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sobre Aldealengua de Santa María
Pueblo tranquilo en el nordeste segoviano; su entorno es ideal para el descanso y el contacto con la naturaleza esteparia
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Las campanas de la iglesia repican a las siete de la mañana cuando el sol todavía no ha terminado de levantar sobre la loma. Desde la ventana de la casa donde paso la noche veo cómo la niebla se desliza por el valle del Riaza, lenta, como si fuera agua fría. En la plaza hay un gato negro que se estira, se lame las patas y desaparece entre las casas de piedra rojiza. Nadie más se mueve. Solo el viento.
Aldealengua de Santa María, en el nordeste de Segovia, es uno de esos pueblos pequeños —alrededor de medio centenar de vecinos durante el año— que rara vez aparecen en las guías grandes. El caserío se despliega sobre una loma desde la que se intuye el embalse de Linares y el paisaje abierto de esta parte de la provincia. No está en una carretera de paso: para llegar hay que desviarse con intención, atravesar campos y aceptar que el ritmo aquí es otro.
El olor de los hornos y el silencio de las calles
A media mañana el sol empieza a calentar las fachadas. De alguna chimenea sale olor a leña seca y a masa dulce horneándose. En varios pueblos de esta zona todavía se utilizan hornos de leña para preparar dulces y pan en días señalados, y el aroma se queda flotando entre las calles estrechas.
Me cruzo con una vecina que lleva un cesto de ropa recién lavada. Me mira, asiente y sigue su camino cuesta arriba. En pueblos así la conversación no es obligatoria. Cada uno sigue con lo suyo y el silencio forma parte del lugar.
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción ocupa el centro del pueblo. La portada de piedra, de aire románico, tiene capiteles gastados donde todavía se distinguen animales y figuras talladas. La piedra está pulida por siglos de manos que han pasado por allí. Dentro, la luz entra muy despacio por las ventanas pequeñas y el olor mezcla cera, madera antigua y humedad fría.
No es una iglesia grande. Tiene el tamaño justo para un pueblo que nunca lo fue.
La cañada que atraviesa el campo
A la salida del pueblo pasa la Cañada Real Segoviana. Hoy es un camino ancho de tierra por el que se puede caminar durante kilómetros entre encinas y quejigos, pero durante siglos fue una de las rutas de la trashumancia. Por aquí bajaban los rebaños de merinas hacia los pastos de invierno.
El terreno se abre enseguida. El suelo cruje bajo las botas, seco, con ese polvo claro de la meseta que se pega al pantalón. De vez en cuando aparece algún mojón de piedra que marcaba el paso ganadero. Sobre la cañada planean buitres leonados; apenas baten las alas, solo giran aprovechando las corrientes de aire.
Si sales a caminar al mediodía en verano, el sol cae de lleno y casi no hay sombra. Merece más la pena hacerlo temprano o al atardecer, cuando el campo baja un poco la temperatura y el viento empieza a moverse.
Cuando el pueblo vuelve a llenarse
Durante buena parte del año Aldealengua es tranquilo, incluso silencioso. En verano la escena cambia. Llegan familias que mantienen casa aquí desde hace generaciones y las calles vuelven a tener niños corriendo y conversaciones largas en la plaza.
Alrededor de mediados de agosto suelen celebrarse las fiestas dedicadas a la Virgen de la Asunción y a San Roque. Son días en los que el pueblo recupera voces que durante el invierno no están. Aparecen mesas largas, comida preparada en casa, guitarras que pasan de mano en mano cuando cae la noche.
Quien llegue en esas fechas encontrará más movimiento del habitual: coches aparcados donde buenamente caben y mucha vida en torno a la plaza. El resto del verano, entre semana, el ambiente vuelve a ser mucho más pausado.
Cómo moverse por Aldealengua de Santa María
Conviene dejar el coche en la entrada y recorrer el pueblo andando. Las calles son estrechas y con bastante pendiente. Un paseo corto basta para orientarse: iglesia, plaza y algunas calles que suben hacia las casas más altas.
Aquí no hay tienda ni bar abiertos de forma regular, así que es buena idea traer agua o algo de comida si piensas pasar varias horas. Los servicios más cercanos están en pueblos mayores de la zona.
En invierno la niebla del valle puede quedarse varios días y el frío se mete en las piedras. En primavera, en cambio, el paisaje alrededor se vuelve más verde y el aire huele a tierra húmeda.
Cuando te marches, justo antes de salir del todo, merece la pena mirar atrás un momento. El pueblo queda pegado a la loma, con las chimeneas finas y los tejados oscuros. Si la luz cae de lado —a primera hora o al final de la tarde— las fachadas toman un tono rojizo muy suave. Entonces Aldealengua parece casi suspendido sobre el campo, quieto, como si todavía no hubiera decidido si es mañana o tarde.