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sobre Navalmanzano
Localidad dinámica en tierra de pinares; destaca por su ermita y actividad agrícola
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Las campanas de San Pedro repican a las siete de la tarde y el eco se pierde entre los pinos. Desde la plaza, donde un olivo viejo da algo de sombra en los meses de calor, se ve cómo la luz baja del otoño se posa sobre los campos que rodean Navalmanzano. En esta parte de la Tierra de Pinares el aire suele traer dos olores muy claros: tierra húmeda después de regar y resina de pino calentada por el sol.
Navalmanzano es un pueblo pequeño de la provincia de Segovia, rodeado por ese paisaje tan propio de la comarca: pinares extensos por un lado y parcelas de cultivo por otro. No hay grandes monumentos ni calles pensadas para el turismo. Lo que hay es ritmo de pueblo agrícola, de esos donde todavía se nota cuándo empieza la temporada de un cultivo y cuándo toca recoger.
El tiempo que aquí se mide en cosechas
Navalmanzano no funciona con la prisa de las ciudades cercanas. El calendario lo marcan los cultivos: la campaña del fresón en primavera, las patatas que se levantan del suelo a finales de verano, las primeras lluvias de otoño que hacen que mucha gente mire hacia el pinar pensando en setas.
La plaza mayor es sencilla, abierta y con soportales en el edificio del ayuntamiento. A ciertas horas todavía se forman corrillos. Las conversaciones van de lo mismo que en casi cualquier pueblo agrícola: cómo viene el precio de la cosecha, si ha helado demasiado pronto o cuándo llegará el próximo riego.
La iglesia de San Pedro Apóstol se levanta en una zona algo más alta del casco urbano. La torre se ve desde casi cualquier punto del pueblo y sirve de referencia cuando uno vuelve caminando desde los caminos del pinar. Desde allí arriba los tejados rojizos se mezclan con patios interiores y pequeñas huertas. Hacia el oeste empiezan los pinares, largos y bastante densos; hacia el este el terreno se abre en parcelas de cultivo que cambian mucho de aspecto según la estación.
Caminos entre pinos a las afueras del pueblo
Apenas salir del casco urbano empiezan los caminos de tierra. Muchos vecinos los recorren andando o en bicicleta al atardecer, cuando el sol baja y el olor a resina se vuelve más intenso entre los pinos.
Uno de esos caminos sube suavemente hacia una pequeña ermita dedicada a Santa Juliana. El recorrido no es largo, pero en verano conviene hacerlo temprano o al caer la tarde porque el sol cae con fuerza en esta zona abierta de la campiña segoviana. Desde arriba se entiende bien cómo el pinar llega casi hasta las primeras casas.
En los meses de otoño, sobre todo después de varios días de lluvia, hay bastante movimiento de gente que entra al monte con cesta y navaja. La recogida de setas forma parte de la vida en la comarca, aunque los vecinos suelen ser discretos con los lugares donde salen.
Cuando llega agosto
Agosto cambia bastante el ambiente. Durante las fiestas de San Roque el pueblo se llena de familiares que vuelven unos días y de gente de los alrededores. La plaza y las calles cercanas concentran casi todo: música por la noche, comidas populares y los encuentros que solo ocurren una vez al año cuando coinciden varias generaciones.
Fuera de esas fechas el ritmo vuelve a ser tranquilo. Por la mañana se oye abrir las puertas de las cocheras, algún tractor saliendo hacia el campo y el movimiento corto de quien hace la compra o se acerca a recoger el pan.
Fresones, pinares y cocina de casa
El fresón es uno de los cultivos más conocidos del término municipal. En primavera los campos se llenan de túneles de plástico y cajas de recolección. Es habitual ver pequeños puestos o carteles de venta directa en las carreteras cercanas cuando la campaña está en marcha.
La cocina del pueblo gira alrededor de lo que da la tierra y de lo que siempre ha habido en la zona: patatas, productos de matanza, cordero y platos de cuchara que en invierno se agradecen cuando sopla el aire frío del pinar. Son recetas de casa, de las que se hacen sin medir demasiado y con lo que haya ese día en la despensa.
Si te acercas a Navalmanzano, un buen momento suele ser la primavera —cuando el campo está más verde y hay actividad en los cultivos— o el otoño, cuando el pinar huele fuerte a resina y el silencio vuelve a las calles después del verano. Entre semana el pueblo se mueve con su ritmo habitual; los fines de semana puede parecer más tranquilo de lo que muchos esperan.