Artículo completo
sobre Puebla de Lillo
Municipio de alta montaña que alberga la estación de esquí de San Isidro; bosques de pinar y lagos glaciares
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora, cuando el sol todavía tarda en asomar por detrás de las laderas, el turismo en Puebla de Lillo empieza con algo muy simple: el sonido del río Porma bajando frío y constante y el olor a leña que sale de alguna chimenea. El pueblo despierta despacio. Una persiana que se abre, un coche que arranca camino del puerto, el eco de unas botas sobre el asfalto húmedo.
Situado en la Montaña Oriental leonesa, a más de mil metros de altitud, Puebla de Lillo vive pegado al ritmo de la montaña. Aquí el invierno es largo y el verano nunca llega a ser del todo caluroso. Los prados alrededor del pueblo suelen estar verdes buena parte del año y no es raro ver ganado pastando muy cerca de las casas.
La población ronda los seiscientos habitantes y la sensación es la de un lugar que sigue funcionando como pueblo, no como decorado. En las cuadras todavía se guarda heno, en algunos patios hay pilas de leña ordenadas para el invierno y las conversaciones en la calle suelen girar en torno al tiempo o al estado de los pastos.
Lo que hay para ver y entender
El casco urbano no es grande. Las calles se abren sin demasiada lógica entre casas de piedra, muchas con balcones de madera oscura que miran hacia la montaña. Al final de varias de ellas se llega a la plaza, donde está la iglesia parroquial dedicada a San Antonio. El edificio ha tenido reformas a lo largo de los siglos, algo bastante común en los pueblos de esta zona, pero el campanario sigue marcando el ritmo del día con sus toques.
Al caminar por el pueblo aparecen detalles que hablan del pasado ganadero: portones grandes para meter carros, corrales pegados a las viviendas y muros de piedra levantados sin demasiada ornamentación. Son construcciones pensadas para resistir nieve, viento y muchos inviernos.
A pocos kilómetros empieza uno de los espacios naturales más conocidos de la provincia: el hayedo de Lillo, un bosque antiguo donde las hayas crecen altas y rectas, con el suelo cubierto de hojas gran parte del año. En otoño el color cambia cada semana: primero amarillos apagados, luego rojos oscuros y finalmente un suelo marrón que cruje bajo las botas.
Muy cerca también está el puerto de San Isidro, paso natural hacia Asturias. Desde la carretera, cuando el día está despejado, se ven praderas inclinadas, manchas de roca caliza y, en invierno, largas franjas de nieve que aguantan semanas enteras.
Caminar y moverse por la montaña
Puebla de Lillo suele usarse como punto de partida para rutas por la zona. Algunas suben hacia cumbres conocidas de la cordillera Cantábrica, otras siguen valles más suaves donde el río serpentea entre prados y pequeños bosques.
Una de las caminatas más frecuentadas es la que lleva a las Lagunas de Isoba, un conjunto de pequeñas lagunas de origen glaciar rodeadas de pastos abiertos. Cuando sopla viento, el agua se arruga como una lámina de metal y apenas se oye nada más que a las vacas moviéndose por las laderas.
Conviene tener en cuenta que aquí el tiempo cambia rápido. Incluso en verano las mañanas pueden arrancar frías y la niebla aparece de golpe en los puertos. Llevar ropa de abrigo ligera y mirar la previsión antes de salir suele evitar sustos.
En invierno, la cercanía de la estación de esquí de San Isidro hace que el movimiento aumente los fines de semana. Entre semana el ambiente vuelve a ser tranquilo y el pueblo recupera su ritmo habitual.
Fauna y silencio
Al amanecer o al caer la tarde es cuando la montaña se mueve más. En los claros del bosque no es raro ver corzos cruzando deprisa o escuchar el bramido de los ciervos en otoño. Sobre las crestas a veces planean rapaces grandes que aprovechan las corrientes de aire que suben desde el valle.
No hace falta alejarse mucho del pueblo para notar ese cambio de ritmo. Basta con seguir una pista forestal unos minutos para que desaparezca el ruido de los coches y solo quede el viento pasando entre los árboles.
Fiestas y costumbres
Las celebraciones principales siguen ligadas al calendario tradicional del pueblo. En junio se celebra San Antonio, con actos religiosos y encuentros vecinales en la plaza. En verano suele haber varios días de actividad, cuando mucha gente que vive fuera vuelve al pueblo por vacaciones.
Otra parte de la memoria del lugar está ligada a la trashumancia. Durante siglos, rebaños enteros cruzaban estas montañas camino de los pastos de invierno. Hoy quedan sobre todo los caminos, algunas majadas y las historias que los mayores todavía cuentan cuando sale el tema.
Puebla de Lillo no intenta aparentar nada distinto de lo que es: un pueblo de montaña que vive entre prados, nieve y bosques. Si se llega temprano, cuando el valle todavía está medio en sombra, esa forma tranquila de estar en el paisaje se entiende enseguida. Y si se viene en pleno agosto, conviene madrugar un poco: la carretera hacia el puerto se llena rápido y el silencio de la mañana dura poco.