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sobre Nava de la Asunción
Una de las villas más grandes; ligada al poeta Jaime Gil de Biedma y con gran actividad cultural
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Nava de la Asunción es de esos pueblos que te reciben con la puerta de la iglesia abierta y olor a leña en el aire. No es el tipo de sitio que te entra por los ojos en una foto de Instagram, pero sí uno de esos lugares donde las cosas siguen funcionando: el pan sale del horno por la mañana, el vino se bebe en vaso y los vecinos primero te miran con curiosidad y luego te preguntan de dónde vienes.
El orgullo de ser Villa desde 1773
Carlos III tuvo un día generoso y le dio el título de Villa a Nava en 1773. No fue porque sí: aquí se movía cereal, había viñas y el pueblo tenía peso en la zona. La Real Cédula añadió "La Asunción" al nombre, porque la Virgen de la Asunción es la patrona y la que da nombre a la iglesia que manda en la plaza.
La iglesia actual es barroca, del siglo XVIII, aunque antes hubo una románica y todavía se intuye en algunas piedras reaprovechadas. No es la Catedral de Burgos, claro, pero tiene su presencia: un retablo dorado que brilla cuando entra el sol a ciertas horas y unas campanas que siguen marcando el ritmo del pueblo más que cualquier reloj.
Si caes por aquí en fiestas, que suelen celebrarse a mediados de agosto, verás la plaza llena y a la gente vestida para la ocasión. No es un evento pensado para quien viene de fuera; es más bien el momento del año en que el pueblo entero se junta y alarga la noche.
Vino, lechazo y otras razones para parar
Hablar de Nava de la Asunción sin mencionar la comida es como pasar por Segovia y no mirar el Acueducto. Aquí el lechazo no es una especialidad de carta: es algo que se ha hecho siempre. Los hornos de leña siguen siendo la referencia, y el resultado suele ser sencillo y directo, sin adornos.
Hay otra cosa que se repite mucho en las mesas: vino de la zona de Rueda, sobre todo verdejo. Nada de discursos sobre aromas o matices; te lo sirven, lo pruebas y listo. Si te gusta, sigues con el mismo.
Y luego están los platos de cuchara que aparecen cuando hace frío: judiones guisados con su compango, recetas que vienen de casa y que se han quedado así, sin necesidad de reinventarlas.
Las rutas que no salen en las guías
Si vienes en coche y solo das una vuelta por el pueblo, tampoco pasa nada. Nava se ve rápido. Pero si te apetece estirar las piernas, el terreno alrededor es muy agradecido para caminar o pedalear.
Hay caminos que enlazan con la antigua Comunidad de Villa y Tierra de Coca y que pasan por pueblos cercanos como Moraleja o Coca. Son recorridos largos, de esos que se hacen mejor sin prisa y con algo de agua en la mochila.
Otra opción es seguir el curso del río Voltoya hacia Coca. El camino es sencillo y bastante llano, típico paisaje de campiña segoviana: pinar, tierra de cultivo y silencio. Eso sí, conviene ir preparado porque en medio del campo no hay dónde parar a comprar nada y la cobertura del móvil aparece y desaparece cuando quiere.
También hay rutas que enlazan varias iglesias antiguas de la zona, algunas con restos románicos o detalles medievales. Incluso si no sabes distinguir estilos, merece la pena entrar y sentarse un momento. En estos pueblos el silencio dentro de una iglesia sigue siendo silencio de verdad.
El poeta, la fuente y el pueblo que no se vacía
Nava presume —y con razón— de ser la cuna de Claudio Rodríguez, uno de los poetas importantes del siglo XX en España. La casa donde nació sigue en el pueblo y tiene una placa que lo recuerda. Cuando preguntas por él, la gente suele hablar de "Claudio" como si todavía formara parte del vecindario.
La Fuente del Caño del Obispo, que se suele situar en el siglo XVII, es otro de esos rincones cotidianos que dicen bastante del lugar. Nada monumental: una fuente de piedra, agua corriendo y bancos cerca. Los domingos por la mañana es fácil ver a los mayores sentados allí comentando las noticias del pueblo.
En el término municipal también quedan restos de antiguos despoblados, como el de El Lomo. No está señalizado como si fuera un yacimiento visitable. De hecho, lo normal es que alguien del pueblo te explique más o menos por dónde tirar si preguntas.
Mi consejo honesto
Nava de la Asunción no es un pueblo que te robe el corazón en cinco minutos. No tiene un castillo sobre una colina ni un monumento que obligue a sacar la cámara nada más llegar.
Pero tiene otra cosa: vida cotidiana. Calles con gente, comercios abiertos, chavales pasando en bici, conversaciones largas en la plaza. Ese tipo de pueblo que todavía funciona como pueblo.
Mi consejo es sencillo: date una vuelta sin prisa. Pasa por la plaza, entra en la iglesia si está abierta y siéntate un rato a mirar cómo va el día. A veces alguien acabará preguntándote qué haces por aquí.
Y si te sientas a comer lechazo, hazlo como se hace siempre: sin complicaciones y compartiendo. Si sobra, suele acabar envuelto para llevar. No tiene ceremonia, pero muchas veces sabe mejor que sitios mucho más famosos.
Nava de la Asunción no intenta parecer otra cosa. Y eso, tal como están las cosas, ya dice bastante.