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sobre Alconada de Maderuelo
Pequeño núcleo rural cerca del embalse de Linares; destaca por su tranquilidad y proximidad a espacios naturales protegidos
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A primera hora de la mañana, cuando el aire todavía guarda la frescura de la noche, las casas de piedra y adobe de Alconada de Maderuelo reflejan una luz pálida, casi grisácea, que marca bien las grietas de los muros y las aristas de las tapias. El turismo en Alconada de Maderuelo empieza así, con silencio. No hay tráfico ni persianas levantándose. A veces solo se oye el batir de alas de alguna cigüeña en los tejados y el viento que llega desde los campos abiertos.
Situada a unos 946 metros de altitud, en las parameras del nordeste segoviano, la aldea pertenece a la antigua Comunidad de Villa y Tierra de Maderuelo. Cerca quedan el embalse de Linares del Arroyo y, algo más al norte, las primeras laderas de la sierra de Ayllón. El paisaje aquí es ancho y poco arbolado: cereal, manchas de encina y praderas donde todavía se reconocen corrales de piedra y viejas divisiones de las fincas.
En primavera el color cambia rápido. Entre el verde del cereal aparecen amapolas y margaritas, y el suelo —cuando ha llovido la noche anterior— huele a tierra removida y a hierba fresca.
La iglesia y las casas: un pueblo hecho para trabajar la tierra
El centro del pueblo lo ocupa la iglesia parroquial de San Andrés. Es una construcción sobria, de mampostería, con una espadaña sencilla que sobresale sobre los tejados. No es grande ni monumental, pero desde casi cualquier punto del caserío se ve su silueta.
Las calles son cortas y sin asfaltar en varios tramos. Al caminar despacio se reconocen detalles que hablan de la vida agrícola que sostuvo el lugar durante generaciones: portones anchos de madera, corrales pegados a las viviendas, hornos de pan adosados a algunas fachadas y pequeñas bodegas excavadas en la roca donde antes se guardaban vino o alimentos.
Muchas casas conservan la piedra vista o el adobe original. Algunas están bien cuidadas; otras muestran puertas torcidas, muros erosionados por el viento y los inviernos largos de esta zona. Todo forma parte del mismo paisaje.
Los caminos de alrededor
Alrededor de Alconada no hay rutas señalizadas ni paneles explicativos. Lo que hay son caminos agrícolas que salen entre las últimas casas y se pierden entre las lomas suaves del cereal.
Un paseo sencillo consiste en seguir cualquiera de estos caminos durante media hora y luego volver por otra traza paralela. Desde las pequeñas elevaciones se ve el pueblo entero: un puñado de tejados, la espadaña de la iglesia y, alrededor, kilómetros de campo abierto.
Conviene venir con calzado cómodo y evitar los días de barro después de lluvias fuertes. El terreno arcilloso se pega a las suelas y caminar se vuelve más pesado de lo que parece.
Aves y silencio en las parameras
Estas parameras del nordeste segoviano tienen bastante vida si se camina en silencio. El aguilucho cenizo suele verse planeando bajo sobre los campos en busca de roedores. También es fácil escuchar alondras, que cantan mientras suben casi en vertical hasta perderse en el cielo.
A primera hora o al caer la tarde aparecen otras aves más discretas. A veces se oye el reclamo del alcaraván desde el suelo pedregoso de los barbechos.
No hace falta prismáticos para disfrutar del paseo, aunque ayudan si te interesa la observación de aves.
Comer y moverse por la zona
En el propio pueblo no hay bares ni tiendas, así que conviene llegar con agua o algo de comida si se piensa caminar por los alrededores. Para comer o hacer una parada más larga hay que acercarse a otros pueblos de la zona o a la cercana villa de Maderuelo.
Maderuelo queda a pocos kilómetros y conserva murallas, calles estrechas y varias iglesias románicas. El embalse de Linares del Arroyo también está cerca y cambia bastante el paisaje, sobre todo al atardecer cuando el agua refleja el cielo de la meseta.
Un ritmo muy pequeño
En verano suele reunirse más gente, sobre todo en agosto, cuando regresan familias que mantienen casa en el pueblo. Durante esos días puede haber celebraciones sencillas organizadas por los propios vecinos.
El resto del año Alconada vuelve a su escala habitual: muy pocas casas habitadas y un silencio que al principio sorprende. Lo mejor es llegar sin prisa, caminar un rato por los caminos y quedarse un momento quieto junto a la iglesia o en cualquiera de las lomas cercanas, mirando cómo cambia la luz sobre los campos. Aquí el tiempo se mide más por el viento y las estaciones que por el reloj.