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sobre Castroserracín
Uno de los pueblos más altos de la zona; ofrece vistas espectaculares y aire puro
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En las tierras altas del nordeste segoviano, donde la meseta castellana comienza a quebrarse en valles y cerros, Castroserracín se alza a 1148 metros de altitud como un testimonio vivo de la España rural más auténtica. Con apenas 24 habitantes censados, esta pequeña aldea conserva la esencia de los pueblos serranos de Castilla y León, donde el tiempo parece discurrir a otro ritmo y las tradiciones perviven en cada piedra de sus construcciones.
El paisaje que rodea a Castroserracín es de una belleza austera y sincera: campos de cereal que se extienden hasta el horizonte, pequeños bosquetes de encinas y sabinares, y el cielo infinito de Castilla como telón de fondo. Aquí, lejos del turismo masificado, es fácil desconectar de verdad: no hay grandes reclamos, ni prisas, ni ruido, solo el viento entre los álamos y el canto de las aves. Eso sí: si buscas “cosas que hacer” en el sentido clásico, mejor piensa en Castroserracín como un alto tranquilo en la ruta, no como un destino lleno de actividades.
Visitar Castroserracín es adentrarse en la memoria de la Castilla profunda, esa que conserva con orgullo su arquitectura tradicional de piedra y adobe, sus corrales y pajares, sus callejas empedradas que invitan al paseo tranquilo. Es un lugar para quienes buscan autenticidad sin filtros, para los aficionados a la fotografía rural y para cualquiera que necesite aire puro y un poco de silencio.
Qué ver en Castroserracín
El principal atractivo de Castroserracín está en el propio pueblo. El caserío tradicional constituye en sí mismo un conjunto de interés etnográfico, con viviendas de arquitectura popular serrana construidas en piedra y mampostería, con sus balconadas de madera y tejados de teja árabe. Pasear por sus calles es como recorrer un pequeño manual de cómo se ha vivido durante décadas en los pueblos de la zona. Se recorre rápido: en menos de una hora te habrás hecho una buena idea del conjunto.
La iglesia parroquial preside el núcleo urbano con su sobria presencia, mostrando las características del románico rural segoviano con reformas posteriores. Como en muchos pueblos de la comarca, estos templos fueron durante siglos el centro de la vida comunitaria y hoy son testimonios arquitectónicos de gran valor histórico. No siempre está abierta, así que conviene preguntar a algún vecino si se quiere ver el interior, y tener presente que no hay un horario turístico al uso.
Los alrededores del pueblo ofrecen paisajes de páramo y campiña muy agradables para caminar, observar la naturaleza o, simplemente, mirar lejos. La altitud y la escasa contaminación lumínica convierten a Castroserracín en un lugar muy interesante para contemplar el cielo estrellado en las noches despejadas, algo que muchos ya han olvidado en las ciudades. Si te quedas hasta después del anochecer, lleva abrigo incluso en verano: refresca más de lo que parece.
Los campos circundantes, con sus tonalidades cambiantes según la estación —verdes en primavera, dorados en verano, ocres en otoño— componen estampas de una belleza serena que han inspirado a pintores y fotógrafos. Es territorio de caza menor, con perdices y liebres, y no es raro avistar rapaces como el milano o el busardo ratonero.
Qué hacer
Castroserracín es un destino de turismo de naturaleza y desconexión muy sencillo y muy honesto. Las rutas de senderismo por los caminos rurales que parten del pueblo permiten conocer el territorio del nordeste segoviano, adentrándose en paisajes de páramo donde la sensación de inmensidad resulta casi terapéutica. Son pistas anchas y caminos tradicionales, los mismos que conectaban históricamente las pequeñas aldeas de la zona, así que no esperes senderos “preparados” ni cartelería abundante: aquí te orientas por los caminos y por el sentido común.
La fotografía de paisaje rural encuentra aquí un escenario especialmente agradecido, sobre todo durante los amaneceres y atardeceres, cuando la luz dorada baña los campos y las construcciones de piedra adquieren tonalidades cálidas muy fotogénicas. Si te gustan las texturas de muros viejos, viejas tenadas y cielos enormes, vas a ir entretenido con la cámara.
