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sobre Villanubla
Sede del aeropuerto de Valladolid; pueblo de páramo con clima frío y tradición en la feria de los oficios
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A escasos kilómetros de Valladolid, en plena comarca de los Montes Torozos, se alza Villanubla a 843 metros de altitud, con ese perfil limpio de la meseta castellana donde el cielo manda y el horizonte se estira sin prisas. Este municipio de casi 3.000 habitantes ha sabido mantener su esencia rural mientras crece al calor de su cercanía con la capital provincial, con vida de pueblo entre semana y cierto trasiego de gente que entra y sale por trabajo.
Los Montes Torozos, esa plataforma calcárea que se eleva sobre las tierras circundantes, dan a Villanubla un carácter reconocible: inviernos fríos, veranos secos y mucha luz. Desde sus calles se percibe la amplitud de las llanuras cerealistas castellanas, pero también la promesa de los páramos y vallejos que invitan a salir a caminar sin grandes complicaciones, siguiendo caminos que usan los vecinos de toda la vida.
Villanubla es conocido en toda la región por albergar el aeropuerto de Valladolid, pero sería un error quedarse solo con esta imagen. Más allá de las pistas de aterrizaje late un pueblo real, con su patrimonio, sus tradiciones y una comunidad que conserva el pulso de la vida rural castellana en pleno siglo XXI. El ruido de los aviones está ahí, pero no lo domina todo: en cuanto te alejas un poco del entorno del aeropuerto, la sensación es la de cualquier pueblo de los Montes Torozos, con tractors, saludos a media calle y ese ritmo que marca el campo.
¿Qué ver en Villanubla?
El corazón patrimonial de Villanubla se concentra en su iglesia parroquial de Santa María, un templo que conserva elementos de diferentes épocas y que testimonia los siglos de devoción de estas tierras. Su arquitectura refleja las transformaciones típicas de las iglesias castellanas, con reformas que van del gótico tardío a intervenciones barrocas posteriores. Conviene mirarla con calma por fuera, fijándose en volúmenes y añadidos, antes de entrar; no es una iglesia de postal, pero sí de las que cuentan bien la historia de un pueblo.
Pasear por el casco urbano permite descubrir la arquitectura tradicional de los Montes Torozos, con esas construcciones de piedra y ladrillo que caracterizan los pueblos de la comarca. Algunas casonas antiguas conservan escudos nobiliarios y portadas que recuerdan tiempos pasados, cuando estas tierras estaban salpicadas de pequeñas explotaciones señoriales. El pueblo no es grande: en una hora, caminando despacio, puedes hacerte una buena idea de su estructura y de sus rincones, sin necesidad de ir con el mapa en la mano.
Pero el verdadero tesoro de Villanubla es su entorno natural cercano. Los Montes Torozos forman un paisaje muy representativo de la meseta central: valles encajados entre páramos, encinares y quejigares que rompen la monotonía del cereal, y un silencio que solo se interrumpe con el canto de las aves y, de vez en cuando, con el paso de algún avión. Los pequeños altos y miradores naturales en las cercanías del pueblo permiten contemplar amplias panorámicas de la Tierra de Campos y, en días despejados, divisar las torres de Valladolid. No esperes bosques espesos ni montañas; aquí manda el llano, el cielo y la línea recta de los caminos.
Qué hacer
Villanubla es un buen punto de partida para explorar los Montes Torozos a pie o en bicicleta, sobre todo si no buscas grandes desniveles ni rutas técnicas. Existen caminos agrícolas y pistas que recorren los páramos y descienden hacia los vallejos, donde la vegetación se hace más densa y aparecen manantiales y arroyos estacionales. Estas caminatas permiten observar rapaces como el milano real o el cernícalo común, muy presentes en la zona, además de corzos y liebres si madrugas un poco. El terreno es sencillo, pero las distancias engañan: la vista se abre tanto que parece que todo está más cerca de lo que luego marcan las piernas.
Para los aficionados al cicloturismo, las carreteras comarcales que conectan Villanubla con localidades vecinas como Mucientes, Fuensaldaña o Wamba permiten enlazar varios pueblos en una misma salida, con tráfico moderado y rectas largas típicas de la meseta. Los paisajes ganan en interés en primavera, cuando los campos se tiñen de verde intenso, y en verano tras la siega, con los rastrojos dorados y las pacas en los bordes de los caminos. Conviene llevar agua de sobra: fuera del casco urbano no hay muchas sombras ni fuentes.
