácil ver buitres planeando alto cuando el aire empieza a subir desde el valle.
Comida de montaña
La cocina aquí sigue siendo la de los pueblos de montaña: platos contundentes pensados para jornadas largas y frías. Embutidos curados, carnes guisadas o asadas y potajes donde las patatas y las legumbres tienen mucho peso.
En algunas casas todavía se elaboran quesos y conservas de forma tradicional. Si tienes ocasión de hablar con la gente del pueblo, es habitual que salgan conversaciones sobre matanzas, huertas o cómo ha venido el año de hierba.
Cuándo acercarse
La primavera tardía y el principio del otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por la zona. En mayo o junio el valle está muy verde y el agua baja con fuerza por los arroyos. En septiembre y octubre los bosques empiezan a cambiar de color y el aire se vuelve más limpio después del verano.
En invierno el frío aprieta y las heladas son frecuentes, aunque los días despejados muestran las montañas con una claridad distinta.
Si vienes en agosto encontrarás algo más de movimiento: muchos vecinos que viven fuera regresan esos días y el pueblo recupera un ambiente que recuerda a cómo debió de ser hace décadas, cuando las casas estaban todas habitadas durante el verano.