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sobre Mota del Marqués
Villa histórica dominada por las ruinas de su castillo y la iglesia de San Martín; importante hito en la A-6
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A las siete de la mañana, el aire huele a tierra removida y cereal seco. El sol todavía va bajo, rozando los tejados de teja árabe y la silueta rota del castillo. Mota del Marqués aparece así, sobre un cerro en mitad de los Montes Torozos, con los campos extendiéndose alrededor como una mesa infinita de trigo y cebada. Desde la carretera se ve primero la torre, recortada contra un cielo muy abierto, y luego las casas de piedra agrupadas en la ladera.
Ronda los trescientos cuarenta habitantes y conserva ese ritmo pausado de los pueblos del páramo. El viento se mueve sin obstáculos por estas alturas; en verano levanta polvo y el olor seco de la paja, y en invierno trae un frío limpio que se nota en la cara al doblar cada esquina. Las calles suben y bajan entre fachadas donde todavía asoman escudos tallados. No es grande, pero conviene caminarlo despacio. Se oye el eco de los pasos contra el suelo irregular y, a veces, el chirrido de una persiana que suben.
El castillo y el viento
El castillo de los Ulloa ocupa la parte más alta. Hoy son muros fragmentados y una torre que sigue marcando el perfil del pueblo desde lejos. Las ruinas se pueden recorrer con libertad, con cuidado donde el terreno está más desmoronado.
Desde arriba se entiende la lógica del lugar: alrededor no hay montañas ni bosques, solo el páramo ondulado extendiéndose en todas direcciones. En días despejados la vista alcanza kilómetros de campos cultivados, una geometría de parcelas verdes o doradas. Cuando sopla viento —algo habitual— las rachas suben por la ladera y se cuelan entre las piedras con un silbido constante, un sonido que no para.
Si subes al atardecer, la luz cae oblicua sobre los sembrados y los vuelve cobrizos. Es el momento más tranquilo, cuando el sol calienta la piedra que ha estado fría todo el día.
La iglesia y la plaza despejada
En el centro está la iglesia de San Martín, con una fachada de aire gótico que sobresale entre las casas bajas. El interior no siempre está abierto; en pueblos como este depende de horarios muy concretos o de si hay alguien cerca con llave. Si coincides y la puerta cede, dentro hay un retablo barroco con figuras oscurecidas por el tiempo.
A pocos pasos está el rollo jurisdiccional, una columna de piedra sobria que recuerda cuando la villa tenía justicia propia. No es un monumento aparatoso: piedra clara, líneas simples y la plaza alrededor, casi siempre vacía. A mediodía, el sol cae a plomo sobre los adoquines.
Caminar donde termina el pueblo
Los caminos salen directamente al paisaje de cultivo. No hay grandes desniveles; son pistas agrícolas y senderos usados por tractores que te alejan entre parcelas de cereal.
En primavera el campo tiene un verde intenso y aparecen amapolas en los bordes. En verano todo se vuelve amarillo pajizo y el aire huele a grano seco. Si caminas al atardecer se escucha el roce del trigo con la brisa, un sonido como de papel viejo. Es fácil ver alguna ave esteparia volando muy baja, casi rozando la tierra.
Lleva agua y algo para el sol: en el páramo no hay sombra, solo alguna encina solitaria.
Comer con los pies en la tierra
La cocina aquí sigue el patrón castellano: platos contundentes para días fríos. El lechazo asado, las legumbres y los quesos de oveja suelen aparecer en las mesas cuando hay ocasión.
No es un lugar con mucha oferta ni horarios amplios. Si piensas comer en el pueblo, hazlo con calma y sin prisas; a veces solo hay un sitio abierto y la cocina cierra temprano.
Cuándo venir
El pueblo cambia con la estación. En verano el calor aprieta al mediodía y los campos son un mar amarillo. En invierno el páramo amanece cubierto de escarcha blanca y el viento corta.
Las fiestas de San Martín son en noviembre, cuando el otoño ya está avanzado y el ambiente es más de vecinos que de otra cosa.
Si buscas pasear tranquilo y ver el paisaje con buena luz, ven en primavera o en esos primeros días de otoño donde el aire ya es fresco pero el sol todavía calienta las piedras. Evita agosto a mediodía; es cuando todo parece dormido bajo una capa de calor quieto.