La gastronomía local es la de la meseta castellana en estado puro: lechazo asado, productos de la matanza, legumbres de la tierra y, muy especialmente, el pan de Valladolid que se elabora en varios obradores de la zona. Los bares y restaurantes del pueblo sirven comida casera donde el recetario tradicional es protagonista, sin grandes florituras pero con raciones abundantes. No faltan los quesos de oveja de producción artesanal de la comarca ni los vinos de las cercanas denominaciones de origen Cigales y Rueda, presentes en muchas mesas del día a día. Aquí se come como se ha comido siempre en los pueblos de alrededor: contundente y sin prisa.
Fiestas y tradiciones
El calendario festivo de Villanubla mantiene vivo el espíritu de las celebraciones rurales castellanas. Las fiestas patronales se celebran en honor a Santa María en torno al 15 de agosto, con verbenas, actos religiosos y actividades para toda la familia que llenan de vida las calles durante varios días. Es cuando más gente vuelve al pueblo y se nota en cualquier plaza.
En septiembre tiene lugar otra celebración significativa que reúne a vecinos y visitantes, momento en el que el pueblo recupera tradiciones como las danzas castellanas y los juegos populares. Como en toda Castilla, la Semana Santa se vive con devoción, con procesiones que recorren las calles principales y un ritmo más lento de lo habitual.
Las festividades del calendario invernal, especialmente en torno a San Antón en enero, mantienen costumbres ancestrales relacionadas con la bendición de animales y las hogueras comunales. En estas fechas el frío aprieta, pero también es cuando mejor se percibe la vida de interior: bares llenos, paseos cortos y conversación larga. Si vas entonces, lleva buen abrigo y ganas de meterte en la vida cotidiana más que de hacer turismo al uso.
Cuándo visitar Villanubla
La primavera (abril-mayo) y el otoño (septiembre-octubre) son buenos momentos para disfrutar del entorno natural con temperaturas agradables y menos contraste térmico entre el día y la noche. El verano castellano puede ser muy caluroso en las horas centrales, pero las noches suelen ser frescas gracias a la altitud y el aire seco, así que conviene organizar los paseos temprano o a última hora. El invierno es frío, ventoso a veces, pero quienes buscan la Castilla más sobria y silenciosa la encuentran aquí sin adorno: nieblas, cielos claros y campos desnudos.
Si te interesa ver los campos en su punto más fotogénico, la segunda mitad de primavera suele ser el mejor momento; si lo que te puede la curiosidad por la vida de pueblo, las semanas de fiestas de agosto concentran bastante ambiente, aunque el calor obligue a respetar la siesta.
Información práctica
Cómo llegar: Villanubla se encuentra a solo 9 kilómetros al noroeste de Valladolid capital, con acceso directo por la carretera N-601 (dirección León) o la VA-900. La conexión es buena tanto en vehículo particular como en transporte público, con líneas regulares de autobús que suelen tener varias frecuencias al día [VERIFICAR]. En coche, desde el centro de Valladolid se tarda unos 15–20 minutos, según tráfico.
Consejos: Villanubla encaja bien como escapada de medio día desde Valladolid, combinando un paseo tranquilo por el pueblo con algo de campo cercano. Si piensas caminar por el entorno, lleva calzado cómodo y algo de abrigo extra fuera de verano: en el páramo el viento se nota. No esperes un gran casco histórico monumental, sino un pueblo de los Montes Torozos donde la gracia está en observar el paisaje, la luz y el ritmo cotidiano más que en ir tachando puntos de una lista.
Si solo tienes unas horas
En dos o tres horas te da tiempo a:
- Pasear por el centro, ver la iglesia de Santa María y asomarte a las calles que salen hacia el páramo.
- Llegar caminando por alguno de los caminos agrícolas cercanos para tener una vista abierta de los campos.
- Tomar algo tranquilo en el pueblo antes de volver a Valladolid.
El pueblo se recorre sin prisas y sin necesidad de preparar nada complicado: basta con mirar al cielo, al horizonte y al reloj para no meterse en las horas más duras de calor en verano.
Lo que no te cuentan
Villanubla se ve rápido. No es un destino para pasar varios días haciendo turismo, sino más bien una parada pausada dentro de una ruta por los Montes Torozos o una escapada corta desde la capital. Las fotos pueden dar sensación de un paisaje más “variado” de lo que luego hay: el encanto está en los matices del llano, en cómo cambia la luz sobre los mismos campos una y otra vez. Si vienes con esa expectativa, sales ganando.