Para los aficionados al turismo ornitológico, la zona ofrece oportunidades de observación de aves esteparias y rapaces. La primavera es especialmente interesante, cuando llegan las especies migratorias y los campos reverdecen.
En cuanto a la gastronomía, la cocina tradicional serrana se basa en productos de la tierra: el lechazo asado, las legumbres de la zona, las setas en temporada otoñal y los productos derivados del cerdo. En el propio pueblo la oferta es muy limitada o nula según la época, así que lo razonable es contar con alojamientos o bares en otros núcleos cercanos y venir aquí a pasear y respirar tranquilidad. Piensa en Castroserracín más como lugar de paseo que como sitio donde sentarte a comer.
Fiestas y tradiciones
A pesar de su reducida población, Castroserracín mantiene vivas sus tradiciones festivas, que constituyen momentos de especial interés para quien quiera conocer las costumbres locales. Las fiestas patronales suelen celebrarse durante el verano, generalmente en agosto, cuando muchos emigrantes regresan al pueblo y la aldea recupera temporalmente parte de su antigua vitalidad.
Durante estas celebraciones se organizan actos religiosos, comidas populares y momentos de convivencia que permiten conocer de primera mano la hospitalidad castellana. En estas fechas el ambiente cambia por completo: donde el resto del año manda el silencio, en verano hay música, charlas largas y niños corriendo por las calles.
Información práctica
Cómo llegar: Castroserracín se encuentra en el nordeste de la provincia de Segovia. Desde Segovia capital, situada a unos 90 kilómetros, se accede tomando la N-110 en dirección a Soria y continuando luego por carreteras comarcales que atraviesan paisajes típicos de la campiña segoviana. El tiempo de viaje ronda algo más de una hora, según tráfico y paradas. Son carreteras secundarias, así que conviene no tener prisa y evitar horarios de niebla en invierno.
Mejor época para visitar: La primavera (abril-mayo) y el otoño (septiembre-octubre) son las estaciones más recomendables, con temperaturas suaves y paisajes especialmente agradables para caminar y fotografiar. El verano, aunque caluroso durante el día, ofrece noches frescas y es la época de las fiestas. El invierno puede ser riguroso debido a la altitud: frío serio, heladas y, algunos años, nieve. Si no llevas bien el viento cortante y los días cortos, mejor elige otra estación.
Consejos prácticos: Lleva calzado cómodo para caminar por caminos de tierra, ropa adecuada a la estación (en invierno puede hacer mucho frío y el viento corta) y, si vas a pasar varias horas, algo de agua y comida, porque no siempre encontrarás servicios cerca. Respeta el entorno rural, cierra las cancelas que encuentres abiertas, no invadas fincas privadas y saluda a los vecinos: en los pueblos pequeños, el trato cercano marca la diferencia.
Errores típicos
- Esperar “mucho que ver”: Castroserracín es muy pequeño. En una mañana lo habrás recorrido entero; el resto es disfrutar del paisaje y del silencio. Si buscas monumentos, museos o una ruta muy marcada, te sabrá a poco.
- Confiarse con los servicios: no des por hecho que vas a encontrar bar abierto, tienda o restaurante. Organiza las comidas en otro pueblo y lleva lo básico en el coche.
- Ir con prisas: no tiene sentido llegar hasta aquí para estar 20 minutos y seguir. El valor está en el paseo lento, hablar un rato con quien pilles en la calle y quedarte a ver la luz cambiar sobre los campos.
Si solo tienes…
Si solo tienes 1–2 horas
Pasea sin prisa por el casco urbano, rodea la iglesia, asómate a la entrada de los caminos que salen del pueblo y sube a cualquier pequeño alto cercano para tener una vista general del caserío rodeado de campos. No hace falta plan: aquí la gracia está en ir despacio y dejar que el pueblo se te acabe pronto… para centrarte en el paisaje.
Si tienes el día entero
Puedes combinar la visita a Castroserracín con otros pueblos del nordeste de Segovia y dedicar las horas centrales del día a caminar por los caminos rurales, comer en algún núcleo mayor de la zona y regresar al atardecer para ver cómo cae la luz sobre el páramo y, si te quedas hasta la noche, disfrutar del cielo estrellado. Aquí el plan no va de “hacer cosas”, va de estar, mirar y respirar.