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sobre Villanubla
Sede del aeropuerto de Valladolid; pueblo de páramo con clima frío y tradición en la feria de los oficios
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no ha quemado la escarcha, el ronroneo de un avión despierta a Villanubla. Pasa tan bajo que por un momento parece que va a rozar las tejas de piedra clara. Desde el pequeño alto de la carretera de Portillo se ve bien: la pista del aeropuerto, algún hangar al fondo y, detrás, el pueblo extendido entre campos de cereal. En el turismo en Villanubla hay algo poco habitual en la meseta castellana: el día empieza mirando al cielo.
El viento que limpia la meseta
Villanubla huele a pan recién hecho y a tierra caliente cuando el sol empieza a subir. El viento —ese que corre por los Montes Torozos casi todo el año— mueve los almendros de los bordes del pueblo y hace vibrar los cables de la luz con un zumbido fino.
Caminar por la Calle Mayor es pasar de una escena a otra sin darte cuenta. A un lado aparecen casas bajas y naves recientes; al otro, caserones antiguos con escudos de piedra sobre la puerta y portones de madera muy gastada. En uno de esos edificios que aquí se conocen como la Casa de la Inquisición alguien ha tendido ropa en el balcón. El escudo sigue encima, algo erosionado, mirando a la plaza.
La iglesia de la Asunción suele estar abierta durante el día. Dentro huele a cera y a madera vieja. Las bóvedas de crucería conservan restos de color —azules oscuros, dorados apagados— que se perciben mejor cuando entra la luz de la tarde por las ventanas altas. En una capilla lateral, una talla de la Virgen mira hacia arriba con gesto sereno. Afuera, en la misma plaza, algún chaval cruza con patinete sobre las losas de piedra.
El convento en medio de los campos
A unos tres kilómetros del pueblo, en el paraje conocido como Fuente de los Ángeles, quedan restos de un antiguo convento franciscano. El camino suele hacerse por pista de tierra, entre parcelas de cereal que en primavera se vuelven de un verde muy vivo y en junio ya empiezan a dorarse.
Se llega caminando sin ruido, salvo el crujido de las botas sobre la grava o el motor lejano de algún tractor. Las ruinas aparecen de golpe: un arco de ladrillo, muros a media altura, alguna estancia abierta al cielo. Cerca brota la fuente que da nombre al lugar; el agua sale fría incluso en verano.
Durante la romería que tradicionalmente se celebra aquí en primavera, el paraje se llena de gente del pueblo. Fuera de ese día vuelve el silencio. Conviene llevar agua si vas andando: no hay servicios ni sombra continua y el sol de la meseta aprieta con facilidad a partir del mediodía.
Humo de leña los domingos
Alrededor del mediodía, sobre todo en fin de semana, el pueblo empieza a oler a leña y a carne asándose. Muchas casas mantienen hornos o parrillas en patios y garajes, y el humo sube despacio por las chimeneas.
En la plaza es fácil ver a los mayores sentados a la sombra cuando la hay —bajo el tilo o pegados a la pared— jugando a las cartas o simplemente mirando pasar la mañana. Aquí las comidas se alargan y rara vez empiezan temprano.
En agosto llegan las fiestas de la Virgen y el ambiente cambia bastante. Vuelven familias que tienen casa en el pueblo, las calles se llenan de mesas por la noche y hay música en la plaza. Durante esos días el tráfico y el ruido aumentan, algo a tener en cuenta si buscas tranquilidad.
Cómo llegar y cuándo venir
Villanubla está a unos quince minutos en coche de Valladolid. La carretera atraviesa campos abiertos y apenas tiene curvas, así que el trayecto es corto y claro. El aeropuerto de Valladolid se encuentra junto al propio municipio, algo que marca bastante el paisaje del lugar.
También hay autobuses que conectan con Valladolid, aunque la frecuencia puede variar según el día y suele reducirse los fines de semana y festivos. Conviene revisar los horarios antes de organizar la visita.
La primavera suele ser el momento más agradecido: los campos aún verdes contrastan con la tierra rojiza y el viento es más suave. En verano el sol cae de frente y hay poca sombra en los caminos hacia el convento. En invierno, en cambio, el aire de los Torozos corta las mejillas y el cielo se queda muchas veces en un gris pesado. Aquí el paisaje no cambia de golpe; se va notando poco a poco, como el olor del pan cuando empieza a salir del horno.