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sobre Maderuelo
Villa medieval amurallada sobre el embalse de Linares; uno de los pueblos más bonitos de España
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A las once de la mañana, una luz grisácea entra por las ventanas de piedra de la iglesia de Santa María y deja franjas duras sobre los bancos de madera. En la plaza apenas se oye nada: el roce de unas suelas contra el empedrado, el golpe seco de una persiana que se abre, el canto de un mirlo que rebota entre las fachadas. El turismo en Maderuelo empieza casi siempre así, con una sensación de silencio alto, interrumpido solo por el viento que pasa por las murallas y por las cigüeñas que ocupan las torres más visibles.
El pueblo se levanta sobre un promontorio rocoso, a algo más de novecientos metros de altitud, mirando hacia el embalse de Linares del Arroyo. Cuando el nivel del agua está alto, el caserío parece una lengua de tierra rodeada por agua tranquila; en épocas secas quedan al descubierto orillas anchas de barro cuarteado y piedra clara. Ese cambio constante modifica mucho el paisaje. Hay días en que el embalse refleja las nubes como un espejo apagado, y otros en que el viento lo riza y todo se vuelve más áspero.
Entrar por la muralla
La muralla medieval, levantada entre los siglos XII y XIII, todavía marca con claridad el límite del casco antiguo. La entrada principal se abre con un arco de piedra que obliga a bajar el ritmo. Lo habitual es dejar el coche fuera, en la explanada junto al acceso, y continuar andando.
Dentro, las calles son estrechas y algo irregulares. Las fachadas alternan sillares bien colocados con tramos más toscos; algunas puertas conservan maderas oscuras, otras tienen herrajes que ya no se fabrican. No hace falta demasiada explicación histórica para entender cómo funcionaba el lugar: una villa pequeña, defendida, organizada alrededor de la plaza.
La iglesia y la antigua ermita
La iglesia de Santa María preside ese espacio central. Su origen románico todavía se reconoce en la estructura, aunque ha tenido reformas con el paso de los siglos. Dentro domina una sobriedad muy castellana: piedra, madera y una luz que entra filtrada.
A poca distancia se levantaba la ermita de la Vera Cruz. Las pinturas murales románicas que la decoraban fueron trasladadas al Museo del Prado hace décadas para asegurar su conservación. Saber que están allí ayuda a imaginar cómo sería aquel interior cuando todavía conservaba los colores completos.
Miradores sobre el embalse
En varios puntos del borde del casco antiguo aparecen pequeños pasos, escaleras o huecos entre casas desde los que se abre el paisaje. No siempre están señalizados; a veces basta seguir una calle que parece terminar en la muralla.
La vista cambia mucho según el nivel del agua. Con el embalse lleno, el pueblo parece casi una isla tranquila. Cuando baja, aparece un valle más amplio, con tonos ocres y grises. Al atardecer la luz cae de lado y las fachadas que miran al oeste se vuelven anaranjadas durante unos minutos.
Caminos alrededor del pueblo
Desde Maderuelo salen varios caminos sencillos hacia el páramo o hacia las orillas del embalse. No tienen dificultad técnica, pero el terreno es abierto y el sol pega con fuerza en verano. Si vas a caminar, merece la pena madrugar y llevar agua: apenas hay sombras una vez sales del casco.
En los cortados cercanos es habitual ver rapaces planeando. Buitres y algunas águilas aprovechan las corrientes térmicas que suben desde el agua. Con un poco de paciencia, el silencio del lugar permite escuchar incluso el batir de las alas cuando pasan cerca.
Cuándo se nota más vida
Durante buena parte del año el pueblo mantiene un ritmo muy tranquilo. En las fiestas de San Bartolomé, que suelen celebrarse a finales de agosto, la plaza cambia bastante: música, gente que vuelve al pueblo por unos días y calles más animadas de lo habitual.
Si prefieres verlo con calma, es mejor venir fuera de esos días y, si es posible, entre semana. En invierno el viento puede ser duro en lo alto de la muralla; en verano, en cambio, las primeras horas de la mañana son las más agradables para recorrerlo sin prisa.