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sobre Dehesa de Montejo
Pueblo de montaña rodeado de bosques de roble y haya; excelente para el turismo rural y actividades en la naturaleza.
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A las siete de la mañana, cuando el frío todavía baja desde la sierra y las nubes se quedan enganchadas en las cumbres cercanas, el olor que manda es el de la madera húmeda y la tierra recién mojada. Así empieza una mañana en Dehesa de Montejo. El pueblo aparece despacio: unas cuantas casas de piedra, tejados de teja vieja y humo saliendo de alguna chimenea si el día es frío. Aquí viven poco más de un centenar de personas y el caserío no es grande; en unos minutos se recorre la calle principal de punta a punta.
La altitud —algo más de mil metros— se nota enseguida en el aire limpio y en los inviernos largos. La Montaña Palentina marca el ritmo de todo: del clima, de los trabajos del campo y también de cómo se vive el tiempo.
Desde la puerta de la iglesia
Desde la puerta de la iglesia de San Pelayo, levantada en piedra y rematada por una torre sencilla con cruz de hierro, se entiende bien la escala del lugar. No hay grandes plazas ni avenidas. Solo calles cortas, corrales, balconadas de madera oscurecida por los años y algún huerto pegado a las casas.
La carretera que atraviesa el pueblo apenas tarda unos minutos en cruzarlo. Aun así conviene ir despacio: no es raro encontrarse un tractor, algún perro cruzando o vecinos caminando por el borde del asfalto.
Muchas viviendas conservan la estructura tradicional de la montaña palentina, con muros gruesos y portones amplios que en otro tiempo servían para guardar ganado o aperos. No ha habido grandes transformaciones urbanísticas y eso se nota en la continuidad del paisaje.
Los bosques después del último tejado
Nada más salir del núcleo aparecen los prados y, un poco más arriba, los bosques. Robles, hayas y pinos cubren buena parte de las laderas cercanas. En otoño el suelo se llena de hojas húmedas que crujen bajo las botas y el aire huele a setas y a madera caída.
Durante el verano la hierba crece alta en los prados y se oyen jilgueros y pinzones moviéndose entre los setos. También siguen presentes los animales de siempre: ovejas, cabras y algún cerdo que todavía se cría en corrales cercanos.
Es un paisaje que cambia mucho con las estaciones. En invierno puede amanecer con escarcha en los prados y las montañas del fondo cubiertas de nieve; en primavera aparecen pequeños arroyos que bajan con más agua hacia el valle.
Caminos que fueron vecinales
Por los alrededores salen varios caminos que durante años usaron los vecinos para moverse entre pueblos o para subir al monte. Algunos están señalizados y enlazan con otras localidades de la zona, como Cillamayor o Las Salas.
Son recorridos tranquilos, más de caminar que de hacer cumbre. Entre claros del bosque, a veces se abre la vista hacia las montañas más altas de la comarca, donde se dibujan perfiles conocidos como el Curavacas o Peña Prieta en días despejados.
Si se va a caminar conviene llevar agua y algo de abrigo incluso en verano. El tiempo en la montaña cambia rápido y la sombra de los bosques hace que la temperatura baje antes de lo que parece.
Animales que se ven al amanecer
Los animales aquí se ven poco y casi siempre a distancia. Al amanecer no es raro que algún corzo cruce un prado y desaparezca en cuanto nota movimiento. Los jabalíes dejan rastros en la tierra removida y por el cielo pasan rapaces que planean en silencio sobre los valles.
Quien venga con prismáticos suele buscar las primeras horas del día o el final de la tarde, cuando la luz cae más baja sobre los prados.
Cocina ligada al campo
La comida en esta zona sigue ligada al campo y al ganado. En los pueblos del entorno es habitual encontrar platos de cuchara, carne de vacuno o guisos hechos a fuego lento, acompañados de legumbres y quesos de la comarca.
En otoño aparece otro clásico: las setas. Mucha gente sale al monte con cesta cuando empieza la temporada, aunque conviene informarse bien antes de recoger nada. No todas son fáciles de identificar.
Verano: cuando vuelven las familias
Durante buena parte del año el pueblo es muy tranquilo. En verano cambia un poco el ambiente porque regresan familias que viven fuera y las casas se vuelven a abrir.
En agosto suele celebrarse la fiesta ligada a la iglesia, con misa, procesión y comidas compartidas entre vecinos y quienes vuelven esos días. No es una celebración grande, más bien un encuentro de gente que se conoce desde hace años.
Llegar sin prisa
Desde Palencia capital el trayecto ronda las dos horas por carretera, primero por la vía que sube hacia el norte y después por carreteras más pequeñas que ya entran en la montaña. Los últimos kilómetros son estrechos y con curvas; son para tomárselos con calma.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradecidos para acercarse: el campo está verde o lleno de hojas ocres y el monte se puede caminar bien. En invierno el paisaje puede ser muy bonito si ha nevado, aunque el frío aprieta y el pueblo queda especialmente silencioso.
El sonido dominante muchas veces es el viento moviendo las ramas o el crujido del hielo temprano en los charcos del camino. Un pueblo pequeño, metido en la montaña, que se entiende mejor caminando sin prisa por los alrededores.